8 ene 2012

El arte de olvidar



Patrick Rothfuss, El temor de un hombre sabio. Traducción de Gemma Rovira.
Plaza Janés, 2011. 1197 págs.


Umberto Eco afirmó hace años que la función última de cualquier relato convencional (con su principio, su medio y su fin) no era sino adiestrarnos en el arte de morir, en la medida en que, “contra cualquier deseo nuestro de cambiar el destino”, los relatos clausurados “nos hacen tocar con nuestras propias manos la imposibilidad de cambiarlo” (Sobre literatura, 2002). De ser así, cabría interrogarse sobre el inquietante corolario que suscitan aquellas otras manifestaciones narrativas caracterizadas, precisamente, por su exasperante dilatación del desenlace y su paralelo estancamiento en monstruosos nudos que ahogan toda ilusión de una inminente clausura.
La pregunta adquiere mayor interés si se concede, como parece evidente, que esta lógica folletinesca no resulta en absoluto ajena al gusto contemporáneo, bien en forma de serie, trilogía, saga… y ya sea en los territorios dispares de la televisión, el cine, el videojuego y, por supuesto, la novela. Específicamente, el best-seller (de Follet a Larsson) parece haber adoptado como norma esta peculiar morfología de paquidermo como garantía primera de su felicidad, al igual que la literatura juvenil (las vastas sagas  de Rowling, Meyer o Paolini, o, entre nosotros, Laura Gallego) o la narrativa de fantasía, que ha orbitado durante décadas en torno al “tocho” canónico de El señor de los anillos y sus diversos paratextos, aunque quizá sea momento de reconocer que el delicado ajedrez de Tolkien ha empalidecido muy notablemente ante el demencial tablero de Risk perpetrado por la Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin (en curso tras más de cinco mil páginas), y que tiene otro nuevo y musculoso adversario en la Crónica del asesino de reyes de Patrick Rothfuss, saga de la cual, tras el boom de El nombre del viento (2007), se publica ahora su segunda entrega, El temor de un hombre sabio.
A pesar de que Rothfuss trabaja con un planteamiento equiparable al de Tolkien o Martin por lo que se refiere a su construcción de un universo paralelo de vagas reminiscencias medievales aderezado, como no podía ser de otra manera, con la presencia del elemento mágico y un severo conflicto de orden cósmico por telón de fondo (el eterno enfrentamiento entre las fuerzas del bien y el mal), sus novelas se singularizan por haber recurrido a la estructura de la narración personal, adoptando así una perspectiva limitada al héroe de la saga y anteponiendo la peripecia individual a la crónica global. De hecho, El temor de un hombre sabio comprende el segundo día del relato después de que, en El nombre del viento, se estableciera la clave enunciativa: Kvothe, el héroe legendario que protagoniza la historia, cuenta a sendos narratarios (su discípulo Bast y el Cronista encargado de tomar buena nota de ello) “la verdad oculta en las historias”, ahondando en una dialéctica (la que enfrenta mito y hecho, verdad y versión) sobre la que Rothfuss reflexiona constantemente en ambos tomos. 
Al igual, pues, que su antecesora, la novela progresa de este modo en un inteligente contrapunto que, por un lado, detalla el trayecto iniciático del héroe recuperando conflictos y escenarios de la primera entrega, a la par que nos adentra en etapas posteriores de su vida (su paso por la corte de Severen, el mundo Fata o la sociedad Adem), pero, por otro lado, subraya de continuo su inevitable decadencia ulterior. El vaivén entre ambos tiempos narrativos sirve así de contrapeso a la hora de juzgar a un héroe tan atractivo como desmesurado, tan admirable como, por momentos, reprensible (víctima de una destructiva hybris que con frecuencia lo arrastra al orgullo, la impaciencia, la ira), y que, en última instancia, se dedica a contar su historia con la resignación de quien se sabe derrotado: “Esto es el final de la historia”, afirma casi al término del volumen, “esto no es ninguna historia galante. No es ninguna fábula donde los muertos regresan de la tumba. No es una epopeya enardecedora que pretende agitar la sangre. No. Todos sabemos qué clase de historia es”.
Si el relato de su gloria pasada tendrá el efecto catártico (tal como planean ambos narratarios) de devolverle a Kvothe sus atributos heroicos es algo que, obviamente, no se resuelve en esta segunda entrega; habrá que esperar, por tanto, habrá que aguardar unos años más en el limbo de irresolución en que otras veces nos han sumido las sucesivas temporadas de Perdidos o los voluminosos tomos de Martin. Allí donde (que nos perdone Eco) tal vez no aprendamos a morir, sino en todo caso a olvidarlo, mecidos por el susurro de ese mágico viento cuyo nombre es Aventura. Con mayúscula. 

El Cuaderno de La Voz de Asturias, nº 12 (8 de enero de 2012)




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