
Hay escritores que, a saber si para mal o para bien, figuran en el museo imaginario de la biblioteca colectiva como autores de una única obra. Me refiero, por supuesto, a una biblioteca de lector medio, esto es, aquel que, siguiendo a Bayard, conoce más o menos los devaneos completos de la serie (la historia literaria) y es capaz de ubicar en ella la mayoría de los textos, pero se permite sólo (por falta de tiempo, de paciencia, de rigor) incursiones puntuales en los cortes verticales tenidos por fundamentales (ciertas obras literarias concretas, unánimemente consideradas “maestras”) de dicha serie. Ese lector informado, pero impaciente, no suele agotar nunca a un autor, ni una lengua, ni mucho menos una época concreta, y se contenta con ir picando aquí y allá de la crestas más significativas que jalonan la horizontal infinita de la biblioteca universal, con la esperanza de obtener así ya no tanto un saber puro y profundo, que entiende le está definitivamente vedado, como una confirmación retrospectiva de los apriorismos que se le han ido amontonando en la cabeza a lo largo de su educación intelectual. Frente al lector exhaustivo, u horizontal, este lector significativo, o vertical (conjetura que apenas viene a remozar la vieja disputa entre inducción y deducción), tiene tendencia a realizar ese reduccionismo al que antes hacía referencia, consistente en asimilar a determinados autores con una única obra que actuaría no sólo de metonimia brutal sino más bien de pantalla opaca del resto de su producción, oscurecida hasta el olvido por la preeminencia de ese título señero pero cruelmente abusivo, excluyente, fagocitador (qué ganas tenía de usar esta palabra).
En buena medida, aun con honrosas excepciones, mis propias estanterías son un buen trasunto de esa labor de rastreo urgida más por el exigente prurito de la formación ―maldita herencia académica― que por el desinteresado deleite del aprendizaje. Hoy, en cambio, he cerrado ese círculo con al menos un autor que, desde mi punto de vista, ejemplifica a la perfección lo antedicho: William Golding. Absorbida como está su potencial obra restante –al menos para mí– por el mágico fulgor de El señor de las moscas (LH, LEC, ++) jamás me había preocupado de leer de él otra cosa distinta hasta la semana pasada, cuando, primero en forma de mero apunte verbal, y luego ya gracias a una estupenda reseña escrita para nuestro blog del instituto, Javier R. (lector formidable al que animo, todavía sin éxito, a convertirse también en bloguero y proporcionaros así una pizca aunque fuera de su dilatada experiencia lectora) me señaló la existencia de Ritos de paso, novela descrita por el propio narrador como “un relato marino sin una tempestad, sin un naufragio, sin un rescate en el mar, sin ver ni oír al enemigo, sin andadas atronadoras ni heroísmos, sin capturas, ni valerosas defensas, ni heroicos ataques” (p. 278).
Conocida es mi fascinación, puramente literaria, por los ambientes marinos, pero la novela de Golding tiene bien poco que ver con el amable y bienhumorado mundo de O´Brien; todo lo contrario, se trata de una fábula turbadora e inquietante, repleta de tipos egoístas y antipáticos (si no directamente despreciables) capaces de soslayar sus responsabilidades y zafarse de sus culpas (es en efecto una novela ante todo moral, como escribe Javier, a quien poco puedo yo añadir) con el gesto despreciativo típico de todo superviviente que, para medrar, debe obligarse a dejar atrás todas sus contradicciones, sus temores, sus íntimas sospechas, fruto de un instante de debilidad que el narrador sufre, efectivamente, pero también supera sin excesivos peajes.
En buena medida, aun con honrosas excepciones, mis propias estanterías son un buen trasunto de esa labor de rastreo urgida más por el exigente prurito de la formación ―maldita herencia académica― que por el desinteresado deleite del aprendizaje. Hoy, en cambio, he cerrado ese círculo con al menos un autor que, desde mi punto de vista, ejemplifica a la perfección lo antedicho: William Golding. Absorbida como está su potencial obra restante –al menos para mí– por el mágico fulgor de El señor de las moscas (LH, LEC, ++) jamás me había preocupado de leer de él otra cosa distinta hasta la semana pasada, cuando, primero en forma de mero apunte verbal, y luego ya gracias a una estupenda reseña escrita para nuestro blog del instituto, Javier R. (lector formidable al que animo, todavía sin éxito, a convertirse también en bloguero y proporcionaros así una pizca aunque fuera de su dilatada experiencia lectora) me señaló la existencia de Ritos de paso, novela descrita por el propio narrador como “un relato marino sin una tempestad, sin un naufragio, sin un rescate en el mar, sin ver ni oír al enemigo, sin andadas atronadoras ni heroísmos, sin capturas, ni valerosas defensas, ni heroicos ataques” (p. 278).
Conocida es mi fascinación, puramente literaria, por los ambientes marinos, pero la novela de Golding tiene bien poco que ver con el amable y bienhumorado mundo de O´Brien; todo lo contrario, se trata de una fábula turbadora e inquietante, repleta de tipos egoístas y antipáticos (si no directamente despreciables) capaces de soslayar sus responsabilidades y zafarse de sus culpas (es en efecto una novela ante todo moral, como escribe Javier, a quien poco puedo yo añadir) con el gesto despreciativo típico de todo superviviente que, para medrar, debe obligarse a dejar atrás todas sus contradicciones, sus temores, sus íntimas sospechas, fruto de un instante de debilidad que el narrador sufre, efectivamente, pero también supera sin excesivos peajes.
En este último sentido, la novela también es la historia de una educación no sentimental o intelectual sino política, entendida como el arte de la mentira que viene a ahogar de retórica y palabrería la verdad; según afirma el narrador al término de la historia,
Voy a escribir una carta a la señorita Colley. Del principio al fin no contendrá más que mentiras. Describiré mi creciente amistad con su hermano. Describiré cuánto lo admiraba. Recordaré todos los días de su fiebre baja y mi pesar por su muerte.
¡Una carta que contendrá de todo menos la verdad! ¿Qué le parece como comienzo de una carrera al servicio de mi Patria y mi Rey? (p. 277)
Mientras que a su propio diario, ése que nosotros hemos leído y en el que el narrador ha ido vertiendo día tras día la verdadera secuencia de los acontecimientos (así como sus culpas), le aguarda sólo el olvido, el candado, el vano intento por guardar bajo llave una experiencia no sólo colindante con la locura o la monstruosidad sino, sobre todo, con la nauseabunda bajeza de nuestra condición egoísta, pusilánime, innoble:
Voy a cerrarlo, envolverlo, coserlo como pueda en una bolsa de lona y encerrarlo con llave en el cajón. La falta de sueño y el exceso de comprensión me vuelven un poco loco, creo, al igual que ocurre a todos los hombres que viven en el mar demasiado cerca los unos de los otros y demasiado cerca, por ende, de todo lo que hay de monstruoso bajo el sol y la luna. (p. 278)
***
William Golding [1980], Ritos de paso. Madrid, Alianza Editorial (col. Alianza Tres, nº 96), 1983. Traducción de Fernando Santos Fontenla.
2 comentarios:
Gracias, Ismael, por tus generosas (demasiado generosas) palabras. Aunque digas que poco añades a mi lectura, me parece que sí lo haces y de hecho aportas una clave interpretativa central al mencionar ese movimiento de ocultación, ese escamoteo final, en que se consuma el aprendizaje del cinismo y la hipocresía exigibles a las élites que deben asumir el poder. Temo que Golding nunca albergase demasiadas esperanzas sobre la condición humana.
En cuanto a lo del blog.... ufff, no sé. Me da mucha pereza.
Bueno, a mí siempre me quedarán nuestras charlas de coche, o sea que no te preocupes demasiado por la pereza...
Y si la generosidad consiste sencillamente en reconocer lo evidente (y en absoluto exagerarlo), pues vale, me quedo con el adjetivo.
Buen puente!
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