4 ene 2011

(últimas) señales de humo

Aunque parezca mentira, hasta esta tarde no había entrado en un bar, cafetería, chigre o tasca desde 2010. Hoy, en cambio, lo hice en tres. Y allí estaba, esperándome, el último mazazo de la temporada: la dichosa ley anti-tabaco.

No me apetece argumentar, ni siquiera razonar. Otros lo han hecho bien, o lo harán mejor o peor, estos días. De qué valdría, además: o mucho me equivoco, o la ley seca nos la tragaremos con la misma apatía con la que vamos tragando tantas cosas, últimamente. Me ahorro enumerar.

No, no me apetece razonar. Porque, básicamente, es una cuestión de estado de ánimo. O de desánimo, para ser precisos. Una suerte de nostalgia dolorosa, una abrupta añoranza de todo eso que ya nunca volverá a suceder en torno a una mesa de café, o una barra de bar. Todo eso. Y no quiero conformarme con haberlo vivido, con dilatada fruición, desde los lejanos noventa hasta la semana pasada. Quiero negarme a entender (a razonar) que no podré volver a hacerlo, que nadie con quien alguna vez compartí el incomparable placer de apurar vasos y anegar ceniceros (mis padres, Paolo, Chus, Rebe...) podrá repetirlo. Más: que no podré volver a compartir conmigo mismo esos instantes a veces decisivos, a veces milagrosos, a veces simplemente vacíos de otro fin u otro sentido que no fuera el de ponerle un punto y coma a la vida, esa cosa que, por si alguien lo ha olvidado, ninguno de nosotros decidió voluntariamente poner en marcha, y que a veces pide a gritos un paréntesis. Todo eso siento (no pienso: siento), y sobre todo (con un punto de rabia infantil, de acuerdo, pero es la que me queda) que no es justo, pero sí muy deprimente.

Para colmo: odio fumar al aire libre, salvo contadas excepciones. Lo odio incluso en verano. Odio que el humo se largue corriendo sin arremolinarse junto a mí, odio que el cigarrillo se consuma llevado por la estúpida urgencia del viento o la lluvia. Y, si las cuentas me salen bien, sólo me quedan tres o cuatro sitios donde poder refugiarme de futuras tormentas.

Por cierto. Hoy los bares no olían a tabaco, en efecto. Uno olía a aceite, otro a sudor, todos (sin excepción) a aburrimiento.

Ah, y que conste, por si alguien se lo pregunta. Se me han quitado las ganas, sí. Pero las ganas de dejarlo.

3 comentarios:

Roberto Amaba dijo...

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Ya sabes que no fumo y que sólo me molesta el humo dependiendo de quién lo eche. Lo que más me molesta es el circo alrededor, esos periodistas persiguiendo gente por parques, bares y hospitales.

Un abrazo.

Xandru Fernández dijo...

Hasta ahora, los únicos cigarrillos que me gustaba fumarme a la intemperie eran los que compartía contigo ya sabes dónde. Me temo que habrá que generalizar la experiencia o socializar el sufrimiento.

Ismael Piñera Tarque dijo...

Jefe: pues si se ponen estrictos, te recuerdo que igual hay que mudarse... aunque sea a la acera de enfrente. ¿Llevaremos el metro?

Roberto: no sé si gusto de semejante aprobación garciniana, pero gracias de todos modos.

Abrazos para ambos. Y feliz año, contra. No perdamos las buenas costumbres.