27 sept 2008

Alien







Me lo tenía merecido. Le robo el estilo a J. para narrar la siguiente pesadilla:

Estoy en el instituto. Un compañero mío, que acaba de ser padre, tiene a su pequeño bebé (es diminuto, casi como un pajarillo) en el regazo, apoyado en una especie de estructura de madera. Yo lo admiro, le doy la enhorabuena. Entonces él me lo pasa (la estructura de madera, con niño y todo) para que yo lo acune y le haga carantoñas. En ello estoy cuando, de pronto, la criatura empieza a llorar desconsoladamente, se pone más y más roja de ira o dolor, no lo sé. Me giro hacia mi compañero y le pido ayuda, pero está atareado poniéndose el jersey (se ha liado con los brazos y las mangas) y no me hace caso; yo, desesperado, no puedo hacer otra cosa que volver a contemplar estupefacto y muy nervioso el dolor del bebé, que, de pronto, ante mis atónitos ojos, se transforma en una bola sanguinolenta (una especie de enorme lengua roja, que me recuerda a Alien) y, según entiendo, se ahoga allí mismo, en mi regazo, sin que yo me haya atrevido a hacer nada para ayudarlo. Cuando mi compañero termina de ponerse el jersey, descubre lo que ha pasado. No dice nada, pero su silencio es aún más sobrecogedor. Entonces descubro que otro compañero, muy amigo del primero, y que ha debido de contemplar toda la escena anterior, me mira con dureza. Me culpa, claro.


Yo me arrojo al suelo, lloro, mesándome (literalmente) los cabellos. Pido perdón, pero nadie dice nada. Ahí es cuando, sin venir a cuento (seguimos en el instituto), entra en la sala mi hermano, arrastrando el carricoche en el que viene mi pequeño sobrino. Y yo, entre lágrimas y alaridos, le ruego que no lo acerque a mí, por si acaso, porque a lo mejor también soy capaz de matarlo con solo mirarlo.



(Cuando ayer me incliné sobre la cuna de E., para hacerle la primera carantoña, recordé de cabo a rabo y en un segundo toda la pesadilla, que mi memoria había logrado sepultar hasta ese momento. Creí que me iba a dar algo. Quién me mandaba mezclar churras y merinas).

1 comentario:

Anónimo dijo...

Contadas a la luz del día, incluso las pesadillas más terroríficas resultan desternillantes :-)