30 nov 2008

Albor



Soy afín a lo que yo denominaría metonimias, aunque otros quizá perezas. Metonimias (por su capacidad para aprehender un todo en partes minúsculas) o también metáforas, metáforas acaso esenciales por cuanto resumen de un solo y certero brochazo el esquivo rostro de la verdad. Por ejemplo: un solo poema de Poe, que además conocí primero en la traducción de Radio Futura, equivale en mi memoria esquemática a toda una estantería de literatura amorosa; todas las Odiseas que en mi vida han sido estaban contenidas ya en El rayo verde de Verne, leído en la infancia; unas pocas ficciones monstruosas (El increíble hombre menguante, La noche de los muertos vivientes…) me parecen dignas articulaciones de una completa metafísica.

Hoy, y gracias a la voluptuosa edición de En busca del tiempo perdido (los tres tomazos de Valdemar) que me dejó la resaca del cumpleaños (véanse), he creído vislumbrar otra de esas fulgurantes metonimias o metáforas esenciales, que de momento no me atrevo a ofrecer más que en formato interrogante: ¿Hasta qué punto es mero azar que dos de las obras más influyentes en toda la literatura del siglo XX (esa que no puedo dejar de sentir como mi verdadera literatura, al margen de posibles excursiones allende sus límites pasados y presentes), como son el transatlántico proustiano y la humilde Metamorfosis kafkiana (y soy consciente de estar citando de memoria el discurso de Millás por el honoris causa en Oviedo, cuando establecía una contraposición entre mamíferos ―Joyce― e insectos ―Kafka― a la hora de taxonomizar la novela contemporánea), hasta qué punto es azar, decía, que ambas comiencen con el relato de un despertar más o menos atribulado?

En el caso de Kafka, casi sería ocioso recordar los términos exactos en que se produce el despertar de Samsa “una mañana, tras un sueño intranquilo”, para encontrarse convertido en “un monstruoso insecto” sin el consuelo siquiera de creerse que, por un momento, todavía habita los muelles contornos de un sueño:


No soñaba, no. Su habitación, una habitación de verdad, aunque excesivamente reducida, aparecía como de ordinario entre sus cuatro harto conocidas paredes. Presidiendo la mesa, sobre la cual estaba esparcido un muestrario de paños -Samsa era viajante de comercio-, colgaba una estampa hace poco recortada de una revista ilustrada y puesta en un lindo marco dorado. Representaba esta estampa una señora tocada con un gorro de pieles, envuelta en un boa también de pieles, y que, muy erguida, esgrimía contra el espectador un amplio manguito, asimismo de piel, dentro del cual desaparecía todo su antebrazo. Gregorio dirigió luego la vista hacia la ventana; el tiempo nublado (sentíase repiquetear en el cinc del alféizar las gotas de lluvia) infundióle una gran melancolía.

En el caso de Proust, el despertar carece de la irrefutable geometría del de Samsa (esas cuatro paredes, la lluvia en el alféizar: mudables dinosaurios monterrosianos), y la confusión o tribulación primera del narrador se debe a su incapacidad momentánea (una experiencia supongo que de todos conocida) para establecer con precisión dónde se encuentra exactamente, con la consecuencia de que la propia identidad, la propia consistencia del yo, se tambalea hasta reducirse a un fantasma casi biológico:

Un hombre que duerme tiene en círculo a su alrededor el hilo de las horas, el orden de los años y los mundos. Al despertar los consulta por instinto y en un segundo lee en ellos el punto de la tierra que ocupa, el tiempo que ha transcurrido hasta su despertar; pero sus rangos pueden confundirse, romperse. […] bastaba que, en mi cama misma, mi sueño fuese profundo y sosegase por completo mi espíritu; enntonces ése abandonaba el plano del lugar en que me había dormido, y cuando despertaba en mitad de la noche, por ignorar dónde me encontraba, en un primer momento no sabía siquiera quién era; sólo tenía, en su simplicidad primaria, la sensación de la existencia como puede temblar en el fondo de un animal; me encontraba más desnudo que el hombre de las cavernas; pero entonces el recuerdo ―aún no del lugar en que me hallaba, sino de algunos sitios donde había vivido y donde habría podido estar― venía como una ayuda a mí desde lo alto para sacarme de la nada de la que nunca hubiera podido salir solo; en un segundo pasaba por encima de siglos de civilización, y las imágenes confusamente vislumbradas de lámparas de petróleo, luego de camisas de cuello vuelto, iban recomponiendo poco a poco los rasgos originales de mi yo.

Pero este Last minute rescue no es, desde luego, un efecto de la razón, sino un hallazgo del cuerpo, quien sólo en su pura fisicidad de instrumento sensitivo es capaz de proporcionar al espíritu el confort de la certeza:

Acaso la inmovilidad de las cosas que nos rodean venga impuesta por nuestra certeza de que son ellas y no otras, por la inmovilidad de nuestro pensamiento frente a ellas. Lo cierto es que, cuando despertaba así, con mi espíritu agitándose para intentar saber, sin conseguirlo, dónde estaba, todo daba vueltas a mi alrededor en la oscuridad, las cosas los países y los años. Demasiado embotado para moverse, mi cuerpo trataba de determinar, con arreglo a la forma de su fatiga, la posición de sus miembros para deducir por ella la dirección de la pared y la ubicación de los muebles, para reconstruir y dar nombre a la morada en que se encontraba. […] Y antes incluso de que mi pensamiento, que vacilaba en el umbral de los tiempos y las formas, hubiese identificado la casa cotejando sus circunstancias, él ―mi cuerpo― iba recordando para cada una el tipo de cama, el sitio de las puertas, la orientación de las ventanas, la existencia de un pasillo, junto con la idea que de ellos me hacía al dormirme y que encontraba de nuevo al despertar.

La descripción del fenómeno acude, por cierto, a una metáfora de la memoria como caudal desordenado de imágenes cinematográficas (aunque todavía edisonianas) de nada despreciable rentabilidad en la literatura posterior:

[…] Estas evocaciones vertiginosas y confusas no duraban más allá de unos segundos; a menudo, esa breve incertidumbre del lugar en que me hallaba no distinguía unas de otras las diversas superposiciones de que estaba hecha, del mismo modo que, cuando vemos un caballo correr, no aislamos las sucesivas posturas que el cinetoscopio nos muestra. Pero unas veces unos y otras otros, había vuelto a ver los cuartos donde me había alojado a lo largo de mi vida, y terminaba recordándolos todos en los largos ensueños que seguían a mi despertar […].

Todo el posterior andamiaje del edificio narrativo proustiano (ahora sé, gracias al prólogo de Mauro Armiño, que el propio Proust acudió a la imagen de una catedral en eterno proceso de construcción para referirse a su obra) puede derivarse, de hecho (y al margen de la manoseada magdalena o bizcocho), de ese instante único de caleidoscópica confusión de imágenes, tiempos y lugares, o más bien del eco inmediatamente posterior que esa alucinada película mental deja en el narrador:

Ahora, desde luego, estaba bien despierto, mi cuerpo se había dado la vuelta una vez más y el buen ángel de la certidumbre había detenido todo a mi alrededor, me había acostado debajo de mis mantas, en mi cuarto […]. Pero por más que supiese que no me hallaba en las casas por cuya imagen nítida la ignorancia del despertar me había en un instante, si no presentado, al menos hecho creer en su posible presencia, mi memoria ya se había puesto en movimiento; por regla general no intentaba volver a dormirme enseguida: pasaba la mayor parte de la noche recordando nuestra vida de antaño, en Combray, en casa de mi tía abuela, en Balbec, en París, en Doncières, en Venecia y en otras partes, recordando los lugares, las personas que allí había conocido, todo lo que de ellas había visto y me habían contado.

Dicho y hecho: en el párrafo siguiente ya nos zambullimos en los tiempos de Combray, el narrador ya es el crío que sólo anhela un beso de buenas noches de su madre mientras un Swann todavía opaco se empieza a pasear entre las páginas. Y el milagro se ha obrado.
Porque, a lo mejor, la historia de la literatura moderna no es más que el relato de un lento, confuso despertar.

(CODA INTOLERABLEMENTE EGOTISTA. El primer relato que publiqué, declaradamente kafkiano ―no en vano se titulaba “Metamorfosis fallida”― arranca así: "al despertar una mañana Alberto García se encontró convertido en otro hombre. No era un sueño, no, las líneas de las paredes se dibujaban perfectamente y la luz que cruzaba la ventana era nítida, real”. Y toda La falsa memoria, humildemente proustiana, bien puede derivarse de esta ampulosa frase: “Comprendí ante todo algo que, ya desde que abriera los ojos al amanecer, sacudido por una agitación desconocida, había remoloneado intermitentemente por mi conciencia: esto es, que los sueños no sólo tienen su propia lógica ―los sitios que son y no son al tiempo, los rostros que mudan sin tregua― sino, además, su propia memoria, su propio equipaje de sentimientos y desazones”. O sea que a lo mejor no es un problema de métaforas o metonimias, sino de plagios u ―seamos benévolos― homenajes.)


* * *
Marcel Proust, A la busca del tiempo perdido I. Por la parte de Swann. A la sombra de las muchachas en flor. Madrid, Valdemar, 2005. Edición de Mauro Armiño. (pp. 8-12)


4 comentarios:

Xandru Fernández dijo...

"Faltaba poco para las ocho de la mañana cuando Yakov Petrovich Goliadkin, funcionario con la baja categoría de consejero titular, se despertó después de un largo sueño, bostezó, se desperezó y al fin abrió los ojos de par en par. Durante unos instantes, sin embargo, permaneció inmóvil en la cama como si no estuviese aún seguro de estar despierto o de seguir durmiendo, de si lo que acontecía en torno suyo era, en efecto, parte de la realidad o sólo prolongación de sus alborotados sueños". Siempre he creído que este comienzo fue el modelo, consciente o no, de Kafka. ¿Qué opinas?

Ismael Piñera Tarque dijo...

Pues opino que

1) para opinar, me obligarías a reconocer previa y públicamente(aunque sea en la intimidad de estos balbuceos nuestros) que "El doble" es una de esas intolerables carencias de lector que algún día debería subsanar (¿convalida que ahora esté, precisamente, con los Karamazov? Lo dudo);

2) que, dado 1), cualquier opinión mía al respecto sería de una frivolidad igualmente intolerable, aunque, desde luego, los paralelismos entre párrafo y párrafo sean tan obvios que no necesitan más glosa por mi parte;

y 3) que lo único que podría aportar de complemento a tu apunte (y de descargo a mi incompetente respuesta) es que leí "Crimen y castigo" después de "El proceso" y "El castillo", y siempre pensé (segura obviedad, también) que el deambular de Raskolnikov era el antecedente exacto de las fatigas circulares de nuestros queridos K...

Así que nada, dados 1), 2) y 3), mejor me callo. Con lo idílico que nos estaba quedando el fin de semana, je je...

Anónimo dijo...

Espléndidas reflexiones. Ofrezco otro confuso y angustioso despertar al comienzo de otra novela seminal de la contemporaneidad: "El martes me desperté a esa hora lánguida y desalmada en que la noche de hecho se ha acabado, pero el alba todavía no ha despuntado del todo. Bruscamente despierto, quise correr en taxi a la estación, porque tenía la sensación de que debía emprender un viaje y, sólo al cabo de un minuto y a duras penas me di cuenta de que ningún tren me esperaba en la estación y que no había llegado la hora de nada. Me quedé tumbado en medio de la luz turbia y mi cuerpo experimentó un miedo insufrible con el que oprimía el espíritu, el espíritu a su vez oprimía el cuerpo, y cada una de mis fibras más menudas se encogía por el temor de que no pasaría nada, no cambiaría nada, no ocurriría nunca nada, hiciera lo que hiciera, no resultaría de ello nada en absoluto"

Anónimo dijo...

Perdón ,es el principio de Ferdydurke.