
Un recuerdo de infancia se me hace especialmente patente estos días de verano y playa: es de mañana, hace sol; yo estoy en mi habitación, y mi padre apoyado en el umbral; discutimos (es un decir; con mi padre no se discutían las cosas, de aquella) porque nos vamos a la playa a pasar el día (a Estaño o a La Ñora, si duda) y yo no quiero porque hoy echan, a la sobremesa, el primer capítulo de una serie que no me quiero perder: El coche fantástico (estamos por tanto, dice Mr. Google, en el verano de 1985). Uno de mis argumentos es que no soportaría que me vuelva a pasar lo mismo que con El gran héroe americano, de la cual también me había perdido en su día el piloto (en España se estrenó el año anterior, siempre según Google), un episodio nunca visto cuya trama adquirió para mí las proporciones de un interrogante mítico, del que sólo alcancé a saborear inconexos retales a través de los relatos orales que me hicieron amigos como Charlie (de quien, por aquel entonces, tampoco había que fiarse mucho, dada su tendencia a la fábula improvisada…).
En mi influenciable imaginación narrativa de entonces aquellos capítulos fundacionales poseían una singularidad mayúscula, dada su decisiva responsabilidad en la erección de un universo ficcional que luego (eso tenía que saberlo, o al menos intuirlo) sólo se dedicaría a dar más y más vueltas en torno a sí mismo, esto es, alrededor de su particular esquema: fueran las torpezas deliciosas del superhéroe, fuera la fatigosa lucha contra el Mal (a base de derrapes y turbo aceleraciones) que llevaba a cabo el apuesto Michael Knight. Eso demuestra que al placer del esquema tal cual lo describe Eco (véase la entrada anterior) le falta, cuando menos, una apostilla: la entusiasta fascinación (o es aguda epistefilia) que, en el caso de los relatos seriales, producen también las pinceladas arqueológicas, las tramas trans-episódicas que, por encima de la fatigosa repetición de los esquemas básicos, van construyendo un relato de orden superior; la sutil arquitectura, en suma, que a modo de ocultos contrafuertes e invisibles piedras clave, soporta tales universos ficcionales. En otras palabras: ¿A quién no le hubiera gustado saber al dedillo las adanzas de MA, Annibal et. al. en Vietnam antes de que un juicio injusto y bla bla bla los convirtiera en el Equipo A?
Pues eso era lo que yo no quería perderme por tener que ir (un esquema como otro cualquiera) a pasar el día a Estaño. Y de algún modo lo conseguí.
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Todo esquema contiene una silenciosa invitación a ser desmantelado; o, al menos, a ser manipulado más o menos llamativamente; cuando dicha manipulación tiene lugar desde fuera del sistema narrativo original (y siempre y cuando esta operación se mantenga dentro los límites de lo reconocible), se franquean las generosas puertas de la parodia, o de la (digámoslo eufemísticamente) “revisión” crítica, sea lúdica, posmoderna, deconstructiva, etc. Pero cuando tal operación se produce en el interior mismo del relato serial, entonces se ofrece una entrega absolutamente única, cuyo valor resulta incalculable para el boquiabierto lector/espectador de la serie.
No sé cuándo empecé realmente a ver “en bloque” (por lo general dos al día, y todas en un par de semanas como mucho) las películas de James Bond. Sé que ya lo hacía en plena adolescencia, y que cumplí el ritual por última vez en el verano de mi licenciatura, 1998 (llegando a tomar notas para una hipotética tesis doctoral al respecto, nada menos). Eso sí: nunca pasé de Roger Moore; nada de Thimoty Dalton, de Pierce Brosnnan, ni mucho menos del último y actual 007. Como muchos otros, siempre defendí la inigualable altura de las entregas protagonizadas en los sesenta y primeros setenta por Sean Connery, pero tampoco arrugaba la nariz ante Sólo para sus ojos u Octopussy. Moore era más trepidante, algo más cómico, tenía menos clase que Connery, pero los efectos especiales o los meandros turísticos de las tramas eran también muy resultones. Pero, curiosamente, y salvando el interés intrínseco de 007 contra el doctor No (no en vano es la primera entrega: véase supra) o el indescriptible encanto de Desde Rusia con amor, mi aventura preferida era (y sigue siendo, en el recuerdo) una que no protagonizaron ni uno ni otro, sino un tal George Lazenby, que se enfrentó al reto de sustituir (con poco éxito, no hizo más) al gran Connery en 007 al servicio secreto de su Majestad. La película era una rara y perversa actualización del esquema bondiano en múltiples aspectos, desde el prólogo meta-ficcional (eso es cosa del recién licenciado del 98) con ruptura del espacio diegético a causa de una feroz mirada a cámara del “nuevo” Bond (eso es cosa del doctor de 2003) hasta el falso final, boda incluida (y pronto truncada), en el cual sonaba una de las canciones más hermosas que he escuchado jamás: “All the time in the world”, con voz de Armstrong. Esto es: un Bond inédito, enamorado, y viudo: todos los ingredientes para retorcer el esquema original de una manera tan insólita e imprevista que debió de ser un buen batacazo, pues llegó a forzar incluso el regreso de Connery en la siguiente, Diamonds are forever, hasta que Moore lo sustituyó definitivamente.
Salvando las distancias, el impacto en la memoria de 007 al servicio secreto de su Majestad es parejo al que en su día me produjo, en plena lectura de las novelas de Poirot (otro verano más, allá por tercero de Filología), El asesinato de Roger Ackroyd. Quien la leyó lo sabe, y a quien no (aviso) me dispongo a fastidiársela de cabo a rabo: lo único (casi nada) que pervierte el esquema poirotiano en esta entrega de Agatha Christie es el hecho de que el asesino buscado a lo largo de toda la novela sea nada menos que el narrador en primera persona (el flemático doctor Sheppard) que la ha contado de principio a fin. Amparado en la retórica del habitual narrador testigo poirotiano, el infeliz Hastings, este tipo se las ingenia para narrar toda la investigación partiendo de una artera elipsis inicial en la que omite, evidentemente, su directa responsabilidad en los hechos investigados por el obeso y petulante detective belga. De modo que, cuando se lee por primera vez (siempre que se ignore este truco), el desenlace estalla en el rostro del confiado lector (quien ha creído estar asistiendo al tranquilizador cortejo habitual de la novela policiaca: a su esquema, en fin) como una auténtica bofetada de pasmo.
A pesar de que R. me regalara la colección completa de las novelas de Ian Fleming, sólo leí una de ellas (Casino Royale, me parece), y nunca más le di vuelta alguna a aquellas viejas películas de los sesenta y setenta que durante varios veranos poblaron mi salón de aventuras espaciales, cacharros inverosímiles, persecuciones interminables, sexo a espuertas en elipsis. Pero al entrañable y mentiroso doctor Sheppard sí le dediqué (merecido se lo tenía) un par de páginas de mi procelosa tesis, en velado homenaje a estas pequeñas travesuras del Esquema, tanto o más regocijantes para el admirador rendido que sus rituales reiteraciones.
(Continuará)
1 comentario:
Cáspita [esto es una referencia a la entrada anterior que no podía evitar :-)], estás convirtiendo esto en un folletín lleno de cliff hangers... Tendré que seguir leyendo hasta saber qué te pareció el esquema de Montalvano.
Por cierto, yo creo que sí vi el capítulo piloto de El gran héroe americano, cuando descubría el traje, ¡chincha! ;-P
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