14 dic 2010

Ventajas del correo electrónico

Abro la puerta de su cuarto. Lo hemos instalado en la habitación vacía de arriba que usamos de trastero improvisado, en medio de cajas de cartón, bolsas de plástico y electrodomésticos estropeados. A él no le importa. A él no le importa nada.

Abro la puerta de su cuarto, pero no me atrevo a entrar; me quedo en el umbral, y desde allí le chisto. Un olor inconfundible (a tabaco, humedad, sudor) me golpea las narices mientras espero. Al oírme, se mueve con lentitud, como si le costara poner en marcha las articulaciones o el sistema muscular. Claro: se pasa el día y la noche sentado en el tosco escritorio (un tablón tendido entre dos caballetes) al fondo del cuarto, con la mirada hundida en la pantalla del ordenador, y rara vez se mueve si no es para prender un cigarrillo. El tabaco es lo más caro: un cartón apenas le dura tres días, así que siempre tengo que andar pendiente de reponer sus existencias. Si no, no trabaja. Pero bueno, es el único gasto que produce. El resto son beneficios…

Al fin, renqueante, llega hasta la puerta. Su visión siempre me incomoda, supongo que por su aterradora familiaridad: con su sempiterno albornoz a rayas, el pelo largo y algo grasiento recogido con una cinta que le cruza la frente, la barba rala, los ojos hundidos y cercados por una profunda aureola violácea… se presenta ante mí como lo que es: un sórdido autorretrato, una penosa proyección de mis peores tiempos. No me atrevo a mirarle a los ojos.

Me limito a tenderle un post-it en el que he apuntado mi último encargo. Alarga la mano (su gesto es lo suficiente lento como para advertir las uñas mordidas, los dedos amarillentos) y lo coge sin preguntar. Dentro de un rato, cuando vuelva a sentarse ante el ordenador y lo lea, mis rápidas notas bastarán para iluminarle, para comprender cabalmente cuanto he imaginado al respecto, lo que he urdido y vislumbrado, y se limitará a ejecutarlo tal y como yo lo haría si dispusiera de aquello de lo que él nunca carecerá: tiempo y tenacidad. Todo su tiempo y toda su ciega tenacidad.

Quizá tarde cuatro, cinco meses (es un encargo algo complejo, pero no muy extenso, una nouvelle). Pero le advierto, antes de cerrar la puerta, que esta vez ya no pasaré a recogerlo. Le pido que me lo envíe por correo electrónico, y él asiente, le digo que también le enviaré así mis nuevas notas con próximos encargos. No tengo tiempo, le digo, para visitarlo. Él asiente.

A la vista de estos últimos años, no hay de qué preocuparse. Simplemente algún día dentro de cuatro o cinco meses recibiré un mail con un manuscrito impecable, grandioso, al que no hará falta retocar ni una coma. Será, palabra por palabra, tal cual lo había previsto. Eso sí: procuraré no imaginármelo enfrascado en la tarea todo ese tiempo, mientras yo me limitaba, simplemente, a vivir. Es su trabajo, como éste el mío.

Por eso el correo electrónico: es aséptico, no huele, no va vestido de albornoz; no es un espejo. De aquí en adelante me limitaré, exclusivamente, a dejarle los cartones de tabaco delante de la puerta.

Al fin y al cabo él no duerme, no come, no va al baño. Sólo fuma y escribe. Así lo imaginé, y así es. Incómodo, algo aterrador, sí; pero muy práctico.

Lo recomiendo.

2 comentarios:

Nico Rodil dijo...

Y esta entrada... ¿La has escrito tú o se lo has encargado a tu avatar?

Ismael Piñera Tarque dijo...

Tendré que preguntárselo.