12 ago 2008

El placer del esquema, 4




El año pasado, casi por estas mismas fechas, y a horas parecidas, empecé a escribir lo siguiente:

Madrugada de un día cualquiera de finales de agosto. Apenas hace un minuto he dejado a un lado el vigésimo y último volumen de las “Novelas de la armada inglesa” de Patrick O´Brian, página 151: Jack Aubrey y el doctor Stephen Maturin, a bordo de la fragata Surprise, discuten los últimos casos de disentería que han provocado ciertos barriles de cerdo en salazón estibados durante demasiadas singladuras en la bodega. Como siempre ―a estas alturas de la vida me puedo permitir ya tales adverbios―, como siempre a estas horas, he acompañado las páginas con un buen vaso de leche fría y unas ―o quizá demasiadas, eso ya no sé si puedo permitírmelo― galletas. Ahora mismo he apagado el cigarrillo que, indefectiblemente, sigue a la ingesta. Paladeo en la boca, por tanto, ese curioso regusto que deja la extraña combinación de la galleta, la nicotina, la leche fría. Lo de la leche merece un aparte: lo habitual y más sencillo hubiera sido abrir la nevera, coger la botella, y listo. Pero muchas noches a lo largo de todos estos años, y así hoy, me ha sucedido que, por despiste o falta de precaución, no hubiera tal botella en la nevera y, por tanto, la única leche disponible estuviera templada, algo inconcebible para la feliz consecución del ritual. Supongo que la primera, y quizá también la segunda o la tercera ocasión en que tal desgraciado desliz tuvo lugar, simplemente debí de renunciar a las galletas en cuestión (no soportaría mojarlas en leche del tiempo, desde luego). Pero en algún momento, quizá la tercera o cuarta noche de frustrada visita a la nevera, tuve que idear el sistema de refrigeración que, desde entonces, aplico en estas situaciones de emergencia: tómese un embudo, llénese de cubitos de hielo, dispónganse dos vasos, llénese uno de leche templada, y procédase a verter el contenido de uno a otro recipiente ―embudo mediante, claro― las veces que se considere pertinente para conseguir una apropiada refrigeración. Normalmente el punto idóneo se encuentra un momento antes de que los cubitos empiecen a derretirse por completo (hecho que aguaría sin remedio la leche), y todavía defienden su sólida consistencia, pero, eso sí, acusan la reiterada erosión láctea en el nacarado tono que van adquiriendo sus caras, cuyos ángulos y aristas se han ido difuminando poco a poco. El proceso es lento, y engorroso, pero en fin. Se trata de una de esas adversidades cotidianas que el ánimo afronta tranquilo, sabedor de que la paciencia y el buen hacer lograrán salvar todos los obstáculos, y que al final de tamaño esfuerzo aguarda la recompensa: nada menos que el horizonte sin fin de las páginas eternas de O´Brian.




He mencionado antes la palabra ritual, y no es azar: en todos estos veranos la inercia, o la memoria ―quién sabe quién trabaja en beneficio de quién―, me han proveído de un preciso sistema de coordenadas por lo que se refiere a la inmersión en la lectura de O´Brian (o de “los Aubreys”, como suelo denominar familiarmente a los volúmenes, aprovechando el apellido de uno de sus protagonistas; no así, en cambio ―caprichos de la mente o el lenguaje― “los Maturins”, jamás se me hubiera ocurrido tal cosa, a pesar de ser éste, quizá, el verdadero héroe ―o, al menos, el mayor de los personajes, el más amado― de la saga). El rito se distingue del amaneramiento en la sinceridad de su calculada y rígida estructura: acaso ingenua, pero al fin y al cabo sincera fe en que las cosas deben discurrir de un determinado modo porque así y sólo así podrán llegar a ser tales plenamente, y sólo de esa y no de otra manera podrá seguir adviniendo la verdad que alcanzamos, o al menos sospechamos, tras sus aparentes artificios. Curiosas, las consecuencias: el ropaje de artificios y tramoyas del rito ―la leche, las galletas, el cigarrillo, qué más da en qué se sustancie una eucaristía― como las únicas vías legítimas de lo verdadero, lo puro, lo eterno. En este caso, la pura, verdadera, eterna belleza y felicidad que siempre me han devuelto en esas fulgurantes páginas.

Empecé a leer a Patrick O´Brian en el verano de 1998, y no he dejado de hacerlo, creo, ni uno solo de todos los veranos que han sido desde entonces. Algo menos de una década.

***

El texto terminaba de esta manera abrupta. No lo recuerdo, pero me imagino que después de folio y medio dándole porrazos a las teclas me terminaría cansando de mí mismo y mis rituales (nada extraño, por otra parte) y me apetecería mucho más pasar a la página 152 a ver en qué paraba el asunto del cerdo en salazón. Bien hecho, si así fue. Y, por cierto, la nota termina con una falsedad imprevista: porque ahora sí puedo afirmar, casi un año después de lo anterior, que ya existe un verano en que no he leído a O´Brian. Éste. Y está resultando duro. Tan duro que, para explicarme la ofuscación que siento (la ofuscación que, por un momento, me hizo creer ―vana ilusión― que las novelas de Montalbano podrían suponer un digno reencuentro con el Esquema), he terminado buceando en la frágil memoria de lecturas y placeres remotos.



Tomémoslo por el lado bueno: quizá resulte más fácil escribir ahora, desde la nostalgia y la orfandad, que hace un año, cuando aún tenía entre mis manos (vale que en formato de manoseado estertor) unas pocas páginas más a las que agarrarme. Así que vamos allá.

***

Empecé a leer a Patrick O´Brian (aquí lo habíamos dejado) en el verano de 1998. La presentación formal se la debo, de nuevo (como en el caso del Sea Dogs: va de barcos), a Paolo. Había tenido noticia éste de la saga gracias a las columnas semanales de Arturo Pérez-Reverte, a quien solía seguir y leer con fervor. Cuando, a finales de aquel largo verano (tras el cual, después de mucho tiempo, no se sabía muy bien qué vendría: acababa de estrenar título universitario, y de pronto el futuro estaba ahí, a la vuelta de los días), Paolo se mudó a Salamanca, me legó, en una especie de usufructo, los diez primeros volúmenes. Quien los haya tenido alguna vez a la vista sabe cuán hermosos son estos libros de Edhasa, al menos (y en flagrante contraste con la versión de bolsillo) en su edición de pastas duras verdes y sobrecubierta azul marino, ilustrados todos ellos con unas portadas de insólita y evocadora belleza. No sin cierto escepticismo (porque en materia de libros Paolo y yo tenemos tendencia a la contradicción) acepté el legado, coloqué aquel medio metro de novelas en el cabecero de mi cuarto, y empecé a leerlas cumpliendo, al tiempo, tanto un mudo homenaje al amigo del que, a mi pesar, me veía de pronto separado, como una cierta maniobra de escapismo (llevaba unas semanas pensando qué demonios de tesis doctoral podría yo hacer si, al final, me matriculaba en el doctorado: olvidado ya el asunto 007, que no había por dónde cogerlo, me había pasado a las novelas de Manuel Puig, para luego recordar mi pequeño trabajo inglés sobre las distopías…vaya, que estaba hecho un lío).



Pero si en algún momento de aquellos titubeantes primeros tiempos de mi idilio con O´Brian pudo haber de por medio intereses espurios, estos debieron de volatilizarse bien pronto (bastaría, para ello, con leer la aventura del Cacafuego, la primera gran hazaña de Jack “el afortunado” a bordo de la goleta Sophie…). Porque, cuando me quise dar cuenta, agosto ya se había ido definitivamente, y luego septiembre, y entremedias me había trasegado ya (a la par que unos cuantos vasos de leche con galletas, claro) esas diez primeras novelas.



Ese verano paré ahí, y los siguientes fui leyendo lo que me quedaba. Pronto alcancé el ritmo de las traducciones al castellano, y, a partir de ese momento, después de los fastos del primero o el segundo, hubo veranos en que apenas pude leer uno o dos volúmenes, con no poca rabia por la escasez de la ración (yo, que me había malcriado con aquellos primeros atracones…). Por supuesto, ya le había devuelto sus libros a Paolo e iniciado mi propia colección. Los compraba en Bristol, donde hacían el 10% de descuento, o los pedía de regalo en cumpleaños o Navidades (porque eran caros, la verdad). Y luego, un día, llegó a mis oídos la fatídica noticia de que O´Brian había muerto dejando la saga inconclusa, y luego se publicó Azul en la mesana, vigésima y última entrega de la serie, y luego otro día la leí, y la terminé, y entonces el mundo se detuvo por un momento.



Hasta que encontré la mejor de las soluciones, claro: releer de cabo a rabo la serie completa.

(continuará)

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