[Continúa]
La segunda sección del ensayo de Bayard está dedicada a ilustrar diversas “situaciones de discurso” en principio “penosas” en las que un no lector se puede enfrentar al hecho de tener que hablar de sus no lecturas; siguiendo el método ejemplar de capítulos anteriores, Bayard acude a la cómica escena de El tercer hombre de Graham Greene (LE, ++; habría que ir pensando en enmendar la plana a Bayard introduciendo la categoría LC, esto es, libro comprado, como un tipo específico de no lectura que resuelve la angustia clásica de los LD o los LO por su específica orientación al futuro, espacio conjetural en el que todavía cabe la posibilidad de convertirlo en LH; amén del LOC, claro, para el caso de libros evocados cinematográficamente, categoría nada desdeñable) …en la que el protagonista, escritor de novelas del oeste, es confundido con otro autor digamos “serio”, dando lugar a un verdadero “diálogo de sordos” o, diríamos aquí, “de besugos” (Bayard autocita aquí un cierto Enquête sur Hamlet suyo que no duda en calificar -tiene gracia, este hombre- de LO -, y que yo dejaría en cambio en LD +). Todo lo cual le sirve para introducir un nuevo concepto, el de la “biblioteca interior”:
Podríamos denominar biblioteca interior a ese conjunto de libros –subconjunto de la biblioteca colectiva en que todos vivimos- sobre la cual se construye toda personalidad y sobre la que ésta organiza después su relación con los textos y con los otros. Una biblioteca en que figuran desde luego algunos títulos precisos pero que, sobre todo, está constituida, como la de Montaigne, por fragmentos de libros olvidados y por libros imaginarios [los “libros pantalla”, supongo] a través de los cuales aprehendemos el mundo. (p. 88)
A continuación, y sirviéndose de un peculiar experimento llevado a cabo por la antropóloga Laura Bohannan, y que consistía en leerles Hamlet (LH, LE, LEC, ++) a varios miembros de la tribu africana de los Tiv, Bayard argumenta hasta qué punto un público no lector (cuyo ejemplo extremo serían estos pobres tivs, qué paciencia) puede manejar aun así una serie de coordenadas sociales, culturales, vitales (una “visión del mundo”) que colabora indefectiblemente en el proceso de juzgar y valorar una no lectura: baste, como ejemplo, la incapacidad cultural de los tivs para creer en fantasmas, apriorismo cuya resistencia impide, desde luego, un acceso idóneo al texto shakesperiano. Bayard denomina a esa red de prejuicios y sendas mentales “libro interior”, cuya definición viene a completar la del “libro pantalla”:
Propongo denominar libro interior a ese conjunto de representaciones míticas, colectivas o individuales, que se interponen entre el lector y todo relato escrito, y que cincelan su lectura a sus espaldas. Ampliamente inconsciente, ese libro imaginario desempeña una función de filtro y determina la recepción de nuevos textos al decidir qué elementos serán retenidos y cómo serán interpretados. (p. 97)
Como sucedía en “La busca de Averroes” de Borges (LO, ++), cuyo protagonista se afanaba inútilmente en comprender las disquisiciones aristotélicas sobre el teatro, lo reseñable en este asunto es el hecho de que, en cuanto un libro real entra en conflicto con las expectativas dictadas por determinado libro interior, la lectura desemboca en un proceso interpretativo libre que o bien transforma irremediablemente el original (para ajustarlo a ese esquema previo de lo que es aceptable) o bien lo ignora en las dosis que sean necesarias (y cualquier docente sabe hasta qué punto la enseñanza literaria exige estas tergiversaciones para adaptar y encajar una obra concreta al angosto libro interior de sus alumnos, cuando quizá lo que deberíamos hacer sería, precisamente, lo contrario: expandir dicho libro interior). El libro interior es, además, un factor añadido de relativización del libro como entidad posible de discurso:
La existencia del libro interior es junto con la deslectura lo que provoca que el espacio de discusión sobre los libros sea discontinuo y heterogéneo. Lo que nosotros consideramos libros leídos es un amontonamiento heteróclito de fragmentos de textos, remodelados por nuestra imaginación y sin conexión alguna con los libros de otros, por mucho que materialmente sean idénticos a los que han pasado por nuestras manos. (p. 100)
El tercer capítulo de esta sección reconduce el problema de la no lectura “ante el escritor” y describe, a propósito de la novela Ferdinaud Céline de Siniac (LD -) “una experiencia a la que todos los escritores están acostumbrados y durante la cual toman conciencia de que las palabras proferidas sobre sus libros no corresponden con lo que imaginan haber escrito”, a saber:
Cualquier escritor que haya conversado cierto tiempo con un lector atento, o leído un artículo bastante extenso a su respecto, conoce esa experiencia de inquietante extrañeza en que uno se da cuenta de la ausencia de correspondencia entre lo que ha pretendido hacer y lo que se ha entendido. Distancia que no resulta sorprendente si se piensa que, al diferir por definición sus libros interiores, aquel que el lector ha superpuesto al libro del escritor no tiene ninguna posibilidad de ser identificado por éste. (p. 111)
(Y ahora no puedo evitar recordar algunas curiosas experiencias de lectura –perdón por la autocita, pero no conozco mejor ejemplo que el propio- que ha suscitado La falsa memoria: por ejemplo, alguien ha localizado el barrio exacto de Gijón en el que transcurre parte de la trama, a pesar de que esa ciudad de ficción ni siquiera tenga nombre en la novela; alguien ha leído la historia de amor del narrador como la historia de mis propios amores –y menos mal que no es el caso-; alguien ha creído que toda la historia es un puro sueño, con lo que casi me da un patatús; alguien creyó encontrar, en una escena anecdótica, el verdadero sentido de la obra… en fin, una locura).
Esta segunda parte de Cómo hablar de los libros… concluye con un breve capítulo, quizá el menos intenso, dedicado a explorar, a partir de la película Atrapado en el tiempo, la dificultad acoplarse a la biblioteca interior de un ser amado o al que se pretende seducir. Para Bayard, “sólo una extensión indefinida del tiempo [tal como la que acaece en el film] lograría poner en comunicación los libros interiores de dos seres, es decir, sus universos secretos, por mucho que estén compuestos por fragmentos incomparables de imágenes y de discursos”, mientras que “en la vida corriente” se “vuelve imposible toda esperanza de coincidencia. Pues si nuestros libros interiores son, a imagen de nuestros fantasmas, de una fijeza relativa […] los libros-pantalla de los que hablamos no dejan de modificarse y es vano pensar en detener las transformaciones” (p. 121). En conclusión,
La mayor parte de las veces, nuestras conversaciones con el otro acerca de libros deberán hacerse desgraciadamente a propósito de fragmentos remodelados por nuestros fantasmas personales y, por consiguiente, sobre una cosa distinta a los libros escritos por los escritores; en cualquier caso, a menudo éstos tampoco se reconocen en lo que acerca de ellos dicen sus lectores. (p. 121-122)
La tercera y última sección se presenta precisamente como “conductas que conviene adoptar” ante situaciones de similar cariz. Seguiremos informando, a medida que vayamos leyendo (o desleyendo).
[continuará]
La segunda sección del ensayo de Bayard está dedicada a ilustrar diversas “situaciones de discurso” en principio “penosas” en las que un no lector se puede enfrentar al hecho de tener que hablar de sus no lecturas; siguiendo el método ejemplar de capítulos anteriores, Bayard acude a la cómica escena de El tercer hombre de Graham Greene (LE, ++; habría que ir pensando en enmendar la plana a Bayard introduciendo la categoría LC, esto es, libro comprado, como un tipo específico de no lectura que resuelve la angustia clásica de los LD o los LO por su específica orientación al futuro, espacio conjetural en el que todavía cabe la posibilidad de convertirlo en LH; amén del LOC, claro, para el caso de libros evocados cinematográficamente, categoría nada desdeñable) …en la que el protagonista, escritor de novelas del oeste, es confundido con otro autor digamos “serio”, dando lugar a un verdadero “diálogo de sordos” o, diríamos aquí, “de besugos” (Bayard autocita aquí un cierto Enquête sur Hamlet suyo que no duda en calificar -tiene gracia, este hombre- de LO -, y que yo dejaría en cambio en LD +). Todo lo cual le sirve para introducir un nuevo concepto, el de la “biblioteca interior”:
Podríamos denominar biblioteca interior a ese conjunto de libros –subconjunto de la biblioteca colectiva en que todos vivimos- sobre la cual se construye toda personalidad y sobre la que ésta organiza después su relación con los textos y con los otros. Una biblioteca en que figuran desde luego algunos títulos precisos pero que, sobre todo, está constituida, como la de Montaigne, por fragmentos de libros olvidados y por libros imaginarios [los “libros pantalla”, supongo] a través de los cuales aprehendemos el mundo. (p. 88)
A continuación, y sirviéndose de un peculiar experimento llevado a cabo por la antropóloga Laura Bohannan, y que consistía en leerles Hamlet (LH, LE, LEC, ++) a varios miembros de la tribu africana de los Tiv, Bayard argumenta hasta qué punto un público no lector (cuyo ejemplo extremo serían estos pobres tivs, qué paciencia) puede manejar aun así una serie de coordenadas sociales, culturales, vitales (una “visión del mundo”) que colabora indefectiblemente en el proceso de juzgar y valorar una no lectura: baste, como ejemplo, la incapacidad cultural de los tivs para creer en fantasmas, apriorismo cuya resistencia impide, desde luego, un acceso idóneo al texto shakesperiano. Bayard denomina a esa red de prejuicios y sendas mentales “libro interior”, cuya definición viene a completar la del “libro pantalla”:
Propongo denominar libro interior a ese conjunto de representaciones míticas, colectivas o individuales, que se interponen entre el lector y todo relato escrito, y que cincelan su lectura a sus espaldas. Ampliamente inconsciente, ese libro imaginario desempeña una función de filtro y determina la recepción de nuevos textos al decidir qué elementos serán retenidos y cómo serán interpretados. (p. 97)
Como sucedía en “La busca de Averroes” de Borges (LO, ++), cuyo protagonista se afanaba inútilmente en comprender las disquisiciones aristotélicas sobre el teatro, lo reseñable en este asunto es el hecho de que, en cuanto un libro real entra en conflicto con las expectativas dictadas por determinado libro interior, la lectura desemboca en un proceso interpretativo libre que o bien transforma irremediablemente el original (para ajustarlo a ese esquema previo de lo que es aceptable) o bien lo ignora en las dosis que sean necesarias (y cualquier docente sabe hasta qué punto la enseñanza literaria exige estas tergiversaciones para adaptar y encajar una obra concreta al angosto libro interior de sus alumnos, cuando quizá lo que deberíamos hacer sería, precisamente, lo contrario: expandir dicho libro interior). El libro interior es, además, un factor añadido de relativización del libro como entidad posible de discurso:
La existencia del libro interior es junto con la deslectura lo que provoca que el espacio de discusión sobre los libros sea discontinuo y heterogéneo. Lo que nosotros consideramos libros leídos es un amontonamiento heteróclito de fragmentos de textos, remodelados por nuestra imaginación y sin conexión alguna con los libros de otros, por mucho que materialmente sean idénticos a los que han pasado por nuestras manos. (p. 100)
El tercer capítulo de esta sección reconduce el problema de la no lectura “ante el escritor” y describe, a propósito de la novela Ferdinaud Céline de Siniac (LD -) “una experiencia a la que todos los escritores están acostumbrados y durante la cual toman conciencia de que las palabras proferidas sobre sus libros no corresponden con lo que imaginan haber escrito”, a saber:
Cualquier escritor que haya conversado cierto tiempo con un lector atento, o leído un artículo bastante extenso a su respecto, conoce esa experiencia de inquietante extrañeza en que uno se da cuenta de la ausencia de correspondencia entre lo que ha pretendido hacer y lo que se ha entendido. Distancia que no resulta sorprendente si se piensa que, al diferir por definición sus libros interiores, aquel que el lector ha superpuesto al libro del escritor no tiene ninguna posibilidad de ser identificado por éste. (p. 111)
(Y ahora no puedo evitar recordar algunas curiosas experiencias de lectura –perdón por la autocita, pero no conozco mejor ejemplo que el propio- que ha suscitado La falsa memoria: por ejemplo, alguien ha localizado el barrio exacto de Gijón en el que transcurre parte de la trama, a pesar de que esa ciudad de ficción ni siquiera tenga nombre en la novela; alguien ha leído la historia de amor del narrador como la historia de mis propios amores –y menos mal que no es el caso-; alguien ha creído que toda la historia es un puro sueño, con lo que casi me da un patatús; alguien creyó encontrar, en una escena anecdótica, el verdadero sentido de la obra… en fin, una locura).
Esta segunda parte de Cómo hablar de los libros… concluye con un breve capítulo, quizá el menos intenso, dedicado a explorar, a partir de la película Atrapado en el tiempo, la dificultad acoplarse a la biblioteca interior de un ser amado o al que se pretende seducir. Para Bayard, “sólo una extensión indefinida del tiempo [tal como la que acaece en el film] lograría poner en comunicación los libros interiores de dos seres, es decir, sus universos secretos, por mucho que estén compuestos por fragmentos incomparables de imágenes y de discursos”, mientras que “en la vida corriente” se “vuelve imposible toda esperanza de coincidencia. Pues si nuestros libros interiores son, a imagen de nuestros fantasmas, de una fijeza relativa […] los libros-pantalla de los que hablamos no dejan de modificarse y es vano pensar en detener las transformaciones” (p. 121). En conclusión,
La mayor parte de las veces, nuestras conversaciones con el otro acerca de libros deberán hacerse desgraciadamente a propósito de fragmentos remodelados por nuestros fantasmas personales y, por consiguiente, sobre una cosa distinta a los libros escritos por los escritores; en cualquier caso, a menudo éstos tampoco se reconocen en lo que acerca de ellos dicen sus lectores. (p. 121-122)
La tercera y última sección se presenta precisamente como “conductas que conviene adoptar” ante situaciones de similar cariz. Seguiremos informando, a medida que vayamos leyendo (o desleyendo).
[continuará]
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