
Un disco duro es un trasunto tan elocuente como utópico de nuestra cabeza. Elocuente porque en él, aun encarnados en el frío y quimérico esqueleto del código binario, se encuentran todos nuestros sueños y nuestras pesadillas. Utópico, porque sólo entonces guardan un orden visible, una impuesta jerarquía, a la que ojalá (pienso a veces) tendiera la realidad de las neuronas. Siempre y cuando, claro, que la metáfora no esté dada la vuelta, como un calcetín juanjomillasiano, y sea nuestra cabeza la que ha acabado por convertirse en burdo remedo de lo que allí guardamos. En uno y otro caso, y una vez me he diagnosticado con plena certeza los síntomas inequívocos de un galopante síndrome de las ventanitas múltiples, me quedo definitivamente (como espejo o como modelo, quién sabe) con el vistoso escritorio tridimensional del Vista, en cuya infinita línea de fuga las carpetas, los programas y los documentos se arraciman unos sobre otros diríase que en una tensa pugna por prevalecer, destacar entre los demás, acaparar nuestro fugaz tiempo de atención.
Ciñamos la cuestión a un solo ejemplo. En uno de las más polvorientas esquinas de ese disco guardo un documento de word sin duda sonrojante, pero también divertido, que se denomina “ranking”. En él tengo preparada una tabla con mis fabulosas-obras-en-curso y, amén de otros datos, consta allí una curiosa columna referida a la paginación actual de tales proyectos. Cada cierto tiempo abro, copio y pego, y actualizo los datos. Así, puedo saber que de la historia A tenía tantas páginas en diciembre, o confirmarme (ni falta, pero bueno) que la historia B parece estar definitivamente abandonada, dada la persistencia de sus guarismos de una tabla a otra. La última vez me permití el lujo (la ironía) de sumar las entradas de esta columna, y, como quien llevara la espinosa contabilidad de un ejercicio fiscal, anoté al término (en su casilla apropiada) el “haber” obtenido durante el último año de actividad literaria (menos mal que el “debe”, en estos asuntos, es una abstracción, por eso mismo ―viva la gramática― incontable).
A primera vista, los resultados de esta personal empresa no pueden ser más satisfactorios: pues, tras arduo cálculo, constaba que los ingresos ascendían nada menos que a unas quinientas páginas en poco más de un curso académico. Menos mal que no uso Excel, porque entonces (y me creo capaz) podría argumentar hermosos gráficos de producción definitivamente humillantes (quesitos porcentuales incluidos). El problema, de todos modos, existe, y en algún oscuro despacho mental encargado de la gestión administrativa de mis escasos dones, debería existir un minucioso informe al respecto. Se trata, digámoslo así, de una excesiva tendencia a disgregarme en demasiados frentes comerciales, a intervenir en demasiados mercados, con la consecuente minimización del hipotético beneficio: de qué sirven quinientas páginas si se dividen en la novela A (unas 150 páginas de enfermiza narración autodiegética), la novela B (30 páginas distópicas y sí, parece que definitivamente abandonadas), la novela C (30 de policiaco kafkiano resucitadas el otro día), las novelas D y E, respectivamente (casi 200 páginas de literatura juvenil-a-ver-si-lograba-jubilarme-con-los-miles-de-euros-del-premio-SM; no me llames iluso), o la última de mis obras maestras, la novela F (apenas 22 páginas todavía promisorias; pobrecitas…). En otras palabras, que falta optimizar. Porque, de seguir así, se corre un severo riesgo de quiebra técnica por acumulación de transacciones abiertas.
…Como a cualquier disco duro que se le busquen las cosquillas, claro.
Ciñamos la cuestión a un solo ejemplo. En uno de las más polvorientas esquinas de ese disco guardo un documento de word sin duda sonrojante, pero también divertido, que se denomina “ranking”. En él tengo preparada una tabla con mis fabulosas-obras-en-curso y, amén de otros datos, consta allí una curiosa columna referida a la paginación actual de tales proyectos. Cada cierto tiempo abro, copio y pego, y actualizo los datos. Así, puedo saber que de la historia A tenía tantas páginas en diciembre, o confirmarme (ni falta, pero bueno) que la historia B parece estar definitivamente abandonada, dada la persistencia de sus guarismos de una tabla a otra. La última vez me permití el lujo (la ironía) de sumar las entradas de esta columna, y, como quien llevara la espinosa contabilidad de un ejercicio fiscal, anoté al término (en su casilla apropiada) el “haber” obtenido durante el último año de actividad literaria (menos mal que el “debe”, en estos asuntos, es una abstracción, por eso mismo ―viva la gramática― incontable).
A primera vista, los resultados de esta personal empresa no pueden ser más satisfactorios: pues, tras arduo cálculo, constaba que los ingresos ascendían nada menos que a unas quinientas páginas en poco más de un curso académico. Menos mal que no uso Excel, porque entonces (y me creo capaz) podría argumentar hermosos gráficos de producción definitivamente humillantes (quesitos porcentuales incluidos). El problema, de todos modos, existe, y en algún oscuro despacho mental encargado de la gestión administrativa de mis escasos dones, debería existir un minucioso informe al respecto. Se trata, digámoslo así, de una excesiva tendencia a disgregarme en demasiados frentes comerciales, a intervenir en demasiados mercados, con la consecuente minimización del hipotético beneficio: de qué sirven quinientas páginas si se dividen en la novela A (unas 150 páginas de enfermiza narración autodiegética), la novela B (30 páginas distópicas y sí, parece que definitivamente abandonadas), la novela C (30 de policiaco kafkiano resucitadas el otro día), las novelas D y E, respectivamente (casi 200 páginas de literatura juvenil-a-ver-si-lograba-jubilarme-con-los-miles-de-euros-del-premio-SM; no me llames iluso), o la última de mis obras maestras, la novela F (apenas 22 páginas todavía promisorias; pobrecitas…). En otras palabras, que falta optimizar. Porque, de seguir así, se corre un severo riesgo de quiebra técnica por acumulación de transacciones abiertas.
…Como a cualquier disco duro que se le busquen las cosquillas, claro.
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