12 feb 2013

La autopista


La situación es propia de una pesadilla. Circulas por una autopista con bastante tráfico, pero hace ya un buen rato que vienes observando el siguiente hecho: que tú siempre estás al final, en la cola de la serpiente metalizada que se prolonga hacia la línea del horizonte bajo un atardecer carente de todo dramatismo. Dicho de otro modo: por más que aceleres, o bosquejes variaciones rítmicas en la caja de cambios, los otros conductores no hacen más que adelantarte uno tras otro, uno tras otro. No resulta gravoso que lo hagan aquellos que conducen modelos de evidente potencia o prestigiosas marcas, pero cuesta creer que hasta el utilitario más mezquino de los cientos que se han dado cita en la autopista -por cierto que no hay razón aparente para tanto tráfico un día como hoy- sea capaz de sobrepasarte sin esfuerzo alguno, y muy a pesar de tus vanos intentos por evitarlo. Siempre has confiado en tus dotes automovilísticas, te consideras un usuario prudente pero con cierta garra y recursos sobrados para distinguirte llegado el caso. Por otra parte, tu coche ni es nuevo ni luce el logotipo de una de esas marcas generalmente asociadas con una rabia casi animal, pero jamás te ha dejado en la estacada y siempre has confiado en su versatilidad. Sin embargo, ahí sigues, en la cola, una y otra vez -una y otra vez- rebasado por los demás, inexplicablemente condenado a contemplar cómo el resto del universo se dirige sin traba ni lastre hacia su destino (cada vez que te adelantan tienes tiempo de apreciar sus sonrisas, ver cómo charlan con sus acompañantes, fuman satisfechos con el brazo apoyado en la ventanilla o sintonizan algún programa en la radio) mientras tú trastabillas y coceas como si estuvieras sufriendo un ataque de tos metafísica. 

Y así es.













1 comentario:

OlgaRT dijo...

Pero, esta vez noto un cierto resquemor. Acelera, acelera, todo el futuro está en tus pies y tus manos.