3 sept 2008

El largo adiós





Tras comenzar a hojear el otro día, de insomnio, El simple arte de escribir, una antología epistolar de Chandler (cosas de la Semana Negra), me había animado a hacerle un pequeño ciclo a este hombre, del que reconozco que sólo había leído hasta la fecha La dama del lago, y eso en clave puramente utilitaria, con el fin de compararla –fue en tiempos académicos- con su peculiar adaptación cinematográfica (uno de los más manidos y marcianos ejemplos de los manuales de narrativa fílmica, ya que toda ella está contada según la fatigosa retórica del plano subjetivo).

Dicho, aunque apenas hecho: cogí en el instituto El sueño eterno, descubrí Adiós, muñeca en la estantería, consulté la wikipedia, y puse emule a furrular para hacerme con otra copia (más decente que mi viejo VHS) de la versión de la primera (vaya póker, por cierto: Chandler, Hawks, Bogart y, para rematar, Faulkner de guionista); pero apenas había concluido The big sleep, cuando ya he tenido que hacer un paréntesis por culpa de unas compras de última hora, ayer, en el Corte Inglés.

Y es que allí estaba, en la montañita de novedades, Un hombre en la oscuridad, la última de Paul Auster. Alguno que me conoce sabe que, hará un par de años, entré en una absorbente fiebre austeriana, que me duró un par de meses. Algo había leído antes, pero cuando por culpa del premio Príncipe de Asturias las librerías gijonesas se inundaron de ediciones de bolsillo de su obra completa, sucumbí al encanto y leí sus novelas una tras otra, con un entusiasmo algo pueril y, sin duda, muy placentero. Hasta poco antes de eso, Auster era para mí el autor de El libro de las ilusiones, La noche del oráculo y no sé si ya Brooklyn Follies, novelas que, sin dejar de interesarme (especialmente la primera, por su capacidad para narrar en palabra hipotéticas imágenes cinematográficas, algo que siempre me ha hecho mucha gracia), desde luego no me habían suscitado verdadera admiración. Pero luego me puse con La trilogía de Nueva York, y entonces sí sentí que algo estaba pasando realmente entre aquel tipo y yo. Por eso a la altura de septiembre u octubre de 2006, cuando llegó a los estantes aquella inevitable marea de ediciones austerianas (quién se resiste al tacto y al precio de esos libritos de Anagrama), me convertí definitivamente al credo, y así pasé, con creciente felicidad, por las páginas de La música del azar, del Leviathan, del Palacio de la Luna, de una de mis favoritas, El país de las últimas cosas (a mí es que el morbo distópico me puede), de otras de las más entrañables, Mr. Vértigo o Tombuctú, y fui rematando como pude el ciclo con La invención de la soledad, Jugada de presión, o El cuaderno rojo (caí rendido hasta con la adaptación a novela gráfica de Ciudad de Cristal).

Hasta que, como en toda buena historia de amor (o era pura pasión sensual, mejor), la cosa llegó a su fin. La culpa tiene nombre y apellidos: Viajes por el scriptorium me pareció, básicamente, una paja mental, de nulo interés comparativamente hablando a excepción de cierto hilo narrativo que, ahora que me acuerdo, intenté plagiar sin éxito. Mis conclusiones provisionales sobre este tipo prolífico y exhuberante como pocos narradores contemporáneos (exhuberante su capacidad para contar y contar y no parar de contar, dios mío, qué arte) se vieron seriamente mermadas por esta última entrega, y por la vaga sensación de que todo lo que había escrito en el siglo XXI tenía muchísima menos fuerza que lo anterior; por eso, reconozco que cuando ayer pagué el peaje (diecisete eurillos, nada menos), todavía me parecía mejor idea seguir con Chandler y mandar al amigo Paul a paseo. Pero claro: la fidelidad es lo que tiene. Me pasa con pocos, pero cuando contraigo nupcias con algún escritor vivo (me ahorro la lista, pudorosamente), leo y compro lo que les dé la gana de escribir y vender sin apenas rechistar.

Este El hombre en la oscuridad me ha durado el día de hoy, nada más. Desde el autobús de la mañana hasta hace apenas media hora. No es ninguna machada: la novela es cortita, apenas doscientas páginas en cuerpo agradable. Es el relato de una sola noche, durante la cual el narrador, víctima acaso voluntaria del insomnio, se dedica en parte a imaginar historias, en parte a recordarlas. Como sucede con la historia de la expedición en Viajes por el scriptorium, o con la hammettiana historia de Flitzcraft en La noche del oráculo, o incluso con las películas imaginarias de El libro de las ilusiones, a mí lo que más me acaba gustando son precisamente esas historias secundarias (pero incomprensiblemente truncadas, o rematadas de mala manera) que los últimos personajes austerianos urden para entretenerse o defenderse de sí mismos (tanto da), porque me recuerdan al poderoso y efusivo narrador que tanto admiré en El país… o El palacio…; por el contrario, cada vez me interesan menos las propias historias aparentemente trágicas o terribles de esos mismos personajes, sus descorazonadoras “peripecias vitales”. En este caso hay melodrama triple, uno por generación: el del narrador, el de su hija, el de su nieta. Matrimonios rotos, infidelidades, divorcios, accidentes, muertes imprevistas…: no sé, el repertorio parezme un poco ya de culebrón, como en Brooklyn Follies. Cuánto más me hubiera gustado leer, sencillamente, la novela imaginada por el narrador (con su jugoso aprovechamiento del concepto de los mundos paralelos) y no la novela real escrita por Auster. La primera me intriga y me conmueve; la segunda me deja, una vez más, indiferente.


De haber algo de verdad en todo esto (pero ya he aprendido a desconfiar de mis juicios exprés, claro) el asunto tendría aires de verdadera paradoja, digna del propio (y mejor, y anterior) Auster: la historia de un escritor cuyos narradores imaginarios resultan, a su pesar o no, mucho más fascinantes que él mismo.

Vaya, que me vuelvo a Chandler. Con la sensación (por lo que respecta a Auster) de que estoy enfrascado en una larga despedida de un viejo amigo, la cual, a pesar de su arrobadora nostalgia, ya dura demasiado.




1 comentario:

Xandru Fernández dijo...

Precisamente tuvi "a estes" de compralu esta tarde en Paradiso, pero por dalguna razón desde "Brooklyn Follies" ando roceanu con Auster. Pero siempre nos quedará "El palacio de la luna"...