A veces confío secretamente, para no abochornarme del todo, en que todo el mundo tenga su personal baraja de faltas ortográficas persistentes. Desde luego, en mi caso debiera ser profesional y académicamente intolerable cometerlas; deberían negarme algún trienio, hacerme una inspección, revocar alguno de mis esplendentes títulos.
Pero, hasta que ello suceda, nada mejor que la inmolación pública, humillante expiación de mis pecados lingüísticos. Dos ejemplos, y un regalo:
1. Exuberante. El otro día, repasando una vieja entrada del blog, me di cuenta de que había escrito “exhuberante”. Corrí de inmediato al DRAE electrónico, que confirmó mis peores sospechas. De vuelta al blog, y con no poca preocupación, revisé otras dos o tres entradas, y para mi desgracia (seguro que enrojecí de vergüenza) me lo volví a encontrar, así de ufano, al maldito adjetivo (que, para colmo, nunca me ha gustado mucho). Sé que podría ofrecer argumentos facilones en mi descargo: imagino que tengo tendencia a añadir esa “h” para evitar las implicaciones habituales de “ex” como prefijo que, antepuesto a un lexema, señala que estamos ante una condición ya no efectiva (como en “exmarido”), o indica exterioridad, ajenidad (así en “exhumar”). Pero eso mismo, en buena lógica, me obligaría a escribir “exhamen”, “exhequias”, etc, cosa que, por suerte, no hago. Así que no hay excusa (exhcusa).
2. Deber / deber de. Qué guerra me da, sobre todo en registro coloquial, esta molesta pareja de verbo (con sentido de obligatoriedad) y perífrasis (con sentido de posibilidad). Hablando cotidianamente, me cazo usándolo de manera indebida cada dos por tres. Como se ha convertido en obsesión, observo que es error común incluso en gente letrada, pero ello no me exime (exhime) ni me exculpa (exhculpa). Menos aún cuando, como también me ha sucedido en este blog (o en un cuento, hace nada), el error se pasa a la lengua escrita. Insufrible.
3. Pero, sin lugar a dudas, lo más peor (je je) fue un “satisfació” que, después de miles de correcciones y relecturas, descubrí que había estampado, con toda tranquilidad, en mi orgullosa tesis doctoral. Recuerdo que lo vi al día siguiente de pasar el tribunal, cuando la hojeaba preso de una severa inflación de ego. Y me dejó para el arrastre, claro.
Se admiten sugerencias, y enmiendas. Pero que nadie me venga con la supuesta agrafía de García Márquez, por favor; y no, en la tesis no podía tener en marcha el corrector de Word, porque igual se me volvía loco con tanto palabrerío semiótico y tanto nombre propio.
2 comentarios:
Hola,
Jajaja qué bueno lo de "satisfació".
Yo confieso, también, que tengo algunas cosillas molestas, de las que hasta se tiene conciencia del error, que tratas de corregir, pero que siguen apareciendo.
Me ha pasado alguna vez con "andaron". En esta me queda el consuelo del mal de muchos... porque es frecuente escucharla o leerla.
La entrada anterior del sobrino, esos parientes-humanoides, de los que servidor va sobrado, me ha recordado un par de pelis. Un día de estos las comentamos en una entrada y nos reímos un poco, ya verás.
Un saludo.
Yo seguro que tengo miles, por más cuidado que ponga, que lo pongo. Escribir sin que deslice de vez en cuando un error creo que es imposible; tal vez existan campeones de la ortografía que son capaces de escribir mucho sin errores, igual que los hay que hacen los 100 metros lisos en menos de 10 segundos.
Por otra parte, lo del "deber de" creo que en algún sitio he leído que está más o menos admitido su uso contrario a la norma culta y, como se ve, desfasada. Cualquier día de estos la academia aceptará "detrás mío", así que...
Por cierto, en el navegador de Internet también se puede poner corrector. El mío me subraya si escribo «exhuberante» :-)
Publicar un comentario