27 feb 2012

Un hombre descalzo




Paul Auster, Diario de Invierno
Barcelona, Anagrama, 2012. 243 páginas


Por supuesto para sus incondicionales, pero también para aquellos lectores austerianos que hayan sentido cierta  fatiga ante sus últimas entregas (Un hombre en la oscuridad, Invisible y Sunset Park), o para quienes, en todo caso, la producción austeriana del siglo XXI (añadamos El libro de las ilusiones, La noche del oráculo, Brooklyn Follies…) ha perdido parte de la lozanía y capacidad de sorpresa de sus obras “canónicas” de los años ochenta y noventa (La trilogía de Nueva York, El país de las últimas cosas, El palacio de la luna, La música del azar, Leviatán), la aparición de este reciente Diario de invierno bien podría suponer un acicate por lo que de singular tiene su planteamiento explícitamente autobiográfico, literal desde la primera página: “quizá sea mejor que de momento dejes tus historias a un lado y trates de indagar lo que ha sido vivir en el interior de este cuerpo”.
 No es, desde luego, la primera ocasión en que Auster incurre ya en la crónica personal ya en el juego autofictivo (de A salto de mata hasta la inclasificable Viajes por el Scriptorium, pasando por La invención de la soledad o El cuaderno rojo), como tampoco es este Diario un diario al uso. No desde un punto de vista superficial (nadie espere fechas ni otras marcas del estilo) y menos aún desde su peculiar retórica enunciativa, pues –como ya habrán advertido– Auster cede todo el relato a una llamativa segunda persona del singular que, si por un lado, establece una suerte de diálogo imposible –una distancia imposible– entre el yo autor y el yo actor, desdoblados para la ocasión en el espejo de la escritura, por otro parece querer prolongar sus tentáculos hasta el lector que, quiéralo o no, se ve forzado  a involucrarse  en ese dispositivo gramatical de constante apelación. Así entendida, semejante estrategia vendría a escenificar renglón tras renglón una pugna acaso imprescindible en cualquier empeño artístico digno del calificativo: narrar la peripecia radicalmente subjetiva de un tipo con nombre y apellidos, pero estirándola hasta alcanzar talla universal (o, tergiversando a Borges: “un hombre mortal es todos los hombres”). Si Diario de invierno logra tamaña meta, o bien se queda en la antesala coqueteando con la fruslería (una patología de especial virulencia en el género confesional), es asunto de cada lector.
El volumen se (des)estructura en una serie de fragmentos de variable extensión y enfoque variopinto, sea persiguiendo imprevisibles hilos temáticos, sea fatigando el recurso a la enumeración (véase la mini-biografía “topológica” que elabora al ofrecer tenaz recuento de sus hogares de la infancia a hoy mismo), sea abordando sucesivas figuras nucleares (padre, madre, esposa) o sea, en fin, narrando diversos microepisodios acontecidos a lo largo de más de seis décadas y en cuyo relato volvemos a tropezar con el extraordinario contador que –incluso en sus horas más bajas– siempre ha sido Auster, escritor de singular talento a la hora de insuflar ritmo y expectación a la anécdota más trivial.
Por cierto que en la primera página de este Diario de invierno Auster declara su intención de elaborar “un catálogo de datos sensoriales”, y es cierto que la poética de la cicatriz, o –dicho de otro modo­– el recuerdo vinculado a la sensación corporal (el dolor, el placer, el miedo, el simple tacto…) preside el libro. No en vano nos encontramos ante el diario de quien afirma, en su última línea, “haber entrado en el invierno” de su vida, y la inevitable perspectiva de la decrepitud extiende sobre estas páginas una sombría capa, tal como la nieve (comparece así la nieve de Joyce o Houston en Los muertos: una metáfora tan obvia como exacta) emborrona el paisaje al otro lado de la ventana a la cual, entre párrafo y párrafo, se asoma un hombre descalzo que acaba de cumplir sesenta y cuatro años.


El Cuaderno de La Voz de Asturias, nº 19 (26 de febrero de 2012)

1 comentario:

manipulador de alimentos dijo...

Un Auster menor! No acabo de pillar ese recurso a la segunda persona para hablar de sí mismo. Aún así, es Paul Auster!!!!