
[…como veníamos diciendo...] Hasta que encontré la mejor de las soluciones, claro: releer de cabo a rabo la serie completa. Y así lo hice, de nuevo verano a verano, y de nuevo a grandes bocados (cuatro o cinco entregas seguidas) hasta el año pasado, cuando por segunda vez se me terminó entre las manos (ése era el manoseado estertor) Azul en la mesana. Me los llevé de viaje, me los llevé a la playa, me los llevé de fin de semana, los paseé por todas las habitaciones y casas que en mi vida han sido, fumé incontables cigarros entre sus páginas, las manché de leche, de ceniza, de arena, de polvo, doblé no pocas esquinas para marcar, con vistas a futuros vistazos, los pasajes más entrañables (demostraciones imbatibles de ironía y humor; raudales de sabiduría humana; perfectos ejemplos de habilidad narrativa…); los presté una y otra vez (a mi padre, a mi hermano, todavía a mi suegro el otro día), los cerré de un sonoro golpe uno tras y otro para abrir con anticipada delectación el siguiente. Y nunca, nunca, me fallaron; hasta este verano, claro.
Hace una semana, mi hermano, que anda en la relectura, me pidió los cuatro últimos libros. Y yo no pude replicar sino:
―Qué envidia.
Porque, desde luego, no me he permitido (no todavía: aún queda verano…) volver a iniciar por tercera vez la serie. Algo (pudor, vergüenza, o es ese opresivo superyó que lleva las cuentas exactas de la oceánica masa de libros que aún no he leído siquiera por primera vez) me lo impide con férrea voluntad. Y estoy dispuesto a hacerle caso. Aunque mi orfandad (cómo llamarlo, si no) me esté costando más de un insomnio veraniego; aunque ande a vueltas con estas líneas (vano y vicario consuelo), y a pesar de que, cuanto más me enredo en ellas, más ganas me entran de claudicar.
***
Explicar mi fascinación por la serie de O´Brian es un reto imposible, otro (con perdón) absurdo afán. Tan imposible como explicar, por medio de la razón, los mecanismos del amor, la nostalgia, la pasión, el miedo. De sobra sabemos que, cuando la mente se empeña en explorar determinados territorios sentimentales, siempre acaba topándose con un umbral, una frontera más allá de la cual todo se resuelve en penumbras, en vagos fantasmas, meras sospechas o intuiciones que nunca seremos capaces de contrastar o ratificar. No, al menos, por medio de las palabras y los discursos más o menos organizados. Queda, en todo caso, el consuelo del intento, como queda siempre (única certeza) la mueca irónica de desencanto que nos aguarda al término de tales excursiones por lo inefable.
Y eso que, al principio, la lectura de las novelas puede resultar no poco farragosa por lo que se refiere al denso entramado de vocabulario técnico relativo a la navegación, a la estructura de los navíos de la época, a las maniobras, la disposición del velamen… De hecho, los primeros volúmenes cuentan con un glosario de términos náuticos que, en los primeros tiempos de lectura, me empeñaba en consultar, a ver si lograba entender qué demonios eran los flechastes, que significaba dar una bordada o navegar de bolina, por qué la jarcia subía de tono, etcétera. Pero luego dejé de hacerlo: supongo que llegó un momento en que me conformé con los precarios conocimientos que ya había adquirido (los justos para entender, más o menos, la acción narrativa fundamental), o más bien (así sucedió durante mi segunda lectura de la saga) que los avatares específicamente náuticos me terminaron importando bien poco, relegados como quedaban en mi personal jerarquía lectora por las peripecias humanas de sus protagonistas. Algo así como lo que explicaba Hitchcock al definir el McGuffin como un aspecto de la narración (en su caso un misterio, una trama) que debe resultar extraordinariamente importante para los personajes, pero no tanto para el narrador. Salvando las distancias, mi actitud de lector en tales pasajes conllevaba una idéntica despreocupación por los factores puramente técnicos de una maniobra, un abordaje, un combate penol a penol. Y, a pesar de la aparente aberración pragmática que esto significa (desde luego, yo nunca satisfice el “lector modelo” de O´Brian en este sentido), creo que mi lectura sesgada, tangencial, es no sólo posible, sino igualmente legítima, e igualmente auspiciada por el propio texto, quien admite con flemática generosidad (sólo así se explica el éxito enorme de la serie) esos otros recorridos paralelos que, como vetas de un mineral precioso en la piedra, puede seguir el lector neófito o impaciente (esos lectores que, como decía Cortázar en su nota a Los premios, prefieren “divertirse en línea recta”).
***
De las muchas definiciones posibles, y no excluyentes, de la serie, me quedaría finalmente con esta: las novelas de O´Brian son la extraordinaria historia de una amistad. Una amistad que, como suele suceder, prende azarosamente entre dos individuos que no pueden ser más opuestos, pero por ello mismo no menos complementarios: por un lado Jack Aubrey, un tipo corpulento, rubio, de humor explosivo, tragón voraz, incondicionalmente exigente (para sí y los demás) con los deberes de honor y pundonor propios de su oficio, tan brillante en asuntos náuticos y tácticos como torpe en los terrestres (torpe en el amor, torpe en las relaciones sociales, pasto a menudo de embaucadores y mercachifles), y que, como un héroe de videojuego (con perdón de la autocita), recorre trabajosamente la infinita progresión de éxitos y fracasos, de miserias y altibajos, que jalonan su larga carrera militar (si algo debemos agradecer a la muerte de O´Brian es que su fallecimiento dejara a Aubrey, y ya entonces para siempre, en el felicísimo punto de su trayectoria con que concluye Azul en la mesana: convertido al fin en comodoro, tras no pocos temores). Y, por otro lado, Stephen Maturin, cirujano de a bordo de casi todos los navíos capitaneados por al anterior, y reciclado a los pocos volúmenes en espía del servicio secreto naval. Maturin es un poco, como mandan los canones (por ejemplo el cervantino), el reflejo inverso de Aubrey: escuchimizado, feucho y desastrado (el desaseo de pelucas y vestimentas, que el despensero Killick siempre debe arreglar en el último momento, es uno de los topoi narrativos cásicos); protestón, contestón, ceñudo, tirando a egoísta, a maleducado incluso, pero lastrado por una íntima debilidad que a punto está, en varios segmentos de la trama, de acabar con él (su casi mortal adicción a la tintura de opio es responsable de angustiarnos durante cientos de páginas); brillante intelectual como cirujano (sus gestas médicas asombran durante infinitas singladuras a los ignorantes marinos, que casi lo toman por mago), o como insistente naturalista, es sin embargo un verdadero inútil en todo lo que se refiere a la vida marina (se cae, se moja, tropieza con todo… uno de los pasajes más memorables que recuerdo ahora es, sin ir más lejos, la explicación que en cierto momento Aubrey se ve obligado a hacerle del flujo de las mareas), y su torpeza da lugar a no pocas situaciones embarazosas o definitivamente peligrosas (pero siempre humorísticas, y sobre todo tiernas); en su ignorancia de cabos, velas o navíos el lector encuentra, de hecho, un agradecido respiro, textualizado como se ve en no pocos pasajes en que su contumaz perplejidad exige que las cosas le sean explicadas una y otra vez, como si de un niño pequeño se tratase.
Pero lo más hermoso de esta singular relación quizá sea el enorme y costoso esfuerzo que, por simple causa del inquebrantable afecto que los une, uno y otro hacen por comprenderse: son muchos los pasajes del diario de Maturin (una inteligentísima apoyatura narrativa a la que recurre con frecuencia el narrador de O´Brian) dedicados a indagar el alma de su compañero, sus contradicciones, sus anhelos y fracasos, su solitaria manera de cargar con el pesado lastre del mando; no pocos, por el contrario, los gestos de asentimiento, de respeto, de muda comprensión o declarada admiración por Maturin que enarbola Aubrey: porque si algo define el estilo literario de O´Brian eso es, sin duda, la sutileza: nunca hay una palabra de más, un gesto superfluo, un innecesario amaneramiento en el trato humano o en su dosificación narrativa. Al contrario: son los silencios, las elipsis, las respuestas escuetas, los mínimos cabeceos, los mudos apretones de mano o las réplicas de cortesía aparentemente más rígidas (esas invitaciones a desayunar en la cabina del capitán, por ejemplo: “preséntele mis respetos al doctor y dígale…”) las que guían una página tras otra, una novela tras otra, esta bellísima historia de amor entre dos hombres que se respetan, se admiran, pero también a veces se molestan o exasperan. Después de tantas y tantas palabras (veinte novelas a razón de trescientas o cuatrocientas por entrega) en realidad al lector le queda la sorprendente convicción de que todo lo que ha sucedido, desde el primer día hasta el último, entre ambos, ha sido un magnífico juego de sobreentendidos.
Y entonces el lector se siente inteligente, o al menos se siente tratado como tal, y queda eternamente agrecido por haber podido asistir a ese sutil y delicado espectáculo que tan raras veces se nos ofrece: el espectáculo de la verdad.
***
Podría seguir muchas más noches dándole vuelta tras vuelta a las novelas de O´Brian; podría argumentar infinidad de anécdotas, subir las escaleras hasta la librería y buscar todos esos pasajes que en su día marqué, doblando una esquina de la página. Podría enzarzarme en cuestiones de técnica narrativa, y ponderar la capacidad para el suspense, para la acción trepidante, y más aún la magnífica capacidad para combinar esta tramoya habitual de la novela de aventuras (pues lo son todas ellas) con un refrescante y reconfortante gusto por la narración, al detalle, de las delicadas bellezas de la vida cotidiana de los personajes (cuántas veces hemos desayunado huevos o café recién hervido, o nos hemos zampado el pantagruélico menú de una comida oficial ―perros manchados incluidos―, o hemos tocado un poco de música al anochecer mientras se hacían las tostadas con queso, o hemos oído el rumor del océano mientras los coys se balanceaban suavemente…); podría, por cierto, dedicar una línea a la meritoria adaptación cinematográfica de Peter Weir, Master and commander, con un guión lleno de guiños a los fans de la saga y una nada desdeñable capacidad para alzar, en poco más de dos horas, un remedo tolerable y digno del inabarcable cuadro de la serie (lástima ese Maturin tan joven y tan buen mozo, única falsedad grave…).
Podría, podría, podría, pero sé bien que nunca llegaría a ningún sitio, que jamás me quedaría tranquilo o satisfecho, que dificílmente salvaría los límites del elogio incondicional o el apunte nostálgico para decir algo firme, sólido o perdurable al respecto. Que nunca, en fin, la transcripción verbal de mi experiencia lectora de O´Brian le haría justicia ni a mi recuerdo, ni a mis convicciones, ni mucho menos a la obra objeto (o paciente sujeto) de tal escrutinio.
Baste, pues, con haberlo intentado. El título de este blog, voy viendo, no era simple capricho. Además, el otro día me compré de casualidad, y en edición de bolsillo,
Contra viento y marea, una de las primeras novelas marinas de O´Brian. No tiene mucho que ver con la serie de Aubrey y Maturin: está escrita casi veinte años antes de la primera entrega, es una novela única, sin continuación, sucede casi un siglo antes, y reconozco que sus protagonistas me están resultando algo antipáticos (o será que les tengo manía). Pero bueno. Algo es algo.
PD. Ah, por cierto, y por si alguien ha leído hasta aquí (lo siento, J.) recordando
qué demonios tenía intención de escribir hace casi un mes, cuando me enzarcé con el dichoso placer del esquema, ya no tengo ni idea de qué pensaba comentar a propósito de Camilleri/Montalbano. Así que lo dejaremos estar.
1 comentario:
¡Cabrón!
(Dicho sea de manera amistosa :-))
Publicar un comentario