23 jun 2008

Cosa de nada

Entonces contraje otra enfermedad, de la que no iba a curar nunca. Cosa de nada: el miedo a envejecer y, sobre todo, el miedo a morir. Yo creo que se originó en una forma especial de celos. El envejecimiento me daba miedo sólo porque me aproximaba a la muerte. Mientras estuviera vivo, Augusta no me traicionaría, desde luego, pero me imaginaba que, tan pronto hubiera muerto y me hubiesen sepultado, después de haber tomado las medidas para que mi tumba se conservara en orden y para que me dijesen las misas necesarias, al instante miraría a su alrededor para darme el sucesor al que rodearía del mismo mundo sano y ordenado que ahora me hacía feliz a mí. No podía morir su salud, ni mucho menos, porque hubiera muerto yo. Yo tenía tal fe en dicha salud, que me parecía sólo podía perecer aplastada bajo todo un tren en plena carrera.

Recuerdo que una noche, en Venecia, paseábamos en góndola por uno de los canales, sumergido en profundo silencio que sólo interrumpía de vez en cuando la luz y el ruido de una calle que de repente se abre sobre él. Augusta, como siempre, miraba las cosas y las registraba con precisión: un jardín verde y fresco que surgía de una base sucia dejada al descubierto por el agua que se había retirado; un campanario que se reflejaba en el agua turbia; una callejuela larga y oscura con un río de luz y de gente al fondo. En cambio, yo, en la oscuridad, sentía, con absoluto desconsuelo, a mí mismo. Le hablé de que el tiempo pasaba y que pronto haría ella de nuevo ese viaje de novios con otro. Yo estaba tan seguro de ello, que me parecía contarle la historia ya sucedida. Y me pareció fuera de lugar que ella se echara a llorar para negar la verdad de dicha historia. ¡Tal vez me hubiera entendido mal y creyese que yo le atribuía la intención de matarme! ¡Al contrario! Para explicarme mejor, le describí una posible forma de mi muerte: mis piernas, en las que la circulación era pobre sin lugar a dudas, se gangrenarían, y la gangrena, extendiéndose, alcanzaría a un órgano cualquiera indispensable para poder mantener los ojos abiertos. Entonces los cerraría ¡y adiós patriarca! Sería necesario crear otro.

Ella siguió sollozando, y a mí su llanto, en la enorme tristeza de aquel canal, me pareció muy importante. ¿Lo provocaría tal vez la desesperación por la visión exacta de su atroz salud? Entonces toda la humanidad habría sollozado en aquel llanto. En cambio, después supe que ella ni siquiera sabía qué fuese la salud. Sólo nosotros, los enfermos, sabemos algo de nosotros mismos.
Italo Svevo, La conciencia de Zeno

No hay comentarios: