
En líneas generales, el universo lírico del pop-rock siempre ha estado amenazado por los facilones riesgos de la mediocridad, la candidez, la inocencia o la declarada puerilidad (lo bueno del ensayo siempre ha sido eso que reiteran los libros de texto de “la tesis sin la prueba”, lo que le permite a uno comenzar con semejantes burradas; sigo). Incluso al letrista más esforzado se le escapa de vez en cuando un “I love you so”, un “I miss you so much”, un desgarrado “yeah” o un aterrador “baby”; por no hablar de los letristas castellanos, esa larga estirpe de domingueros que, en cuanto les sacan del monosílabo o de las agudas, no saben rimar tres versos seguidos…
De todos modos, eso es algo que nunca me ha preocupado mucho. Por un lado, siempre he escuchado, sobre todo, música en inglés, ahorrándome con ello insufribles tráfagos generacionales (yo qué sé: El último de la fila, Revólver y, por supuesto, el maldito Sabina, esas cosas que tanto les gustaban a mis amigos…). Por otro, mi natural tendencia al formalismo nunca me dejó concederle excesiva importancia a lo que dijera un cantante si la manera de decirlo (tono, melodía, coros…) me parecía suficientemente bella, evocadora o efectiva en términos estrictamente musicales. Me contentaba con las vagas sugerencias que creía atisbar en un título, en alguna frase captada al vuelo, y poco más.
Cuando, a mediados de los noventa, algunos grupos locales ―y me incluyo modestamente en el fregao― tuvieron que justificar (porque tuvieron que hacerlo, una y otra vez) su unánime opción por el inglés como lengua musical, este argumento formalista (“la voz es sólo otro instrumento más”) fue quizá el más socorrido, amén del genealógico (“siempre hemos escuchado música en inglés y, por tanto, ahora nosotros cantamos en inglés”). Yo tengo la impresión (y/o el recuerdo) de que la mayoría de aquellos grupos se tomaba poca o ninguna molestia en escribir textos para los temas, y no solían pasar del título o el estribillo a no ser que la inminente grabación de un disco los obligara a garabatear dos o tres estrofas en su maltrecho inglés-de-BUP (y ni siquiera siempre fue así). Mientras tanto, en el local de ensayo o en las tarimas de los bares se limitaban a articular el “guachu guachu”, una lengua adánica que podría definirse como una versión ruidista y asemántica del inglés, al que se parecía tanto como el parloteo de un loro al discurso articulado.
En mi opinión, no hay nada reprochable en semejante actitud, que en cierto modo se limitaba a reproducir la situación mental de cualquier oyente medio (de ayer y hoy) de música anglófona: esto es, aquel que apenas entiende dos o tres frases de todo un tema, pero al que le importa un rábano no hacerlo, subyugado como se siente por la fuerza melódica de la canción. ¿Quién, realmente, amén de unos pocos y esforzados intelectuales, sabe de qué demonios hablan “Yesterday”, “Satisfaction”, “We will rock you”, “Money for nothing” et. al.? De hecho, ¿hasta qué punto estas u otras canciones habrían sido tan admiradas fuera del mundo anglófono si hubieran sido comprendidas con la misma inmediatez que un texto de Los Manolos, Loquillo, o Los Rebeldes? En mi modesto sentir cabe, cuando menos, dudarlo.
Cantar en falso inglés era, en resumidas, una consecuencia lógica de toda una vida oyendo falsamente el inglés, idioma que entonces se convertía en una extraña amalgama de significantes sin significado, de signos cuya denotación había sido devorada por una anárquica y subjetiva, caprichosa e ignorante, connotación. Por eso, ahora que vuelvo a tener iPod, cuando de pronto una melodía cualquiera de Radiohead, The Posies o The long Winters (en cita estricta de lo que ahora mismo campa por mis infrausados cuatro gigas) se cuela por encima de la producción para hacerse frase, y brillar con rotunda claridad (será esto de ver tantas series subtituladas, que me está ablandando el oído), esto es, cuando de pronto la escucho (“prestar atención a lo que se oye”) en vez de, simplemente, oírla (“percibir sonidos con el oído”), vuelve a sorprenderme esa curiosa amalgama de inteligencia y puerilidad, ternura y torpeza, acierto y fracaso que suele manifestarse en el universo verbal del pop-rock.
Pongo solo un ejemplo, que se me hace tarde: A una hermosa canción de The long winters que arranca con una frase tan lúcida, a mi juicio ―por adulta e irónica―, como “We could have a baby to keep us awake”, luego, cuando llega el estribillo, sólo se le ocurre retirar algo tan manoseado como “I wanna be with you all the time”. Buff, y bluff, y uff.
Menos mal que, de lo demás, apenas pillo dos o tres sintagmas, y que hasta el título (¿¿¿“Medicine cabinet pirates”???) me parece un enigma que ni El código da Vinci, oiga. Porque así puedo seguir disfrutando de mi amada música guachu guachu, puedo olvidarme de intentar comprender, y dejarme sólo sentir. Que es lo que me interesa, y me importa.
De todos modos, eso es algo que nunca me ha preocupado mucho. Por un lado, siempre he escuchado, sobre todo, música en inglés, ahorrándome con ello insufribles tráfagos generacionales (yo qué sé: El último de la fila, Revólver y, por supuesto, el maldito Sabina, esas cosas que tanto les gustaban a mis amigos…). Por otro, mi natural tendencia al formalismo nunca me dejó concederle excesiva importancia a lo que dijera un cantante si la manera de decirlo (tono, melodía, coros…) me parecía suficientemente bella, evocadora o efectiva en términos estrictamente musicales. Me contentaba con las vagas sugerencias que creía atisbar en un título, en alguna frase captada al vuelo, y poco más.
Cuando, a mediados de los noventa, algunos grupos locales ―y me incluyo modestamente en el fregao― tuvieron que justificar (porque tuvieron que hacerlo, una y otra vez) su unánime opción por el inglés como lengua musical, este argumento formalista (“la voz es sólo otro instrumento más”) fue quizá el más socorrido, amén del genealógico (“siempre hemos escuchado música en inglés y, por tanto, ahora nosotros cantamos en inglés”). Yo tengo la impresión (y/o el recuerdo) de que la mayoría de aquellos grupos se tomaba poca o ninguna molestia en escribir textos para los temas, y no solían pasar del título o el estribillo a no ser que la inminente grabación de un disco los obligara a garabatear dos o tres estrofas en su maltrecho inglés-de-BUP (y ni siquiera siempre fue así). Mientras tanto, en el local de ensayo o en las tarimas de los bares se limitaban a articular el “guachu guachu”, una lengua adánica que podría definirse como una versión ruidista y asemántica del inglés, al que se parecía tanto como el parloteo de un loro al discurso articulado.
En mi opinión, no hay nada reprochable en semejante actitud, que en cierto modo se limitaba a reproducir la situación mental de cualquier oyente medio (de ayer y hoy) de música anglófona: esto es, aquel que apenas entiende dos o tres frases de todo un tema, pero al que le importa un rábano no hacerlo, subyugado como se siente por la fuerza melódica de la canción. ¿Quién, realmente, amén de unos pocos y esforzados intelectuales, sabe de qué demonios hablan “Yesterday”, “Satisfaction”, “We will rock you”, “Money for nothing” et. al.? De hecho, ¿hasta qué punto estas u otras canciones habrían sido tan admiradas fuera del mundo anglófono si hubieran sido comprendidas con la misma inmediatez que un texto de Los Manolos, Loquillo, o Los Rebeldes? En mi modesto sentir cabe, cuando menos, dudarlo.
Cantar en falso inglés era, en resumidas, una consecuencia lógica de toda una vida oyendo falsamente el inglés, idioma que entonces se convertía en una extraña amalgama de significantes sin significado, de signos cuya denotación había sido devorada por una anárquica y subjetiva, caprichosa e ignorante, connotación. Por eso, ahora que vuelvo a tener iPod, cuando de pronto una melodía cualquiera de Radiohead, The Posies o The long Winters (en cita estricta de lo que ahora mismo campa por mis infrausados cuatro gigas) se cuela por encima de la producción para hacerse frase, y brillar con rotunda claridad (será esto de ver tantas series subtituladas, que me está ablandando el oído), esto es, cuando de pronto la escucho (“prestar atención a lo que se oye”) en vez de, simplemente, oírla (“percibir sonidos con el oído”), vuelve a sorprenderme esa curiosa amalgama de inteligencia y puerilidad, ternura y torpeza, acierto y fracaso que suele manifestarse en el universo verbal del pop-rock.
Pongo solo un ejemplo, que se me hace tarde: A una hermosa canción de The long winters que arranca con una frase tan lúcida, a mi juicio ―por adulta e irónica―, como “We could have a baby to keep us awake”, luego, cuando llega el estribillo, sólo se le ocurre retirar algo tan manoseado como “I wanna be with you all the time”. Buff, y bluff, y uff.
Menos mal que, de lo demás, apenas pillo dos o tres sintagmas, y que hasta el título (¿¿¿“Medicine cabinet pirates”???) me parece un enigma que ni El código da Vinci, oiga. Porque así puedo seguir disfrutando de mi amada música guachu guachu, puedo olvidarme de intentar comprender, y dejarme sólo sentir. Que es lo que me interesa, y me importa.
5 comentarios:
Qué tal!
un par de cosas:
* En relación a un post tuyo reciente sobre erratas, en este se te cuela otra: "hablandando" que yo sepa no existe (será esto de ver tantas series subtituladas, que me está hablandando el oído")
* Estoy contigo en lo del inglés de guachu guachu: de hecho en gran medida la historia de la música pop rock nace de la onomatopeya, más allá del texto elaborado (sería cosa posterior, más cercana al folk, la canción protesta o posteriores desvaríos psicodélicos): en sus inicios se canta a la sencillez cotidiana de la vida adolescentes (chicas, coches, viernes noches...), e incluso, como decía, la letra es pura onomatopeya (el awambabulula richarsiano, el bebapulula vincentiano y otros mil): y pese a todo consigue trasmitir cosas, y algo nacido en el sur de los Estados Unidos o en los barrios de Chicago consigue atrapar de tal manera a un joven de cualquier lugar del mundo hasta el punto de buscar expresar sus sentimientos imitando un idioma que no alcanza a comprender del todo.
Un saludo!
Gracias por la correción (ya incluida) y la cortesía de denominarlo "errata", pues de eso tiene que tratarse forzosamente (nunca he tenido problema con el "ablandar", sólo faltaba; aunque todo se andará...).
Lo de la onomatopeya me ha recordado, por cierto, unas viejas declaraciones de Fran (Australian Blonde, hoy Nixon) que usó esa expresión exacta a propósito de uno de los "himnos" del Xixón Sound, su "Chup Chup". Un solo ejemplo más a los que aportas.
Saludos, anónimo!
...y ahora voy y dejo "correción"... No, si tengo la negra. Menudo zarpas estoy hecho (echo).
Mientras empezaba a leerte, en mis cascos sonaba Manolo García porque hacía mucho que no lo escuchaba y hoy caí en la cuenta de que había olvidado uno de sus versos fulgurantes que, para mí, escapan totalmente de la mediocridad, la candidez y todas esas cosas. Suponía que no te gustaría y en el segundo párrafo lo vi confirmado. Sabina es otro que me parece que tiene letras de una calidad enorme. Lo que no quiere decir que me guste todo de ninguno de ellos. Así que dejo aquí amigablemente constancia de mi discrepancia :-)
Por otra parte, yo sé de qué hablan todas esas canciones famosas en inglés que citas, aunque estoy de acuerdo en considerarme un falso oyente inglés y en que si muchas canciones en inglés estuvieran en español, igual no me hubieran gustado. No entender del todo es una de las gracias de la poesía. (Pero, claro, las letras de canciones tampoco son poesía, como apuntas en el texto.)
Por último, yo siempre he estado en contra del música en inglés hecha en España: la única posibilidad de hacer algo de valor es, precisamente, hacer algo distinto, luchar contra la dificultad de encajar un idioma y una música que no nacieron juntas. Por eso Marienbad me gusta más que Tommy Crimes :-)
me encantò eso del guachu guachu !
cuando visitè E.U.A.por primera vez, eso fue lo qu escuchaba po odos lados. es bueno sentirme identificada
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