
A veces una página basta para reconciliarse con el mundo. O, al menos, con toda una novela (lo que viene a ser lo mismo). Después una lectura algo cuesta arriba de La educación sentimental, de Flaubert (mis notas al respecto en el diario iban adquiriendo cada vez un tono más decididamente pesimista), el otro día llegué al último capítulo (apenas cuatro páginas de nada) y terminé la obra sonriendo, feliz, ante su lúcida y despiadada hermosura.
En el capítulo final Fréderic (el protagonista absoluto) y su viejo amigo Deslauriers, se sientan frente a frente una vez más, uno más de los hitos de su ya dilatada historia personal de encuentros y desencuentros:
Una vez más reconciliados, por la fatalidad de su naturaleza que les obligaba siempre a reencontrarse y a quererse.
Y se dedican, como en los títulos de crédito de una vieja película (al estilo “qué fue de….”, o “fulanito terminó…”), a pasar revista uno a uno al elenco de personajes fundamentales de la obra, que o bien han sido barridos de un plumazo o bien han ingresado —por derecho propio— en la más triste decadencia. Se trata de un repaso tan lacónico como, por momentos, irónico.
“Qué es de tu gran pasión, Mme. Arnoux?”, pregunta Deslauriers. “Debe de estar en Roma, con su hijo”. Responde este. “Y su marido?” Insiste aquel. “Murió el año pasado”. “Vaya”, exclama, por toda respuesta, Deslauriers. Y fin del asunto. Eso es todo. (Quien no ha leído la novela quizá no comprende que los desvelos de Fredéric por la Arnoux, así como su ambigua relación en el esposo ya fallecido, ocupan páginas y más páginas de la obra… son, de hecho, la gran peripecia narrada por Flaubert).
Así van constatando sus fracasos amorosos, políticos, el inevitable acabamiento de sus ambiciones y afanes.
—Me pareces muy desencantado de la política.
—Es la edad —dijo el abogado [Deslauriers].
E hicieron un resumen de sus vidas.
Ambos habían fracasado, el que había soñado con el amor, y el que había soñado con el poder.
La lúcida ironía les ahorra, por otra parte, concederse el vano refugio de una causa, o de una excusa. Si lo hacen, débilmente, apenas suena a cháchara vacía, a hablar por hablar.
¿Cuál era la razón de este fracaso?
—Quizá el no haberse trazado una línea recta —dijo Fredéric.
—Eso puede valer para ti. Yo, por el contrario, he pecado de exceso de rectitud…
Después echaron la culpa a la suerte, a las circunstancias, a la época en la que habían nacido.
La desoladora conclusión no puede ser otra: la fría toma de conciencia que siempre aguardar tras cualquier recuento del tiempo vivido.
No es esto lo que pensábamos ser antaño…cuando tú querías escribir una historia crítica de la filosofía, y yo una gran novela medieval… ¿te acuerdas?
Esa última fórmula es la llave que abre la espita de la nostalgia, no exenta de patetismo, con la que se sumergen en el recuerdo de los años de juventud. Y es entonces cuando, sin previo aviso o acuerdo, ambos retroceden hasta el ya remoto verano de 1837, y narran (quitándose, emocionados, la palabra el uno al otro) “cuando habían estado en casa de la turca”, un establecimiento cuya peculiar fama proyectaba “un destello fantástico en todo el distrito” y era “la obsesión de todos los adolescentes” (no habrá que decir por qué).Y, de este modo, un domingo que sospecho caluroso (al menos sus inflamados corazones tendrían que haberlo vivido así) vemos a los adolescentes armarse de valor, dinero y sendos ramos de flores, y presentarse ante las señoritas de la casa de la Turca.
Pero el calor que hacía, el temor a lo desconocido, una especie de remordimiento, hasta el placer de ver todas juntas a tantas mujeres a su disposición, lo emocionaron de tal manera que se quedó muy pálido, sin moverse y sin decir palabra. Todas se reían, disfrutando al verle en aquella situación embarazosa. Creyendo que se burlaban de él, se escapó; y, como Fredéric era el que tenía el dinero, Deslauriers se vio obligado a seguirles.
Los vieron salir. Esto originó un escándalo que se seguía comentando tres años después.
Es hermoso que el relato de esta anécdota pueril sea el broche inesperado de la obra, porque, a la postre, dicho final da a entender que toda la novela anterior, sus preocupaciones, sus vericuetos, sus maneras de laberinto (que las tiene)… todo eso, al menos para sus protagonistas, ya no importa, al cabo, poco menos que nada. Pues, asomados al abismo final de la madurez, ambos sólo encuentran válido o vigente un recuerdo azaroso, una pequeña anécdota de inocencia y juventud, una aventurilla de críos cuya simpleza desmiente (o echa por tierra) los alambicados circunloquios sentimentales, sociales, políticos e históricos de la novela anterior, esa novela que iba siendo La educación sentimental hasta que desembocó en este sublime, escueto final:
—Aquella fue la mejor aventura que corrimos —dijo Fredéric.
—Sí, quizá sí, aquella fue la mejor aventura que corrimos —dijo Deslauriers.
Así que la novela, o lo que es lo mismo, la vida, lo que una vez creímos (podrían decirse Fredéric y Deslauriers) que era la vida, no era sino un espejismo, un falso reflejo cuyo origen, cuyo verdadero rostro, como siempre, se encontraba en otra parte. En otro sitio muy distinto al que creímos: agazapada, aguardando el momento de revelarse, en una divertida y algo triste anécdota ya casi perdida en el olvido.
Y por eso yo siento de nuevo un tenue soplo acariciarme el rostro: el soplo de la verdad, la verdad del mundo cifrada ya para siempre (como si fuera una arcana fórmula alquímica) en apenas unas pocas líneas.
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