3 oct 2012

El autobús


Sales de casa. Hay algo de lluvia resbalando por las lunas de los coches aparcados, los escaparates, cuesta abajo por la acera empinada. Una curiosa nube de pesadumbre flota sobre la calle. Por lo demás, lo de siempre. No vas tarde, aunque tampoco te sobre mucho. Lo justo para llegar, a paso razonable, hasta la parada de autobús. De pronto, al doblar la primera esquina, te das de bruces con un descampado que jamás ha estado ahí, y que desde luego no debería estar ahí. Te giras, perplejo, pero la calle ya no aguarda a tus espaldas. Sólo el erial, interminable y ceniciento. 

No hay nadie a la vista. Das dos pasos, sin rumbo. Tus pies tropiezan con algo que emite un quejido metálico. Parece una vieja lata de cerveza, oxidada e ilegible, a la que propinas un puntapié un tanto rutinario, a resultas del cual desaparece unos metros más allá, entre los matojos, con un nuevo clac desafinado. Entonces otro rumor llama tu atención, y cuando oteas el horizonte ves pasar, muy a lo lejos, tu autobús, que por supuesto no se detiene. 

Consuélate: el mundo ha pasado de largo, y es lógico sentir esta rabia casi pueril; pero al menos ha dejado de llover. 




No hay comentarios: