24 sept 2008

El aprendizaje del tiempo











El sábado, apenas diez o quince minutos después del nacimiento de su hijo, mi hermano tuvo que sumergirse en algún oscuro sótano de Cabueñes para abrir la “historia” (literal) del bebé. Volvió al rato, con la misma sonrisa tonta aún en los labios, y blandiendo una serie de documentos en los que, entre otras cosas, descubrimos para nuestra sorpresa las huellas dactilares de mi pequeño sobrino (supusimos que correspondían al pie; sus minúsculos y arrugadísimos dedos no hubieran dejado sobre el papel más que un tenue e inútil borrón).

Resulta hermoso, a la par que turbador, toparse de pronto con semejantes recordatorios del carácter inexorablemente narrativo de la vida. Da igual que el trámite oficial se limitara a la apertura de un prosaico expediente médico; porque, en mayor o menor medida, todos los que nos encontrábamos allí éramos bien conscientes de estar asistiendo al acto inaugural (la frase primera, aún titubeante) de una nueva historia. De acuerdo: una historia que (como todas las buenas, en realidad) ya ha sido contada una y mil veces; pero no por ello resulta menos necesaria, o menos fascinante.


***

Recuerdo que leí La muerte en Venecia en un engañoso volumen que encontré por casa en el cual, sin que yo lo hubiera advertido en índices o contraportadas, se incluían a continuación de ése otros dos relatos de Mann (hay que ser panoli, cierto). Y sucedió así una noche que, mientras leía (inocentemente confiado en que la novela recorrería de cabo a rabo el libro entero que tenía entre manos), de pronto, al pasar una página cualquiera, me encontré de bruces con el final de la historia, que se me murió allí mismo, de súbita combustión interna, sin darme tiempo a prepararme para tan brusco deceso.

Fue una sorpresa cruel: porque si alguna certeza o consuelo nos ofrece la narrativa (al menos en su formato convencional) ésa es, sin duda, la de educarnos convenientemente para el fin; y no me refiero al valor estético de la clausura (condición necesaria para que un objeto temporal adquiera plenamente el estatuto de obra abarcable, y por tanto significante, y bla bla bla); me refiero al suave murmullo de inminencia que los libros (considerados en su pura fisicidad) suelen emitir cuando sus páginas últimas se adelgazan inexorablemente entre nuestros dedos, poniéndonos sobre aviso. No sé si es manía personal o compartida, pero suelo leer (aunque no fuera así a Mann, qué fallo) consultando siempre el número exacto de página en que dicha historia concluye, su fecha de caducidad, para saborear con plena consciencia su auge, su plenitud, sus estertores. Es la conciencia del final la que guía mi viaje por las letras: es ésa la lección, una y otra vez renovada, que me aguarda a su término. La narrativa (y eso ya lo he leído; en Eco, creo) no es más que un aprendizaje de la muerte. El aprendizaje del tiempo, como en el hermoso título de un libro de ensayos de Juan Miguel Company.

Lástima que la vida, como relato, sea tan maleducada como mi edición de La muerte en Venecia, y no suela malgastar energías en avisos o presagios. Y perdón si un acontecimiento tan feliz como el nacimiento de E. ha dado para reflexiones algo lúgubres. Está claro que, del par de adjetivos anteriores, me he quedado con lo sobrecogedor, y no con lo hermoso. Mañana seguimos.




1 comentario:

Shangri-la dijo...

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Un saludo.