Durante toda la noche sueñas con un lugar llamado el
Hogar de la Muerte. De algún modo queda asentado que no estás allí por propia
voluntad, sino por una suerte de indiscutible imperativo legal (cierto que
durante toda la noche una parte de tu cerebro no deja de advertir cuán
novelesco es todo esto, y tal vez eres tú mismo quien -atravesando las brumas
del sueño- logra dotarlo de esa atractiva cualidad distópica). El objeto del
Hogar, como no podría ser de otra manera, es que los ciudadanos ejecuten su
propia muerte. Vivís todos en una suerte de enorme hotel, y sabes -como se
saben siempre las cosas en los sueños- que en algún rincón de tu cuarto, tal
vez en la alacena del baño, hay un botecito con tres o cuatro píldoras que te
aguardan. Entre tanto, los ciudadanos se dedican meticulosamente a diseñar su
contribución al ala más terrorífica del Hogar: el Museo, un único pasillo de
kilómetros a ambos lados del cual, en distintos departamentos y escaparates,
puedes contemplar lo que otros antes de ti dejaron a modo de legado. En cierta
sección te atienden y te muestran, por ejemplo, la grabación de una agonía
atroz. En otros, disfrutas de diferentes obras, collages, manifiestos... (el
recuerdo de su forma específica es muy vago) todos ellos elaborados por
anteriores visitantes antes de abandonarse a las famosas pildoritas. El lugar, por
cierto, está atestado de gente, y lo que más te desespera son... los niños, las
decenas de niños que juegan por los rincones: te devanas los sesos preguntándote
quién los ha traído y, sobre todo, por qué los han traído, por qué alguien (sus
madres, sus padres) ha creído que lo mejor para todos ellos sería morir.
Otro día, y para tu sorpresa, te encuentras con un viejo compañero de estudios.
Se le ve contento, y lo interrogas. En efecto, le agrada estar en el Hogar de
la Muerte. Inexplicablemente, a modo de despedida te suelta algo así: "por
lo menos, no hay mucho pan de oro". Durante toda tu estancia has estado
solo, pensando cuál será (y qué forma adoptará) tu legado, obligatorio, al
Museo. Pero, de pronto, otro día también tu mujer está allí, sentada a tu lado
en la habitación. Estáis charlando en un banco desde el cual se ve uno de los
patios del Hogar; ofrecéis una impecable imagen de felicidad, hasta el punto de
que alguien que pasa por el patio, al veros, os pide permiso para haceros una
foto. Aceptáis, por supuesto, y posáis abrazados. Pero piensas, con una punzada
de culpabilidad, que ese tipo está trabajando duramente en su legado (tal vez
una compilación de fotografías) mientras tú sigues perdiendo el tiempo.
En otra ocasión, al pasar por casualidad por las cocinas del Hogar (todo el rato, allí, lo pasas deambulando), te estalla un nudo en la garganta al comprender que jamás, jamás, volverás a ver a tu madre, y que ni siquiera tienes permiso para llamarla y decirle qué está pasando.
Durante el sueño, que se prolonga toda la madrugada, nunca sales del Hogar de la Muerte.
En otra ocasión, al pasar por casualidad por las cocinas del Hogar (todo el rato, allí, lo pasas deambulando), te estalla un nudo en la garganta al comprender que jamás, jamás, volverás a ver a tu madre, y que ni siquiera tienes permiso para llamarla y decirle qué está pasando.
Durante el sueño, que se prolonga toda la madrugada, nunca sales del Hogar de la Muerte.
2 comentarios:
Solo en la distopía onírica uno puede aparecer tan sobrestimado, con semejante capacidad para la glosa estética. En el páramo de la vigilia jamás se me habría ocurrido tal lanzada para con el pan de oro.
Marvelous!
Te creo capaz de eso y mucho más... Si vuelves por aquí ya te aviso.
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