4 sept 2012

Fábula del león



Cuentan del león que una mañana, muy temprano, se escapó del circo. No era una mañana cualquiera sino un amanecer de domingo, justo el día después de la gran función del sábado. Y, en su repentina decisión de huir ―cosa que hizo deslizándose entre los trigales desiertos bajo la titubeante luz de principios de otoño―, parece que este hecho tuvo, precisamente, la mayor importancia.

Porque ha de saberse que el león no huía por cansancio, hastío o sentimiento alguno de malquerencia a su trabajo. Muy al contrario, se trataba de un gran profesional, virtuoso y entregado a su arte ―no en vano era el primer león de aquel circo internacional― acaso en demasía, con una pasión tan excesiva como malsana. Cada vez que salía a la pista y lo recibían los grititos de los chiquillos que abarrotaban las primeras filas, su cuerpo se electrizaba combado por una suerte de excitación febril que no lo abandonaba, ya, durante el resto del número, y que no hacía sino ascender de tono a cada nuevo rugido suyo y a cada nueva salva de exclamaciones y sollozos de pavor. Se sentía, en suma, como “el rey de la selva” que anunciaban, algo pomposamente, carteles y programas de mano.

Las sesiones del sábado noche, cuando el circo ofrecía su mejor aspecto (abarrotado hasta la lona, todo él engalanado y con el embriagador aroma del caramelo perfumando el ambiente), eran, en este sentido, las más agotadoras. A veces, en plena actuación, sentía que podría morirse en ese mismo instante (morirse de puro ardor dramático, se entiende) y un ramalazo de pánico venía entonces a enroscársele en el ánimo como el último y más excéntrico detalle de un atavío ya de por sí bastante llamativo. Al abandonar la pista y regresar a las jaulas, retumbaban en sus oídos las aclamaciones de la multitud, las risas nerviosas, los últimos aplausos que dejaba atrás, y aquel eco fantasmal de su breve gloria zigzagueaba por su cerebro durante horas, mientras se revolvía de un extremo a otro del lecho de paja sin poder conciliar el sueño. La madrugada de los domingos lo encontraba así, los ojos abiertos y absortos en el espectáculo fugaz de su éxito, el cuerpo baldado por la carcoma de la euforia, de modo tal que la jornada transcurría entre las brumas de un sopor que sólo lograba sacudirse, y muy a duras penas, ante la inminencia de la melancólica sesión de tarde, cuyos lances apenas le proporcionaban un regusto insatisfecho que luego debía rumiar a lo largo de toda la semana, mientras el tren del circo cruzaba los valles y las llanuras en busca de su próximo destino.

Con el paso de los años, aquella inflexible mecánica que pautaba los días y las noches de su vida le resultó cada vez más ardua. Su cuerpo, otrora ágil, esbelto y cubierto por un hermoso pelaje cobrizo, acusaba ya diversos síntomas: a veces un tendón se negaba a templarse en el momento exacto, o una violenta carraspera enturbiaba su espeluznante rugido del modo más inoportuno. La excitación nerviosa, en cambio, no sólo no había cejado sino que por momentos lo sumía en un desamparo agotador, a lo cual se sumaba el creciente recelo que sentía hacia sus compañeros de fatigas, tres jóvenes leones que si un día lo habían contemplado como a un auténtico dios, poco a poco habían ido aprendiendo el oficio y perfeccionándolo hasta el punto de hacerle temer (a él, el rey de la selva) por su primacía en el espectáculo.

No se sabe, en fin, de dónde sacó fuerzas para tomar la resolución que, aquella mañana grisácea de comienzos de otoño, lo impulsó a huir. Se le vio por última vez zambulléndose en los trigales, y poco después se oyó un único rugido que pareció reunir, en una sola nota, las contradictorias melodías del orgullo malherido y la añoranza prematura. Se cuenta que pasó sus últimos días vagando por los bosques y las huertas, alimentándose de topos y ratones, luciendo un aspecto sorprendentemente desaseado ―él, cuyo pelaje habían cepillado a diario año tras año―, algo sordo y obligado a escatimar, en parte por miedo a ser descubierto (aunque nadie lo buscara) y en parte por el agravamiento de su afonía, el temible rugido que en otros tiempos no tan lejanos había sido capaz de estremecer de la primera a la última fila del graderío, erizando las bancadas con una oleada de asombro y pavor.

Nunca nadie volvió a verlo, y todos ―los chiquillos que pronto crecieron, los domadores que antes o después envejecerían― acabaron olvidándolo; el trío de jóvenes leones ocupó su puesto en el espectáculo la misma tarde de su desaparición, y lo hicieron sin malgastar un solo gesto de homenaje a quien fuera su maestro y mentor. Se borró su nombre del programa de mano, y el gran circo siguió su camino a través de valles y llanuras como si tal cosa.

Eso cuentan del león.







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