-¿Qué tal va tu hijo? -pregunté un poco por preguntar.
-Bien, bien, sacó muy buenas notas. Y ahora este semestre ya empezó con la anatomía. Anatomía práctica, quiero decir. Está encantado.
Estábamos tomando un café, durante el recreo. No había ninguna mesa libre, y nos habíamos acomodado en la barra. De pronto, este colega mío (cuyo hijo estudia Medicina nada menos que en Rumanía), va y me suelta:
-¿Quieres ver un muerto?
Y, sin darme tiempo a reaccionar, sacó su smartphone del bolsillo, deslizó un dedo por la pantalla y puso ante mis narices una foto.
-Lo llaman Manolo. Parece ser que lo comparten cuatro o cinco. Es para las prácticas.
Parpadeé, confuso, resistiéndome a aceptar que tenía ante mí, ciertamente, el cuerpo de algún sacrificado (nunca mejor dicho) rumano que había donado su cuerpo a la ciencia y ahora, birlibirloque, había acabado ocupando un par de bits en el smartphone de mi colega. Un destino, sin duda, llamativo.
-Pero -titubeé-, ¿pueden hacerle fotos?
Mi colega compuso un gesto de escepticismo. Pudiera o no, allí estaba Manolo, de quien sólo advertí de refilón, antes de apartar la vista, su obesa desnudez. Su rumana desnudez.
-¿Y cómo lo lleva? -pregunté con un deje de consternación. Conocía de vista al chaval, y me costó imaginarlo hendiendo el bisturí en la carne fría de Manolo como si tal cosa.
-Bien, bien, dice que no le da mal rollo. De hecho, dice que huele como a pollo -rio, para añadir-, ¡que le da hambre!
Y ya luego nos pusimos a hablar de la crisis.
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