17 jul 2008

El gilipollas en mí (reciclaje)




De vuelta ya de Sicilia, lo primero que se me ha ocurrido hacer es enfrascarme en una vieja pasión: mover muebles. La foto (presidida por ese viejo sillón rojo al que ya le dediqué hasta un poema) ilustra el antes. Si todo va bien (espalda incluida), mañana habré terminado con el después.

Por eso, entre rayar el parqué y deslomarme, no me ha quedado ni tiempo ni ganas de sentarme a escribir las entradas que me apetecían: una, sobre mis satisfactorias lecturas sicilianas; otra, derivada de lo anterior, sobre el viejo “placer del esquema” (Eco dixit) que he recuperado gracias a los relatos policiacos de Camilleri, más conocidos por su protagonista, el investigador Montalbano.

Me emplazo, pues, para otro momento, pero aprovecho para el reciclaje: nada más terminar, hace ya una semana y pico, la entrada sobre las “cimas gemelas”, recordé un texto bastante similar que escribí hará dos o tres años después de volver a ver (hallazgos de telecable) una película tan prescindible como encantadora: Teen Wolf. Si tuviera paciencia, justificaría semejante objeto de estudio aprovechando los primeros párrafos del Contra Saint-Beuve de Proust, que me compré el martes (en añeja edición) en la Semana Negra; pero no la tengo, y me están esperando para tomar una cerveza mis suegros. Así que allá va:


El gilipollas en mí: Teen Wolf



A veces resulta sobrecogedor encontrarse con un pedazo de uno mismo de la manera más insospechada. Sin embargo, solemos estar, día a día, muy expuestos a los cauces habituales de tales recordatorios: fotos, papeles viejos, esquinas de una ciudad… Hoy, el intermediario ha sido una película, Teen Wolf, de 1985, protagonizada por el esmirriado y siempre titubeante Michael J. Fox, quien en aquellos años (los primeros ochenta) hacía furor en sus papeles de adolescente o jovencito atribulado por variopintas causas. En esta cinta, Fox encarna a un insignificante joven que, gracias a su metamorfosis en hombre-lobo, accede de inmediato a las glorias fundamentales que poblaban la mente de cualquier chaval de entonces (no me atrevo a añadir de ahora); a saber: la chica guapa, la fama, el éxito en el deporte, la admiración generalizada de todo el mundo… lo que un amigo mío de entonces llamaría (y creía encarnar) “ser el rey”.


Fue sobrecogedor descubrir hasta qué punto las imágenes de Teen Wolf aguardaban en mi memoria: su completa transformación en una cancha de baloncesto, sus audacias de héroe repentino, su ligoteo exitoso. Debe de hacer casi veinte años que vi esa película por primera vez, y no creo (estoy casi seguro) haberlo hecho nunca más desde entonces. Y, sin embargo, allí estaban. La historia alimenta las vulgares y prosaicas aspiraciones de cualquier adolescente medio, ya lo he dicho, y eso reconocía hoy con sonrisa condescendiente —la sonrisa característica de la madurez— mientras, al tiempo, la seguía embobado. La película, además, está tan envejecida como tantos otros productos de consumo rápido de los ochenta, lo cual aumentaba el grado de ironía con que asistía a ella. Pero eso era el lado consciente. El lado inconsciente, en cambio, se reencontraba con imágenes primordiales que habían permanecido inmaculadas allí donde el tiempo ha depositado después tantas otras cosas. Es curioso: uno cree que leyendo a Kafka o a Borges, estudiando cine mudo o investigando el rock independiente encontrará las claves de algo, y de pronto las claves —algo oxidadas, pero aún listas para funcionar— aparecen en algo tan sencillo como Teen Wolf. La conclusión es sencilla: hasta qué punto, en vez de ser el lector de Cortázar o el admirador de Elliot Smith, no sigo siendo, en realidad, el espectador puro y ansioso de Teen Wolf, el que soñaría entonces —y sigue haciéndolo ahora, claro— con esas escenas de triunfo, de admiración, de éxito. Posiblemente soy mucho más lo segundo, aunque cueste recordarlo o haga falta un pase intempestivo y casual de una vieja película para darse cuenta de ello.


Fin: merece la pena recordar una frase que, en un momento dado, el guapo de verdad (el que sí se liga a las chicas rubias, es fuerte, y juega bien al baloncesto sin necesidad de apoyos sobrenaturales) le dirige a Fox:


—Debajo de ese pelo tan raro —le dice— sigues siendo un gilipollas.


Pues eso. Las máscaras no niegan, sólo ocultan con mayor o menor perfección. Las personas —la persona de verdad: el gilipollas que todo el mundo es, que todos somos en el fondo— sigue ahí. Por eso nos gustaron tanto esos pequeños mitos: porque nos alimentaron con la vana esperanza (el absurdo afán) de que, de algún modo, quizá todo podría llegar a ser distinto de como ya sabíamos que era.



1 comentario:

Anónimo dijo...

Gran texto.

Quedo a la espera de que comentes tus lecturas, a ver si me explicas qué le ves a Camilleri :-)