(Del lat. invidĭa).
1. f. Tristeza o pesar del bien ajeno.
2. f. Emulación, deseo de algo que no se posee.
Sí aceptamos de principio que la envidia se cobije, puestos a buscarle su sitio en el mapa de los sentimientos, bajo las formas aparentes de la tristeza o el pesar, cabría refutar que su causa u origen sea el bien ajeno, cuando más bien lo parece la lacerante constatación de la ausencia, en nuestro equipaje de suertes y destinos, de unos bienes o dones parejos (o mínimamente equivalentes) a los que descubrimos en el otro. La envidia brota, así, tras la ejecución de una fallida regla de tres que deviene interrogante metafísico: si a fulano o a mengano le corresponde tal bien, ¿por qué a mí, en lo que debiera ser justa correspondencia, no?
1. f. Tristeza o pesar del bien ajeno.
2. f. Emulación, deseo de algo que no se posee.
Sí aceptamos de principio que la envidia se cobije, puestos a buscarle su sitio en el mapa de los sentimientos, bajo las formas aparentes de la tristeza o el pesar, cabría refutar que su causa u origen sea el bien ajeno, cuando más bien lo parece la lacerante constatación de la ausencia, en nuestro equipaje de suertes y destinos, de unos bienes o dones parejos (o mínimamente equivalentes) a los que descubrimos en el otro. La envidia brota, así, tras la ejecución de una fallida regla de tres que deviene interrogante metafísico: si a fulano o a mengano le corresponde tal bien, ¿por qué a mí, en lo que debiera ser justa correspondencia, no?
El problema radica, precisamente, en la irracional gestación, por parte del envidioso, de esa supuesta lógica de la “justa correspondencia”, para cuyo injusto colapso (cuando debería haber prevalecido), y por más que se devane (y entonces el pesar muta fácilmente en resentimiento), no se encuentra explicación satisfactoria alguna. Raramente ponderará un envidioso el falaz apriorismo que supone sustentar la creencia en este aparatoso engaño: será su prisionero, su víctima, pero nunca su acusador.
Pero cuánto más interesante que explicar su mecánica (sencilla, al cabo) sería explorar la genealogía de esta ficticia ley de las inmerecidas correspondencias. Cómo llega a gestarse, de qué se alimenta y sobrevive, cómo perdura. Cuál es su trabazón genética: cuándo emerge, en la historia posible de un individuo; a qué mixtificaciones de la personalidad o la conducta da lugar; en qué medida entorpece o constriñe el desarrollo sincero y libre de quien la sufre, silenciosa o estrepitosamente. Cuanto más interesante, sí; pero esa historia sólo la sabe quien la habita, y es probable que su único protagonista nunca sea capaz (o, en todo caso, se tome la molestia) siquiera de vislumbrarla como tal.
La voz popular propone segmentar el abanico de la envidia según una dicotomía dudosa: la sana, exenta al parecer de malicia y exultante, en cambio, de buena voluntad hacia el ajeno que disfruta de esos bienes o dones cuya añoranza resultaría, a pesar de todo, benigna; y la malsana, o quizá insana (en acepción anglicista): la que corroe y devora, como cualquier baja pasión, los cimientos del alma; la verdaderamente nociva o maligna, por darle su merecido apellido de tumor. Pero más allá de su valor terapéutico (cuánto más reconfortante es admitir y adscribirse a la primera que declararse poseído por la segunda), esta pulcra antítesis invita, como casi todas, a la sospecha.
Por otra parte, hay algo fascinante en la segunda acepción: será esa coma, y el puente lógico que traza entre la emulación (el “deseo intenso de imitar e incluso superar las acciones ajenas”) y el “deseo de algo que no se posee”. Bien podría entenderse que lo segundo, el descorazonador apetito de lo envidiado, también conduce a serios y solemnes esfuerzos (“imitar, incluso superar”) cuya espuria motivación no debiera ensombrecer, al menos no del todo, sus hipotéticos logros.
Quizá tampoco sana, pero al menos constructiva, la envidia así entendida (aunque sea en forma de discutible afán) recuperaría al menos una cierta dignidad, en forma de nueva regla de tres ahora proyectada con algo de optimismo hacia el porvenir: ¿Si fulano o mengano han logrado X, por qué no podría yo lograr Y?
Esforzarse en mantener la fórmula en su estadio interrogante (en vez de demorarse vanamente en despejar una y otra vez la incógnita) es, por cierto, condición fundamental para la supervivencia de dicho optimismo.
1 comentario:
Hola,
Anda que no es pequeña ni nada la Interné para terminar desembocando en este lugar. Puro determinismo tecnológico, distopía barata, oiga.
Heme aquí, fantasmático, cuan revenant trompetil, removiendo tripas y recuerdos a la manera de un plato combinado del Cuchus que, ríete tú, de la magdalena, la Cueto y la proustiana.
«La vida es lo que sucede de puertas para adentro de nuestra conciencia» ¡Recristo!, qué grande eres, ni el mismísimo Trompeta después de un seminario lacaniano hubiera tenido semejante capacidad de síntesis. Lo suscribo.
¡Un abrazo enorme!, me alegro de encontrarte de nuevo y de suerte (estaba googleando en busca de porno gratuito y acabé aquí, fíjate), porque perdí la base de datos de mi vida social en un crash informático.
Si te apetece contarme algún día algo, por aquí andaré.
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