Como aquí somos todos de casa, no tengo reparo en decir las cosas tal cual: me ha emocionado, y mucho, leer el texto sobre Exterior noche que J. ha publicado en sus "Escritos sobre música", una reseña del segundo disco de Marienbad que parece ser que empezó a escribir en el momento de su lanzamiento, allá por 2009, pero que no había dado por cerrada hasta ahora. (Sólo quien no conozca bien a J. se atrevería a ironizar sobre la tardanza, en sí anecdótica.)
Resulta curioso que precisamente esta semana, y después de muuucho tiempo, yo mismo me dedicara a escuchar de nuevo ese puñado de canciones. Lo hice viendo el vídeo íntegro de la presentación en el Savoy, del cual el propio J. colgó un extracto en youtube. Cuidado: tampoco es que llegara a ninguna conclusión importante. Simplemente, me prestó volver a vernos tocándolas (ése repertorio lo habíamos ensayado hasta la obsesión) y me prestó recordar algún verso o acorde que casi había olvidado. El tiempo no cierra heridas, pero si las cubre de polvo; y por lo que a mí respecta, mucha de la pesadumbre de aquellas canciones está perfectamente caducada.
Sé bien que Marienbad es un grupo secreto, en el sentido de que podríamos contar con los dedos (no sé si de una o dos manos) las personas que comparten algún interés sincero por sus discos, sus canciones, su trayectoria. Y alguno juzgará irrisorio que entre ellas se cuenten los propios miembros de la banda. Sin embargo, yo siempre me he tomado muy en serio los escolios de J., cuya cultura musical rebasa con mucho los modestos horizontes desde los que yo trabajo, y creo que él se los toma con idéntica seriedad. Tal vez el hecho de que nunca participe de las grabaciones (tiranías de nuestro modo productor) le otorga, en realidad, un curioso papel de juez y parte; lo legitima, al menos, para discurrir sobre aquello que luego le corresponde vivificar en el local de ensayo.
Es casi medianoche, y a estas horas se puede hablar a tumba abierta. La cosa es sencilla: hasta cierto punto, me he acostumbrado a hilar en la penumbra (bueno, no, estoy mintiendo: me he resignado a hacerlo). Y en muy raras ocasiones disfruto aquello que los teóricos de la comunicación llaman feedback: la retroalimentación del circuito comunicativo; la presencia, palpable, de un receptor al otro lado del embudo al que uno arroja de cuando en cuando sus inmundicias. Por eso, cuando sucede, soy voraz. Leo y releo en busca de mi huella en el otro, intentando averiguar qué logré, calculada o improvisadamente, transmitir, que recuperó aquí o allá otra cabeza distinta de la mía. Y en dicho trance encuentro, de paso, el sentido pleno de todos esos afanes que, en horas más bajas, suelo tildar de absurdos.
En definitiva: es hermoso haber llegado al corazón de alguien, aunque sea el del guitarrista de tu propia banda; aunque sea el de un amigo. O más aún por eso mismo, claro. Es hermoso, emociona, pero también confiere un especial sentido de la responsabilidad: a quien se complace una vez, se le puede fallar muchas.
Ya veremos (dentro de cuatro o cinco años, ¡a saber!) qué le parece el tercer disco que ahora estamos terminando.

1 comentario:
Me alegro de que te haya gustado. Yo le doy muchas vueltas a tus canciones y no sólo porque sea el guitarrista de la banda :-)
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