7 oct 2008

enmienda



El otro día cité de memoria este texto de Umberto Eco, que acabo de encontrarme por casualidad en un viejo documento:


La dolorosa maravilla que nos procura cada relectura de los grandes trágicos es que sus héroes, que podrían haber escapado de un destino atroz, por debilidad o ceguera no entienden a qué salen al encuentro, y caen en el abismo que han cavado con sus propias manos. […] Esto es lo que nos dicen todas las grandes historias, si acaso sustituyendo el sino a Dios, o las leyes inexorables de la vida. La función de los relatos “inmodificables” es precisamente ésta: contra cualquier deseo nuestro de cambiar el destino, nos hacen tocar con nuestras propias manos la imposibilidad de cambiarlo. Y al hacerlo, nos cuenten lo que nos cuenten, cuentan también nuestra historia, y por eso los leemos y los amamos. Necesitamos esa severa lección “represiva”. La narrativa hipertextual puede educarnos a ser libres y creativos. Está bien, pero no lo es todo. Los relatos “ya hechos” nos enseñan también a morir.
Creo que esa educación al Sino y a la muerte es una de las funciones principales de la literatura.


Umberto Eco, “Sobre algunas funciones de la literatura”. En: Sobre literatura.
Barcelona, RqueR editorial, 2002. (p. 22-23)



Y de regalo, otro de similar tono que también debía de tener en mente:


Es el propio discurrir pautado, monótono e implacable de las imágenes cinematográficas el que confiere a nuestra experiencia del relato fílmico toda su densidad; lo que elimina todo consuelo fácil, mostrando cómo el deslizarse hacia el final de la narración escapa a nuestro control, pese a que el vídeo, esa triste experiencia subrogada y solitaria, nos haya entregado recientemente —sino de los tiempos— un simulacro de control sobre el encadenamiento del pasado y el futuro. En el cine, como en ningún otro arte, lo que se nos ofrece es una experiencia desnuda y directa de la urdimbre básica de todo relato: el tiempo y sus caminos oscuros.



Santos Zunzunegui, “Memoria y deseo”, prólogo a Juan Miguel Company,
El aprendizaje del tiempo. Valencia, Episteme, 1995. (p. 10).


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