“Lectura
obligatoria” es uno de esos sintagmas cuya ambigüedad casi hemos logrado olvidar
a fuerza de costumbre, sobremanera aquellos (alumnos, docentes) cuyos ciclos
vitales se rigen antes por la lógica de los cursos que por la planilla de los
calendarios. A primera vista apetece tildarlo de oxímoron, una reunión de
términos de imposible convivencia: disfrute y deber. O dicho de otra manera,
una actividad como la lectura, simbólicamente entendida (así en tantas alegorías
distópicas) como uno de los últimos reductos de la libertad individual frente a
las formas impositivas del poder, no parece admitir legislación alguna.
No
obstante, tengo la impresión de que en la trayectoria intelectual de cualquier
lector y, desde luego, en la de todo lector “profesional” (escritores, críticos,
profesores), el rito de paso que lleva a consumir no pocas obras viene dictado
antes por la coacción que por el libre albedrío. Una coacción de orden moral,
digamos, pero cuyos ademanes, por más que subjetivos, actúan con pareja
intensidad. ¿No has leído a Fulano?,
nos decimos a veces; debería leer tal y cual cosa, pensamos
con frecuencia…
De
ser así, la genealogía de tal modo lector
habría de rastrearse en su escenario predilecto: las aulas, donde el concepto
de lectura obligatoria se confunde
con lo que acaso no sea más que un sinónimo culto y con bibliografía: el canon. Si bien en los cursos de Secundaria
la elección de lecturas todavía puede estar guiada por las buenas intenciones,
a saber, que el alumnado disfrute y potencialmente prolongue esa experiencia
forzosa en la adquisición de un hábito voluntario (empeño que ha engendrado,
indirectamente, demasiada literatura juvenil prefabricada al más puro estilo
IKEA), cuando franqueamos el umbral del Bachillerato las cosas se ponen serias,
los catálogos se quitan el antifaz y devienen un gesto constitutivo de musts.
Tomemos
un contexto en que lo anterior se evidencia bien: las lecturas que, de cara a
la PAU asturiana, se abordan en la optativa “Literatura Universal”. Tómenselo
como un cuestionario de revista: ¿qué seis lecturas podrían dar una imagen
cabal de la historia de la literatura de sus orígenes a hoy? Les dejo hueco en
blanco, y luego comprobamos:
Obra
de teatro griego:
|
Obra
de teatro isabelino:
|
Novela
realista del XIX:
|
Novela
de principios del XX:
|
Novela
contemporánea:
|
Breve
antología de un poeta del siglo XX:
|
Si
se han puesto estupendos, tengan en cuenta que a) el programa debe cumplirse en
un apretado curso académico; b) su público está formado por adolescentes
(adolescentes del siglo XXI, no sean anacrónicos); c) que su asignatura –error
común– no es, desde luego, la única. Bien, si ya lo tienen, ahí va el
solucionario comentado.
1. “La disuelve ejércitos”. Si han
apostado por Edipo Rey, llegan con
retraso. Sófocles estuvo en las primeras rondas, pero murió de éxito y ahora es
Aristófanes quien luce camiseta griega. No creo que ganáramos con el cambio. Edipo, con perdón de la frivolidad, siempre
sienta bien, sobre todo a la memoria. Lisístrata,
en cambio, y por mucha lucha de géneros que se argumente, sorprende básicamente
-acuérdense de b)- por sus áticas zafiedades.
2. Honest Yago. Hace
un par de cursos canjearon Romeo y
Julieta por Othelo. Nada que
objetar salvo que Macbeth daría para
una proyección de Orson Welles (un plus a tener en cuenta) menos confusa a ojos
del personal que la oscura y cínica tragedia del Moro.
3. Ivan Ilich. Tolstoi sustituye este año a Dostoievski, un cambio saludable pues
La muerte de Ivan Ilich, amén de breve
(eso siempre viene bien), tiene una trabazón narrativa más coherente que El jugador, novela cuya atropellada
factura le pasa ídem en términos de
ritmo.
Pero confieso que al releerla este verano no pude
evitar algo de lástima anticipada, pensando cómo reaccionarán nuestros pupilos
ante esa crueldad –tan típica de los escritores– que plantea la novela: recordarnos cuán idiotas fuimos persiguiendo
afanes que, a la hora de la verdad, nada reportan.
4. Siempre Samsa. Lo advierte Xandru Fernández en una de las últimas traducciones al
castellano del relato: La metamorfosis
tiene algo de engañoso, por cuanto su sencillez aparente emborrona las
verdaderas dimensiones de ese monstruo llamado Kafka. En efecto: leer La metamorfosis en voz alta no lleva más
de tres o cuatro clases; haciendo abstracción de la primera línea, no hay
tropiezos en su estilo ni en su trama, y dudo que un solo alumno pueda afirmar
a su término no haberla entendido. La bomba estalla después (pero ¿qué había
que entender?) y sus secuelas,
afortunadamente, duran toda la vida. Pero hay malas noticias: parece que Samsa
tiene los días contados de cara a próximos cursos. Una lástima.
5. Lost in
translation. Estupor y temblores, de Nothomb, tiene el papel protagonista en la
escena correspondiente a la narrativa contemporánea. Las razones de su
canonización darían para una buena tertulia: ¿Una cuestión de cuotas, un esbozo
del posmodernismo (explicado a los niños), un manual rápido de autoficción? Se
aceptan sugerencias.
6. El gran fingidor. La parte poética le corresponde a Pessoa. Habrá que ver (estamos
de estreno) si el viaje por los heterónimos de nuestros pupilos va “en línea
recta”, o si se pierden entre tanta rotonda. Pero supone, desde luego, un reto
digno.
Y hasta aquí el breve escrutinio de esta balda de clásicos
forzosos, esta biblioteca portátil de Literatura Universal. ¿Cómo les sentará a
nuestros adolescentes semejante menú? ¿No tienen curiosidad? Yo mucha.
El Cuaderno de La voz de Asturias, nº 3 (30 octubre 2011)
4 comentarios:
Veo que te libras por fin de "El jugador". Enhorabuena. Lo que no entiendo es lo de Nothomb: ¿qué había antes en esa categoría? ¿O no había nada? De cualquier modo, pésimo panorama: el dado está claramente cargado hacia el siglo XX, tanto, que lo demás parece puro adorno.
En la categoría Nothomb no había nada aún, cierto. El año pasado por problemas de tiempo no se introdujo la narrativa contemporánea.
Por cierto, ahora ya se sabe el sustituto de Kafka: James, "Otra vuelta de tuerca". Un "siglo XX" menos, pues... aunque por los pelos.
Imperdonable. Adoro a Henry James, pero siempre he pensado que su intención con la dichosa tuerca era hacerme algún tipo de daño en el cráneo. He vuelto a leerla hace poco, y sigo detestándola. ¿Qué será lo siguiente?
Cómo eres... no es de mis preferidas, pero tampoco tengo tan mal recuerdo (y además sí muy bueno de la versión de Clayton... ¿o será que estoy pensando ya en clave "materiales-de-apoyo"?). La relectura dirá.
En cualquier caso, echaré mucho de menos a Kafka. Me parece una auténtica pena.
Publicar un comentario