En el umbral de la estancia donde mora
su dios, el héroe, algo abotargado por los trabajos al fin conclusos, de pronto
comprende –mientras limpia la sangre de la hoja y la envaina- que no tiene nada
realmente importante que preguntar, ni nada verdaderamente urgente que pedir.
De modo que, con un encogimiento de hombros, y sorteando con aprensión los
cadáveres y otros despojos que pueblan los pasillos, se vuelve por donde había
venido.
18 dic 2011
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