
Aunque por dos veces interrumpido por sendas lecturas de Sciascia (El caballero y la muerte y El día de la lechuza), a quien tenía gana de echarle un ojo desde mi veraniega pesquisa siciliana, el ciclo Raymond Chandler progresa, como dirían los pedagogos de antaño, adecuadamente. Después de El sueño eterno, y Adiós muñeca, el otro día terminé El largo adiós; ayer mismo empecé otra vez con La dama del lago, y rematé en el bus las últimas páginas de El simple arte de escribir, la última edición castellana de su epistolario (traducido como tal en cita evidente de El simple arte de matar, un conocido ensayo chandleriano sobre el género policiaco que me llegará un día de estos por correo, gracias a Iberlibro).
Lo cierto es que nunca he sido fan declarado del género negro, y debo reconocer que tengo tendencia a realizar de él una lectura casi exclusivamente simbólica, a medias mítica (por aquello de Teseo y el laberinto) y a medias kafkiana (el Kafka tanto de El proceso como El castillo, se entiende). Por eso suelen dejarme profundamente indiferente los juicios relativos a la supuesta dimensión de crítica social o de denuncia del género, que con no poca frecuencia se le endosan a clásicos como Chandler. A mí, qué le voy a hacer, me fascina mucho más la dimensión metafórica de los desasosegantes periplos epistemológicos de Marlowe (qué gran tipo) que toda la capacidad de Chandler para “retratar” (ay ay) la sociedad americana contemporánea, sus contradicciones, sus turbios ambientes… Evidentemente se trata un proceso simultáneo, o al menos paralelo, en el decurso narrativo, pero yo me quedo siempre del mismo lado: en las piruetas interminables de estos renovados Joseph K., cuyo aparente éxito final me parece, simplemente, eso: gestos aparentes, meras figuras del texto, nunca un verdadero logro de la lógica o la razón sino, como mucho, de la pura intuición, caprichosamente subjetiva (véase si no Adiós, muñeca, verdadero monumento a la impertinencia cartesiana).
Ahí reside quizá una de las grandes diferencias con los superdetectives clásicos tipo Holmes o Poirot: que, en último término, Marlowe siempre dé la sensación de resolver sus casos casi a pesar suyo; y más aún, que al lector que lo ha acompañado hasta ese clímax (al menos al lector que soy yo), le acabe importando un pimiento la verdadera trabazón causal y actancial de los acontecimientos, perdido (felizmente) como se encuentra en una trama cuyos envolventes espirales y bifurcaciones ha dejado de perseguir hace ya tiempo. No conozco bien (me la contó Javier R.) una legendaria anécdota que circula a propósito de El sueño eterno, pero diría más o menos así: cuando Hawks estaba filmando su adaptación, le habría remitido a Chandler una carta pidiéndole una aclaración sobre cierto punto oscuro de la historia en el que tanto él como los guionistas se habrían atascado; pero cuál no fue su sorpresa cuando el novelista repuso, lacónico, que ni él mismo tenía la más remota idea de cómo resolverlo.
Sea cierta (y si alguien la sabe mejor, que me la cuente) o sea pura leyenda urbana, tanto da. Es verdadera, al menos en esencia. De hecho, viendo la película (hace ya tiempo) recuerdo no haber sentido sino una exasperante, dulzona confusión, amañada en la superficie del relato por un formidable esfuerzo retórico (narrativo, escenográfico) que se imponía a cualquier lógica narrativa con toda la fuerza y la autosuficiencia de un fenomenal espectáculo de fuegos de artificio.
(Y, por cierto, recuerdo haber tenido una conversación al respecto, cualquier crepúsculo vallisoletano, con mi querido compañero Roberto A., a quien, gracias al azar de este blog, he recuperado tras cinco años de mutuo silencio. Por ahí a la izquierda queda el enlace a sus delirantes, pero siempre lúcidas, pesquisas cinematográficas.)
En fin. En realidad, hoy me había propuesto iniciar una antología de sentencias chandlerianas a partir del epistolario (el hombre daría para todo un blog), y al final me he quedado aquí, constatando evidencias, que es lo que mejor se me da. A eso los pedagogos de los ochenta le habrían puesto otro eufemismo: "necesita mejorar".
Lo cierto es que nunca he sido fan declarado del género negro, y debo reconocer que tengo tendencia a realizar de él una lectura casi exclusivamente simbólica, a medias mítica (por aquello de Teseo y el laberinto) y a medias kafkiana (el Kafka tanto de El proceso como El castillo, se entiende). Por eso suelen dejarme profundamente indiferente los juicios relativos a la supuesta dimensión de crítica social o de denuncia del género, que con no poca frecuencia se le endosan a clásicos como Chandler. A mí, qué le voy a hacer, me fascina mucho más la dimensión metafórica de los desasosegantes periplos epistemológicos de Marlowe (qué gran tipo) que toda la capacidad de Chandler para “retratar” (ay ay) la sociedad americana contemporánea, sus contradicciones, sus turbios ambientes… Evidentemente se trata un proceso simultáneo, o al menos paralelo, en el decurso narrativo, pero yo me quedo siempre del mismo lado: en las piruetas interminables de estos renovados Joseph K., cuyo aparente éxito final me parece, simplemente, eso: gestos aparentes, meras figuras del texto, nunca un verdadero logro de la lógica o la razón sino, como mucho, de la pura intuición, caprichosamente subjetiva (véase si no Adiós, muñeca, verdadero monumento a la impertinencia cartesiana).
Ahí reside quizá una de las grandes diferencias con los superdetectives clásicos tipo Holmes o Poirot: que, en último término, Marlowe siempre dé la sensación de resolver sus casos casi a pesar suyo; y más aún, que al lector que lo ha acompañado hasta ese clímax (al menos al lector que soy yo), le acabe importando un pimiento la verdadera trabazón causal y actancial de los acontecimientos, perdido (felizmente) como se encuentra en una trama cuyos envolventes espirales y bifurcaciones ha dejado de perseguir hace ya tiempo. No conozco bien (me la contó Javier R.) una legendaria anécdota que circula a propósito de El sueño eterno, pero diría más o menos así: cuando Hawks estaba filmando su adaptación, le habría remitido a Chandler una carta pidiéndole una aclaración sobre cierto punto oscuro de la historia en el que tanto él como los guionistas se habrían atascado; pero cuál no fue su sorpresa cuando el novelista repuso, lacónico, que ni él mismo tenía la más remota idea de cómo resolverlo.
Sea cierta (y si alguien la sabe mejor, que me la cuente) o sea pura leyenda urbana, tanto da. Es verdadera, al menos en esencia. De hecho, viendo la película (hace ya tiempo) recuerdo no haber sentido sino una exasperante, dulzona confusión, amañada en la superficie del relato por un formidable esfuerzo retórico (narrativo, escenográfico) que se imponía a cualquier lógica narrativa con toda la fuerza y la autosuficiencia de un fenomenal espectáculo de fuegos de artificio.
(Y, por cierto, recuerdo haber tenido una conversación al respecto, cualquier crepúsculo vallisoletano, con mi querido compañero Roberto A., a quien, gracias al azar de este blog, he recuperado tras cinco años de mutuo silencio. Por ahí a la izquierda queda el enlace a sus delirantes, pero siempre lúcidas, pesquisas cinematográficas.)
En fin. En realidad, hoy me había propuesto iniciar una antología de sentencias chandlerianas a partir del epistolario (el hombre daría para todo un blog), y al final me he quedado aquí, constatando evidencias, que es lo que mejor se me da. A eso los pedagogos de los ochenta le habrían puesto otro eufemismo: "necesita mejorar".
No te jode. Y quién no.
2 comentarios:
Chandler hizo de guionista para Hitchcock en "Extraños en un tren". A Hitchcock no le gustó su trabajo (de hecho, lo sustituyó por Czenzi Ormonde) y parece ser que no acabaron muy bien las cosas entre ellos. Bueno. Años después, Chandler cena una noche en un restaurante de La Jolla. Después de cenar, empieza a sentirse mal. Al poco tiempo muere. Síntomas evidentes de envenenamiento.
Aquella misma noche, en el mismo restaurante de La Jolla, había cenado también Hitchcock. ¿Venganza?
Hola,
Lo del anecdotario hawksiano da para largo; eran todos unos mentirosos de narices y si a eso le unimos que ese tipo de chismes ha sido el material perfecto para la literatura oral cinéfila-tomatera, casi todos acaban más cerca del print the legend que de otra cosa.
Te dejo anclaje, delirante, faltaría más:
"Cuando el director Howard Hwaks filmó esta escena [la muerte del chófer de los Sternwood] de The Big Sleep, hacia fines de 1940, en Burbank, territorio de los hermanos Warner, surgió la pregunta acerca del culpable de la muerte del hombre. Hawks dio un nombre; Humphrey Bogart, que representaba al detective privado, apostó por otro. Durante algún tiempo se discutió la posibilidad de que Owen Taylor se hubiera suicidado. Sólo William Faulkner, coautor del guión se negó a participar en tales especulaciones.
Para acabar con las conjeturas, Hawks decidió mandar un telegrama a Raymond Chandler (sobre cuyo costo de 70 centavos se burlaría más tarde el jefe del estudio, Jack L. Warner). Como autor de la novela que iba a ser filmada, él debía tener la respuesta. Chandler hojeó un poco en su libro y luego dijo: "Maldición, yo mismo no lo sé" (Chandler en una carta a su editor londinense. En: Chandler, Raymond: Die simple Kunst des Mordes, Zurich, 1975, pág. 279) ¿Qué otra cosa queda cuando el autor no tiene la menor idea? A Howard Hawks le dio igual..."
Faulstich, Werner y Korte, Helmut: Cien años de Cine: 1945-1960, hacia una búsqueda de los valores. Siglo XXI, Madrid, 1995, pp. 65-66.
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The classic story that Hawks always told, with slight variations, was that Bogart asked him who was supposed to have killed Owen Taylor (Leigh Brackett claimed that it was she whom Bogart initially asked). Hawks admitted that he had no idea, and when Faulkner and Brackett confessed that they couldn't figure it out either, the director wired Chandler, who responded; "I don't know." (Jack Warner supposedly later complained about the needless expense of seventy cents for this "silly" telegram)
Despite that, in their first-draft screenplay, Faulkner and Brackett explicity answered the question by fleshing out a scene of Chandler's in which the detective discusses the case to date with the district attorney. In it Marlowe surmises: "So Taylor killed Geiger because he was in love with the Sternwood girl. And Brody followed Taylor, sapped him and took the photographs and pushed Taylor into the ocean. And the punk [Lundgren] killed Brody because the punk thought he should have inherited Geiger's business and Brody was throwing him out.".
McCarthy, Todd: Howard Hawks: The Grey Fox of Hollywood. Grove Press, New York, 2000, pág. 382.
Un abrazo.
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