18 sept 2011

El rito


La ley estableció que sólo a aquellos a quienes sonriera la fortuna de alcanzar la provecta edad de cien años les sería dable acceder a la cámara más íntima del palacio real, a fin de presentar sus respetos al monarca. Este, contrariando los protocolos habituales, los aguardaría de pie, a la puerta de la gran sala, y los guiaría del brazo hasta su propio trono, invitándolos a sentarse en él, hecho al que los ancianos accederían no sin visibles muestras de perplejidad. Una vez así acomodados, el monarca se dirigiría a ellos con el título de majestad y les rendiría todos los honores imaginables. El anciano, en fin, aun sin comprender cómo ni por qué, se convertía durante un rato en el rey que había ansiado ver. En caso de hesitación el monarca estaba autorizado, incluso, a confirmárselo de palabra:

-Vos sois, mi señor, el rey de este palacio –le diría al atribulado visitante.

A continuación, la guardia real entraría en la sala y uno de los lugartenientes se acercaría al anciano y, tras prosternarse ante él, lo degollaría de un limpio mandoble.

A cada ocasión, el trono real sufría la violencia de la sangre. Era el propio monarca quien, humildemente arrodillado en el suelo, lo limpiaba con minuciosidad hasta hacer desaparecer la última mancha. Y luego se sentaba a esperar.



4 comentarios:

Xandru Fernández dijo...

Grande grande grande.

Javier Roma dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Javier Roma dijo...

También se podría titular "El juego del trono". Un apólogo magnífico.

Ismael Piñera Tarque dijo...

Gracias, señores.