9 sept 2008

la tiranía de la opinión



Lo malo de que a uno le hagan preguntas (por bien pensadas o intencionadas que sean) es que, por lo general, ese uno que soy yo (mea culpa) tiene tendencia a responderlas. Pero, cuando luego se repasa ese acto casi irracional del discurso improvisado (y van dos veces, este verano; la otra aún no la he visto), resulta fácil descubrir el bosquejo de una interesante falacia (“engaño, fraude o mentira”: DRAE) que acaso nos gobierne mucho más de lo que creíamos: la impostura (“fingimiento o engaño con apariencia de verdad”) de poseer una opinión, redonda, completita, al respecto de cualquier cosa que pueda ser preguntada.

Incluso cuando la respuesta se pretende evasiva, o directamente negativa (del bartlebyano tipo “preferiría no responder a esto o lo otro o lo de más allá”), suele ser leída como una toma implícita de postura, un difuso (pero innegable) gesto de la opinión, e interpretada como tal. Resulta curioso que, por lo general, cuando uno intenta zafarse de ciertas preguntas con semejantes argumentos, sus titubeantes negativas acaben adquiriendo, contra lo esperado (para el interrogador, al menos) una suerte de transitoria legitimidad como réplicas lingüísticamente pertinentes.

Ni siquiera basta el silencio: no sólo lo impide la buena educación (o la verborrea, según) sino la pragmática. Porque la ausencia de respuesta (y esto es especialmente efectivo en la retórica amorosa) siempre provoca la tentación de inferir alguna otra forma posible (esquiva, sutil) de respuesta cuyo significante se nos ha hurtado por misteriosas razones. Tal es la turbadora poética del vacío.

Quizá ello es así porque, de lo contrario, tendríamos que empezar a tomarnos muy en serio otra hipótesis en absoluto tranquilizadora: la posibilidad de que muchas veces no tenemos ni idea de qué pensamos, realmente, al respecto de las cosas de la vida; la posibilidad de que nuestro querido tejido intelectual esté lleno de agujeros, desgarrones, sietes. De que nuestra “personalidad” (aquello que se manifiesta, en parte, a través de nuestra particular baraja de opiniones) no sea sino una máscara sonriente que a duras penas oculta el desolador vacío que hay tras ella.

No sé.

1 comentario:

Lydia dijo...

Veo que has leido ultimamente bastantes Camilleris. Montalbano me encanta, como personaje y disfruto mucho leyendo las novelas de este comisario que tiene muy mal caracter y seguramente me gusta por esto. Él si que tiene opiniones claras en un mundo de falsedades y de hipocresias. De ahí que lo encuentre encantador. (Has visto las peliculas? Estan muy bien hechas.) Pero a la vez este comisario sigue buscando, indagando,( es un comisario despues de todo y un buen comisario), nada es claro y la busqueda siempre lo lleva al vacio, pero al vacio de los otros. Que es tambien el vacio de Todo.

Yo solo sé, humildemente, que hay que tener opiniones. Y hay que vivirlas.Y hay que asumirlas. Pero tambien sé que todo esto es ilusorio y que lo que cuenta, lo que realmente es cierto es el silencio.

Un saludo y felicitaciones por el premio.