21 jul 2008

Lecturas sicilianas, 1




(foto: Cefalú según nuestra nueva cámara réflex)
Como tengo tendencia a ser un poco pedante, o un poco “fantástico” (como diría a mi madre), el año pasado viajé a Grecia con Homero en la maleta, y durante una semana inolvidable me dediqué a leer las cuitas del mañoso Odiseo a orillas del Egeo; tiene gracia: yo que me eduqué, estéticamente en el formalismo y el estructuralismo puro y duro, de pronto otorgándole valor al peso que semejantes contextos biográficos y geográficos pudieran aportar a la experiencia lectora…

Este verano, como no podía ser de otro modo, planeé con antelación la mochila literaria de nuestro viaje a Sicilia: gracias en parte a mis fragmentarios conocimientos, y gracias en parte a un Babelia (un monográfico sobre la isla) que cayó en mis manos un par de meses antes, reuní y leí (antes, durante y después del viaje) lo siguiente:

1. El gatopardo de Lampedusa. Ya era hora, por cierto. Después de haberlo citado sin haberlo leído (en “mudanza”, como sólo advirtió el muy sagaz J.), después de esquivar durante años la versión cinematográfica de Visconti escudándome en el deseo de leer la novela primero (ahora sigo sin verla), y después de haberlo tenido acumulando polvo casi un lustro en la estantería, lo leí allá por junio, días antes de marcharnos.


2. Boca sellada, de Simoneta Agnello Hornby. Esta se la debo al Babelia susodicho. La autora es conocida por haber cerrado una cierta “trilogía siciliana” con esta última obra, a la que antecederían La menullara y otra cuyo título ahora no recuerdo. No encontré ninguna de estas dos, pero sí la Boca, que como buena novedad, tenía su propio montoncito en La Casa del Libro, y me costó un ojo de la cara. Para colmo, no me gustó en absoluto. La terminé a contrarreloj en el avión Madrid-Roma, sólo para quitármela de en medio cuanto antes y pasar a otra cosa.


3. Aquel mismo día, en La Casa del Libro, me encontré con un “tocho” (que acababa de editar Acantilado) de un tal De Roberto: Los virreyes. La solapilla atestiguaba, mediante citas de Sciascia o la propia Agnello, que se trataba de “la mejor novela nunca escrita sobre Sicilia”. Como, por un lado, me encantan los libros de Acantilado (su tacto, su cuerpo… y eso que éste está plagado de erratas), y, como por otro, siempre me he fiado de los libros que el azar o la casualidad me ha puesto entre las manos, pagué otro ojo de la cara y me lo llevé también. Me duró todas y cada una de las noches sicilianas, en el silencio del hotel, mientras a mi lado R. dormía ya; me duró todo el viaje de vuelta (tres aviones dan para mucho) y me duró todavía un par de noches más, ya en casa.


4. Por último, y casi in extremis (justo el día anterior), me pertreché en Paradiso de tres Camilleris (esto se lo debo a mi fragmentada memoria y al Babelia a partes iguales), la novela La paciencia de la araña y los libros de cuentos La nochevieja de Montalbano y El miedo de Montalbano. Los dos primeros fueron lectura de playa en Giardini Naxos; el último, en cambio, todavía no tuve tiempo de leerlo, pero hace unos días, en la Semana Negra, añadí a la lista El ladrón de meriendas (finiquitado ayer) y El olor de la noche (en ello estoy).

La primera lectura (el Lampedusa) merece poca presentación, y menos aún defensas entusiastas. Como va para un mes que lo cerré, apenas recuerdo ya otra cosa que la exaltada sensación de placer que me produjeron cada una de sus páginas, la entrañable familiaridad que la novela es capaz de establecer entre lector y protagonista, algunas hermosas secuencias (y el término cinematográfico no es casual) como la búsqueda de “lugares propicios para el amor” (A. González) que se establece en el viejo palacio de Los Gatopardo o las dilatadas y bellísimas páginas de la muerte del héroe. Es, sencillamente (o eso fue para mí, y eso basta) un bocado exquisito.

La Agnello, en cambio, me aburrió solemenmente, me enfadó su extraordinaria capacidad para el diálogo inverosímil, para la trama melodramática, para la solemnidad fatua, para la trascendencia pretenciosa. Punto.

Pero el verdadero descubrimiento de este absurdo afán por las lecturas sicilianas ha sido, sin duda, el “tocho” de De Roberto. La novela, de fines del XIX, narra en algo más de setecientas páginas el proceso de involución de una nobilísima familia de Catania (los “virreyes”, pues lo fueron en tiempo de dominación española de la isla) con una habilidad, una maestría, un cinismo y una agudeza simplemente deslumbrantes. Manejando un censo de siete u ocho personajes cuyas peripecias sicológicas, económicas y sentimentales se van enlazando en una delicada artesanía narrativa, la novela viene a ser algo así como el hermano mayor de El gatopardo, con la que coincide en no pocos aspectos, incluido el famoso “hay que cambiarlo todo para que nada cambie”, que parece ser el lema que guía a uno de los principales protagonistas, aquel que, al final de la novela, enarbola un discurso sobre la función de la política moderna de una clarividencia sin duda estremecedora. Acusada en su día por Guelbenzu (en otro Babelia) de “novela notarial” (creo recordar; o bien cualquier otro adjetivo que implique idéntica invitación al aburrimiento) a mí me ha parecido, en cambio, de lo mejor que he leído en mucho, muchísimo tiempo.

Buena prueba de que me haya gustado tanto es que, como siempre me ocurre con esos raros libros que atraviesan capa tras capa de la memoria y la sensibilidad para instalarse en el fondo de la conciencia, todavía hoy, una semana después de haberlo terminado, lo siga echando de menos. Y que todavía no me haya atrevido a colocarlo (y a olvidarlo, por tanto) en la estantería. Por ahí sigue, entre los muebles a medio mover.

(a Camilleri / Montalbano lo dejo para otro día. Continuará, pues)



1 comentario:

Anónimo dijo...

A mí también me gustan físicamente los libros de Acantilado. Eso me recuerda que
editaron uno de una autora italiana que me gusta mucho, Natalia Ginzburg. Precisamente ese, "Querido Miguel", es el que menos me gustó de los suyos que he leído, pero "Léxico familiar", "Las palabras de la noche" o "Las pequeñas virtudes" (este igual también era de Acantilado) me gustaron mucho.

Me dejas esperando por la segunda parte, ¿qué te habrá parecido Camilleri? ¡Qué intriga! :-)