A pesar de su habitual carga peyorativa, siempre me ha gustado la palabra diletante. En cambio, ignoraba hasta hace un minuto que procede del italiano dilettante, a saber, el “que se deleita”, de modo que si el otro día me preocupaba la ausencia de un sustantivo abstracto del que derivarla (obviamente no existe la “diletancia”, y el “diletantismo” viene a toro pasado) y, por tanto, la ausencia de una esencia de la cual procediera en tanto cualidad de el adjetivo en cuestión, hoy me quedo más tranquilo: redondeando al DRAE diletante significaría, sencillamente, el aficionado (a algún arte o campo del saber) por puro y duro deleite.
Es cuestión de matices, pero qué matices: al aficionado se le perdonan, o deberían perdonársele, todas aquellas torpezas, insuficiencias o carencias que jamás toleraríamos en su principal antagonista: el profesional. Rondamos la obviedad si recordamos que profesional, por seguir con los semas, es quien ejerce una profesión u oficio remunerado (incluso con la exigente apostilla de “con relevante capacidad y aplicación”) y no, recurriendo a un sinónimo bastardo (y que, por el contrario, siempre he odiado), por mero hobby (“pasatiempo o entretenimiento que se practica en los ratos de ocio”).
Por otro lado, la idea central del placer (segundo y definitivo matiz) exime al diletante de cualquier otro compromiso de orden superior con el campo de su interés o afición. Lo libera, por decirlo así, de abstracciones morrocotudas tales como la belleza, la metafísica, la justicia, la crítica social, el destino… Fines que, en todo caso, suelen acosar a su otro gran antagonista, el Artista mayúsculo, pero que nuestro querido aficionado puede perfectamente escamotear con una sonrisa de despreocupación o incluso, en sus horas más altas, de desdén.
Y, de paso, quedarse mucho más tranquilo.
Es cuestión de matices, pero qué matices: al aficionado se le perdonan, o deberían perdonársele, todas aquellas torpezas, insuficiencias o carencias que jamás toleraríamos en su principal antagonista: el profesional. Rondamos la obviedad si recordamos que profesional, por seguir con los semas, es quien ejerce una profesión u oficio remunerado (incluso con la exigente apostilla de “con relevante capacidad y aplicación”) y no, recurriendo a un sinónimo bastardo (y que, por el contrario, siempre he odiado), por mero hobby (“pasatiempo o entretenimiento que se practica en los ratos de ocio”).
Por otro lado, la idea central del placer (segundo y definitivo matiz) exime al diletante de cualquier otro compromiso de orden superior con el campo de su interés o afición. Lo libera, por decirlo así, de abstracciones morrocotudas tales como la belleza, la metafísica, la justicia, la crítica social, el destino… Fines que, en todo caso, suelen acosar a su otro gran antagonista, el Artista mayúsculo, pero que nuestro querido aficionado puede perfectamente escamotear con una sonrisa de despreocupación o incluso, en sus horas más altas, de desdén.
Y, de paso, quedarse mucho más tranquilo.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada