
Esta mañana, google mediante, me he dado una vuelta por los fallos de los últimos concursos de relato a los que había estado enviando cosas desde, más o menos, diciembre. En los tres que ya se han resuelto (algunos hace ya bastante: debería leer más el periódico) por supuesto no hay ni rastro ni de mis títulos ni de mis seudónimos, como era de esperar. Ya no hablo sólo de ganarlos, estaría bueno (de eso me habría tenido que enterar, lógicamente), hablo también de los que hacen pública la lista de textos seleccionados que pasan a la la última ronda. Bueno.
No puedo decir que me sorprenda, aunque tampoco puedo decir que no me fastidien relativamente estos pequeños fracasos. Echando un vistazo a la lista de cuentos enviados (guardo religiosamente copia de las plicas) comprendo bien que, en una palabra (en un juego de palabras), no resulten muy resultones, al menos no tanto como para destacar entre otros tres o cuatro centenares (o más, incluso) de esforzados originales. Hubo una época en que, lo confieso, me devané intentando dar con una mágica fórmula narrativa que me franqueara las puertas de los tres miles, o incluso de los seis miles más apetitosos del mercado nacional (tres miles, seis miles: refiérese a la dotación en euros), que no son pocos. Aquella fiebre duró quizá demasiado, alumbró varios textos sin duda artificiosos, y uno solo cuya sinceridad aún me hace bastante gracia siempre que (en días como hoy especialmente) lo recuerdo.
Se trata de un cuento cuyo protagonista es un escritor obsesionado con los concursos literarios, que participa febrilmente en todos los que se topa, y que vive angustiado hora tras día esperando que el teléfono suene de una maldita vez para anunciarle, al fin, ese triunfo que, siempre esquivo, se le niega certamen tras certamen. Su demente obsesión desemboca, finalmente, en el alumbramiento de una teoría personal de la literatura de concurso, o “loteriatura”, que, más o menos, se resumía así en el siguiente párrafo:
La loteriatura es la más acabada expresión de una concepción mítica de la obra literaria. Frente al literato enfurecido y platónico, al poeta ensimismado, al hacedor de simulacros y palinodias, o al intelectual de varia erudición, el escritor loteriario incurre en la escritura con un solo fin: el de someter su obra a un juicio que posee los atributos clásicos del designio divino, en tanto es arbitrario, azaroso, despiadado e imprevisible. Con el mismo súbito pavor con el que el elegido de los dioses recibe su mandato, así se estremece el escritor loteriario ante los dictámenes del Concurso (pues sólo hay uno, aunque múltiples sus manifestaciones, sus advenimientos). La estricta legislación le devuelve a la ortodoxia; la aristotélica y catártica inminencia de un desenlace —siempre incierto— le mantiene en vilo; la inmovilidad de sus designios irrefutables le convence de un orden; la más rara selección de sus trabajos —en sentido clásico, y en sentido estricto— la percibe como el estigma de un destino mítico.
La loteriatura es, en suma, cifra y signo de una insaciable y peculiar nostalgia del absoluto.
Pese a la obvia pedantería del párrafo (que se pretendía, ante todo, irónico), no puedo dejar de estar de acuerdo con algunas de las afirmaciones de este pobre hombre que, en sus palabras, había cursado “más de ochocientos envíos en tres años” (yo no he pasado de seis en un semestre, así que todavía no estoy en fase aguda). Sé que los concursos están poco prestigiados, e imagino que desde lo alto de la escalera de la “gran literatura” (aquella que practican ciertos elegidos para la gloria en sus columnas, sus dietarios, sus tertulias…) a los concursantes más o menos asiduos (aunque yo sólo lo sea a ráfagas) se nos debe tener por execrables advenedizos, o deleznables buscones, o patéticos pretenciosos de segunda división… Sea. Pero -y discúlpese la repetición de la frasecilla- quien lo probó lo sabe, porque el Concurso (único, sí, al margen de sus contingentes advenimientos) es una sutil forma de ludopatía a la que resulta difícil sustraerse una vez se ha caído en sus tentadoras garras, que destilan no sólo el veneno del éxito o el triunfo, a secas (cuya mera hipótesis, a mí, como buen tímido que soy, siempre me puede), sino también la ponzoñosa y muy prosaica oferta de cuantiosas dotaciones económicas (que a mí, como a buen gastizo, siempre me han fascinado… un día podría contar mi primera caída en el infierno concursil, cumplida con el solo objetivo de sufragarme un amplificador de guitarra).
Lástima que mis exhaustos nervios ya no estén para sustos, y que, en atención a mi salud física y mental (como si fuera el café, o el tabaco), deba moderarme muy mucho en el ejercicio de este solitario y anónimo vicio de la loteriatura.
* * *
Por cierto, ahora que abro ese cuento una vez más, no puedo dejar de copiar el primer párrafo, en el cual el narrador (es un personaje distinto del escritor protagonista) se autorretrata en unos grisáceos tonos que, retrospectivamente (cuando lo escribí yo era un voluntarioso doctorando lleno de ambiciones que ni siquiera se planteaba dedicarse a la docencia), me resultan graciosamente terroríficos:
Mi nombre es Alfonso Cantalapiedra, y soy profesor de Lengua y Literatura en el instituto público de nuestra pequeña localidad. Desde que me licencié en Filosofía y Letras, hace ya un par de décadas, mi interés ha estado centrado en la literatura, especialmente en el género narrativo. Sin ánimo alguno de vanagloria, debo declarar que en mi juventud me dejé llevar por el ímpetu creativo, y publiqué más de un relato en periódicos regionales; concursé, asimismo, en diversos certámenes de ámbito nacional, y quien bucee en ciertos índices de una prestigiosa revista cultural de los primeros años de la transición podrá encontrar allí mi nombre, firmando un breve cuento que mereció en su día algún elogio. Pero pronto abandoné toda iniciativa literaria, con el amargo desengaño que produce siempre la toma de conciencia sobre nuestra propia mediocridad. Me concentré entonces en la docencia, organicé algunos cursos de escritura creativa —actividad que aún realizo, dos veces al año—, y, en fin, me refugié en una confortable vida cultural de segunda fila, sazonada de tertulias literarias, organización de pequeños eventos, alguna esporádica colaboración en la prensa, etc., ámbitos todos en los que sé que puedo brillar suficientemente sin mayor angustia o remordimiento por mis reconocidas carencias de talento y genialidad.
Imaginado en su momento como un ser no poco despreciable, reconozco que, con el paso de los años (instituto de pequeña localidad incluido, tiene bemoles), cada vez me va cayendo mejor este tipo, este otro pobre hombre, que es lo que al cabo terminamos siendo todos.
Y a mucha honra, claro.
2 comentarios:
El cuento suena a profecía autocumplida :-)
A mí no me convence el asunto de los concursos, en especial los culturales. El nombre de "Loteriatura" captura bastante bien lo que me parecen: más que de la calidad, el resultado depende en gran parte del gusto del jurado. Y luego está el asunto de comparar cosas que no son comparables...
Supongo que lo que anida en alguna oscura rendija de la mente del concursante es, precisamente, el afán (absurdo, claro) por resultar "incomparable"... Por cierto: sólo una vez fui jurado de un premio, relativamente serio (al menos lo era para mí, que lo había ganado con anterioridad), y la experiencia me resultó moralmente mortificante, acaso porque entre mi gusto y yo siempre ha existido una tensa y difícil relación cuyo examen merecería quizá un post completo (de hecho, ahora que lo pienso, creo que está mereciendo todo un blog...).
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