
A pesar de ser hoy el primer día oficial de vacaciones, nuestros planes de verano no van nada mal: ya hemos pagado el viaje a Sicilia, ya nos compramos sendas sillas de playa (en las que, si el tiempo acompaña, deberemos pasar largas horas de sol y lecturas), y ya hemos visto los tres primeros capítulos de Twin Peaks (o, para ser exactos, el piloto ―de doble duración― y los capítulos uno y dos). Y ahí estaba, aguardándonos en ese inocente plan de asueto veraniego, el inconfundible aroma de la felicidad.
Según la wikipedia y google, Twin Peaks se estrenó en EEUU en abril de 1990, y pocos meses después (noviembre: así que rondaba yo los catorce o quince años) en España. Si no recuerdo mal, la emitió Tele 5, canal que por su parte había empezado a bombardearnos ese mismo año con un abigarrado universo referencial (a nosotros, escuetos héroes del forzoso zapping dualista entre la uno y la dos) cuyo impacto sobre nuestra sensible mentalidad adolescente merecería, sin duda, ponderación más detenida. O mejor se lo dejamos a Pepe Colubi.
Recuerdo también que la serie nos enganchó de inmediato, y que su demencial trama fue tema recurrente de discusión durante, por ejemplo (no sé por qué la memoria se empeña en esta imagen), muchas esperas entre clase y clase, en la Laboral, allá por primero y segundo de BUP. Mi hermano y yo grabábamos los capítulos en VHS, y luego nos sentábamos los sábados por la mañana a tragar las peripecias de Cooper y compañía mientras mi madre (a quien nunca le acabó de gustar mucho la serie) deambulaba por la casa. Comprendo ahora, por cierto, que ésa fue una de las últimas actividades que ambos, él y yo, realizamos como hermanos, el último de nuestros juegos compartidos una vez el escalextric, las chapas o los famobil habían quedado definitivamente sepultados tras los muros infranqueables de la infancia. Sucedió así porque, quizá ese mismo año o como mucho el siguiente, él se fue de casa, y entonces tuvimos que inventarnos una seria relación de adultos, de esas que dejan escaso margen para los juegos (que es, en realidad, lo mejor que puede hacerse con un hermano: menos mal que aún tuvimos tiempo para el Caesar III, o –todavía el año pasado― para La fuga de Colditz…).
Y no me estoy yendo de las ramas, ojo, con esta deriva fraterna. Porque no tenía pensado improvisar una disquisición sobre las bondades narrativas de la serie, sobre su desquiciado universo (esa especie de Macondo friolero, o de Doctor en Alaska sangriento ―ésa es la preferida de mi hermano, por cierto―, o de Perro andaluz coñero…) o sobre cualquier otro aspecto de orden digamos intelectual. Al contrario, sólo quería dejar apunte del hermoso acontecimiento sentimental que supone asomarse de nuevo, después de tanto tiempo (casi veinte años, nada menos), a uno de esos paisajes cuyos perfiles han quedado grabados ya para siempre, por raro o azaroso privilegio, en el negativo de nuestra alma. Imposible volver a ver Twin Peaks sin contemplar simultáneamente el espectáculo paralelo de la propia vida, transcurrida entre uno y otro extremo de esos dos ejes; sin dejarse encantar por las sonoras rimas del tiempo, ese gran poeta de la nostalgia; sin intentar imaginar cómo reaccionaría aquel atolondrado adolescente ante unas u otras imágenes, qué le turbaría más de todo ese impenetrable mundo de sueños y pesadillas, si le harían sonreír los mismos diálogos que ahora lo hacen…
Ha envejecido, Twin Peaks. Se observa en los peinados y las faldas de las muchachas, en los teléfonos de góndola (en la sorprendente ausencia de teléfonos móviles, por cierto), en que tantos personajes fumen, en la impureza analógica de algunos vetustos efectos especiales. Pero, y ahí está la gracia, eso no la hace más torpe o menos valiosa; muy al contrario, el tiempo transcurrido la ha dotado de un inesperado valor de yacimiento arqueológico, y de un nada despreciable sesgo irónico (porque apetece reírse de esas faldas o de esas chupas de cuero tanto como nos reiríamos ante una foto nuestra de entonces…), además, o muy especialmente, de un inusitado y estremecedor poder más propio de cuento fantástico que de serial televisivo: porque ya no la está viendo un muchacho de quince años con su hermano, un sábado por la mañana, o un funcionario el primer día de vacaciones con su esposa.
No. La están viendo los dos al mismo tiempo.
1 comentario:
Yo no la volvería a ver: me sentí estafado al final. No valgo para David Linch: en su última película, me fui del cine. Pero algo bueno tiene: ha servido para una reflexión tuya que me ha gustado mucho :-)
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