
(este texto se escribió en enero, minutos después de cerrar Volver, de Xurde Fernández, mi particular hombre-lengua; quizá no resulte impertinente publicarlo hoy, después de la entrada del otro día...)
Los ríos que aprendimos en la escuela: Xurde Fernández, Volver
Los ríos que aprendimos en la escuela
eran ríos muy largos y llevaban mucha agua,
pero corrían por tierra muy lejanas de la nuestra.
Volver, p. 25 (adaptado)
La infancia es un vasto territorio imaginario cuyos límites geográficos, sin embargo, no exceden la humilde cuenta de los dedos de una mano. La infancia ocupa un escenario inmóvil, esquemático (un monte, un pueblo, un mar, una villa, un río) en el que cabe, sin embargo, todo el amor, el miedo o la tristeza universal*. Los ríos que nos enseñaron en la escuela eran ríos muy largos, sí, extraordinarios y caudalosos ríos de bellos y sonoros nombres, sí, pero corrían por tierras muy lejanas y muy distintas de la nuestra, que es mucho más humilde, más pequeña y quizá, por eso mismo, tanto más verdadera, pues de ella emana la resplandeciente veracidad de las cosas simples.
eran ríos muy largos y llevaban mucha agua,
pero corrían por tierra muy lejanas de la nuestra.
Volver, p. 25 (adaptado)
La infancia es un vasto territorio imaginario cuyos límites geográficos, sin embargo, no exceden la humilde cuenta de los dedos de una mano. La infancia ocupa un escenario inmóvil, esquemático (un monte, un pueblo, un mar, una villa, un río) en el que cabe, sin embargo, todo el amor, el miedo o la tristeza universal*. Los ríos que nos enseñaron en la escuela eran ríos muy largos, sí, extraordinarios y caudalosos ríos de bellos y sonoros nombres, sí, pero corrían por tierras muy lejanas y muy distintas de la nuestra, que es mucho más humilde, más pequeña y quizá, por eso mismo, tanto más verdadera, pues de ella emana la resplandeciente veracidad de las cosas simples.
El escenario esquemático de Volver, de Xurde Fernández, da cabida a todos los hombres: los hombres silenciosos y hoscos que una mañana salieron de casa para no regresar (los hombres que se perdieron en los campos de maíz, o en el corazón de los montes oscuros), los hombres y mujeres a los que, de pronto, se les abrió el suelo bajo sus pies (los hombres y mujeres que una mañana se levantaron notando todo el cansancio de una vida, y no quisieron seguir: “ella nun quixo facer más cames…”, p. 68), los hombres y mujeres que una mañana de diciembre o una tarde de verano se murieron, estupefactos (los hombres que salieron a la mar rugiente, y no volvieron, las ancianas que no despertaron más al sueño de la vida), los niños y las niñas que inventaron el mundo a cada beso, a cada baile, a cada nuevo miedo (los niños y las niñas que querían bailar en las romerías, que querían abrazarse tras las iglesias, que miraban de reojo las siniestras figuras de hombres silenciosos y desconfiados que olían a vino y ginebra), los hombres y mujeres que alzaron casas, que abandonaron casas (“una mesa llarga entá puesta. Cubiertos, vasos y platos enllenos de polvo cubríen un mantel blancu con lletres bordaes n´azul”, p. 67), que huyeron a Madrid, a Castilla, o a una imaginaria América, que hicieron y deshicieron los caminos dándole vueltas y más vueltas a la vida (que es un soplo… que no es nada).
Volver también es una furiosa lección de sencillez, de simplicidad, de desnudez estilística. Tanto que, a veces, asusta el atrevimiento de su autor, su absoluta falta de tapujos, de finezas, de figuras y de retóricas. A veces, el lector puede despistarse, correr el riesgo de perderse (de sentirse huérfano) en esa buscada falta de ilusiones o trucos, acostumbrado como está a los laberintos en los que suele zambullirse a sabiendas de que harán falta buenas dosis de paciencia, resistentes hilos y Ariadnas propicias para salir con bien de ellos. Volver tiene la puerta franca, y no es más que un sencillo pasillo al que se asoman pequeños cuartos bien iluminados, escenas exactas y fugaces que se vislumbran de un mero vistazo; y pronto estamos fuera otra vez, a la salida, sin apenas habernos enterado.
Arriesguemos una definición: buenos son los libros que invitan no sólo a releerlos, sino también a reescribirlos. Que incitan a perseverar, a hacer lo propio. Volver es uno de ellos. Porque todos aprendimos los nombres de famosos ríos en la escuela, pero nunca vimos ante nosotros sino pequeños y dóciles regatos a los que nadie nunca dignó dedicar una sola línea de un solo libro.
Y persisten en la memoria, con sus dulces meandros. Hasta que un día nos acabe.
* “En un día del hombre están los días del tiempo […] entre el alba y la noche está la historia universal” (J. L. Borges, “James Joyce”).
3 comentarios:
Me gusta mucho esa definición de los buenos libros. Me vale también para las buenas canciones: son esas que yo querría haber escrito. Alguna de las tuyas, por ejemplo :-)
Por ejemplo, "por ejemplo" :-)
(No puedo evitar la broma porque ha sido escribirlo y venírseme la canción a la cabeza :-))
Muy bonito texto que has escrito, y es que los buenos libros nos hacen escribir nuestra propia historia. Son como luces que iluminan nuestras palabras.
Un saludo,
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