No recordaba que la famosa escena de la magdalena proustiana estuviera construida con una retórica tan explícita como efectiva. La secuencia, tal cual se plantea, admitiría analogías de diversos campos, desde la prosaica fontanería (es la historia de un grifo que no acaba de abrirse) a la inquietante sexología (la historia de otro grifo que cuesta abrir; ejem, no sigo). Hoy nos quedaremos con la lectura épica: la leeremos como la historia de un tenso y heroico, volcánico, combate.
Los ingredientes de esta peculiar geometría narrativa, en los que no se insistirá más allá de lo evidente (bastarán tres o cuatro cursivas), son sencillos -el juego con los tiempos verbales, la dosificación de otras indicaciones temporales, y el empleo de las interrogaciones retóricas-, y relativos todos a la dilatación casi “suspensiva” del interrogante central que alimenta todo espectáculo épico: ¿logrará nuestro protagonista triunfar sobre la adversidad? Veámoslo brevemente.
El pasaje arranca con esta suerte de resumen de una de las tesis proustianas fundamentales sobre la memoria: aquella que establece la inutilidad de la inteligencia y la voluntad (cuyos datos “sobre el pasado no conservan nada real de él”) en la tarea de recuperarla plenamente:
Así ocurre con nuestro pasado. Es trabajo perdido que tratemos de evocarlo. Inútiles todos los esfuerzos de nuestra inteligencia. Está oculto fuera de su dominio y de su alcance, en algún objeto material (en la sensación que ese objeto material nos daría) que ni siquiera sospechamos. Y ese objeto, depende del azar que lo encontremos antes de morir, o que no lo encontremos.
Lo interesante del punto y aparte es que deja establecido ya, como telón contra el que se proyectarán las páginas que se siguen, una sutil dicotomía entre éxito y fracaso, entre hallazgo azaroso o pérdida irremediable de la oportunidad que el destino, entonces, sólo amaga sin tender con franqueza.
A continuación, el relato de la escena propiamente dicha arranca siguiendo la habitual dinámica narrativa de imperfectos y perfectos:
Hacía ya muchos años que, de Combray, cuanto no fuera el teatro y el drama de acostarme había dejado de existir para mí, cuando un día de invierno, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso tomar, contra mi costumbre, un poco de té.
El azar interviene ya en la caprichosa e irreflexiva aceptación de dicha propuesta:
Me negué al principio pero, no sé por qué, cambié de idea. Mandó a buscar uno de esos bollos cortos y rollizos llamados pequeñas magdalenas que parecen haber sido moldeados dentro de la valva acanalada de una vieira.
La célebre ingesta tiene lugar de inmediato, aunque el narrador, literalmente abrumado por su pesar, apenas repare en ella:
Y acto seguido, maquinalmente abrumado por aquella jornada sombría y la perspectiva de un triste día siguiente, me llevé a los labios una cucharilla de té donde había dejado empaparse un trozo de magdalena.
Es precisamente esa actitud indiferente, ajena, la que se ve conmovida hasta los cimientos por un súbito e inexplicable acontecimiento:
Pero en el instante mismo en que el trago mezclado con migas del bollo tocó mi paladar, me estremecí, atento a algo extraordinario que dentro de mí se producía. Un placer delicioso me había invadido, aislado, sin que tuviese la noción de su causa. De improviso se me habían vuelto indiferentes las vicisitudes de la vida, inofensivos sus desastres, ilusoria su brevedad […].
A la afirmación de este repentino éxtasis le sigue la interrogación, literal, acerca de su origen:
Había dejado de sentirme mediocre, contigente, mortal. ¿De dónde había podido venirme aquel gozo tan potente? Lo sentía unido al sabor del té y del bollo, pero lo superaba infinitamente, no debía de ser de igual naturaleza. ¿De dónde venía? ¿Qué significaba? ¿Dónde cogerlo?
La incapacidad para responder lo anterior se reviste de un valor dramático excepcional: temáticamente, porque a este primer éxito azaroso le seguirán hasta dos nuevos intentos fallidos que frustran no sólo la posibilidad de prolongar o renovar la experiencia, sino que incluso ponen en entredicho su acontecer; y, formalmente, por la decantación del relato al tiempo presente, fundamental en la construcción retórica de la incertidumbre:
Bebo un segundo sorbo donde no encuentro más que en el primero, un tercero que me aporta algo menos que el segundo. Es tiempo de parar, la virtud del brebaje parece disminuir.
Convencido de que “la verdad que busco no está en él, sino en mí”, el narrador detiene el experimento por medio de la congelación del devenir narrativo en una pausa cargada de presagios (tal como la que antecede, en un film de terror clásico, al advenimiento del mal), y reflexiona:
Dejo la taza y me vuelvo hacia mi espíritu. Es él quien debe hallar la verdad. Pero ¿cómo? Grave incertidumbre cada vez que el espíritu se siente superado por sí mismo, cuando él, el buscador, es juntamente el país oscuro donde debe buscar […].
Por una vez, el periodo proustiano se acorta, delatando una respiración ansiosa, angustiada, que se proyecta incluso al futuro verbal:
Trataré de hacerlo reaparecer. Retrocedo con el pensamiento al instante en que tomé la primera cucharada de té. Encuentro el mismo estado, pero no una claridad nueva. Pido a mi espíritu un esfuerzo más, que haga volver de nuevo la sensación que huye.
El esfuerzo ha adquirido ya a estas alturas la connotación de un verdadero combate, una pugna por el alumbramiento de dimensiones casi épicas: “siento mi espíritu extenuarse sin éxito”, afirma el narrador, antes de la “tentativa suprema”:
Luego […] lo pongo frente al sabor todavía reciente de ese primer sorbo siento estremecerse en mí algo que se desplaza, que querría elevarse, algo que se habría quedado sin ancla, a gran profundidad; no sé qué es, pero va subiendo despacio; noto la resistencia y percibo el rumor de las distancias que atraviesa.
La fisicidad (casi paritoria) del pasaje es evidente: el “recuerdo visual” asociado al sabor sufre una ascensión tan trabajosa desde el fondo de la conciencia que parece a punto de fracasar, o provoca al menos serias dudas al respecto:
Pero lucha demasiado lejos, con demasiada confusión: apenas si logro percibir el reflejo neutro donde se confunde el imperceptible torbellino de los colores agitados; mas no alcanzo a distinguir la forma […]. ¿Llegará hasta la superficie de mi lúcida conciencia aquel recuerdo […]? No sé. Ahora no siento nada, se ha detenido, tal vez ha vuelto a bajar, quién sabe si volverá a ascender alguna vez de su noche…
Si esto es un relato épico, tiene que haber un héroe; y si hay un héroe, éste debe sufrir la correspondiente fatiga de las arduas pruebas, y a lo largo de ellas sufrirá en consecuencia el vértigo terrible de la vacilación en el momento preciso en que más elevado debería mostrarse su espíritu:
Diez veces tengo que volver a empezar, a inclinarme hacia él. Y cada vez la cobardía que nos aparta de cualquier tarea difícil, de cualquier empresa importante, me indujo a dejarlo, a beber mi té pensando simplemente en los sinsabores de hoy, en mis anhelos de mañana que se dejan rumiar sin esfuerzo.
Pero, finalmente, el tesón se impone a la cobardía, el triunfo esquiva el fracaso, el borbotón estalla, las tensiones se disuelven:
Y de repente se me apareció el recuerdo. Aquel sabor era el del trocito de magdalena que me ofrecía los domingos por la mañana en Combray […] mi tía Léonie después de haberlo mojado en su infusión de té o de tila.
Sólo desde la confianza que ofrece esta victoria puede el narrador, ahora, ofrecernos una explicación casi aséptica, estática (o típicamente proustiana, la verdad) del proceso que hemos vivido como un conflicto dinámico y dramático:
Cuando nada subsiste de un pasado antiguo, tras la muerte de las criaturas, tras la destrucción de las cosas sólo el olor y el sabor, más frágiles pero más vívidos que nunca, más inmateriales, más persistentes y más fieles, perduran todavía mucho tiempo, como almas, recordando, aguardando, esperando sobre las ruinas de todo lo demás, soportando sin doblegarse, sobre su gotita casi impalpable, el edificio inmenso del recuerdo.
Ahora la pugna ha concluido con éxito, y el circuito vivificado de la memoria fluye abiertamente, como un caudal cuyos diques hubieran volado por los aires, inundando la conciencia con la fuerza expansiva y centrífuga de una explosión de muñecas rusas que acabarán por contener el mundo entero:
Así ahora las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann, y las ninfeas del Vivonne, y la buena gente del pueblo y sus pequeñas casitas y la iglesia y todo Combray y los campos de alrededor, todo eso que está tomando forma y solidez, ha salido, ciudad y jardines, de mi taza de té.
No me dirán que no apetece pedir música, y títulos de crédito.
Los ingredientes de esta peculiar geometría narrativa, en los que no se insistirá más allá de lo evidente (bastarán tres o cuatro cursivas), son sencillos -el juego con los tiempos verbales, la dosificación de otras indicaciones temporales, y el empleo de las interrogaciones retóricas-, y relativos todos a la dilatación casi “suspensiva” del interrogante central que alimenta todo espectáculo épico: ¿logrará nuestro protagonista triunfar sobre la adversidad? Veámoslo brevemente.
El pasaje arranca con esta suerte de resumen de una de las tesis proustianas fundamentales sobre la memoria: aquella que establece la inutilidad de la inteligencia y la voluntad (cuyos datos “sobre el pasado no conservan nada real de él”) en la tarea de recuperarla plenamente:
Así ocurre con nuestro pasado. Es trabajo perdido que tratemos de evocarlo. Inútiles todos los esfuerzos de nuestra inteligencia. Está oculto fuera de su dominio y de su alcance, en algún objeto material (en la sensación que ese objeto material nos daría) que ni siquiera sospechamos. Y ese objeto, depende del azar que lo encontremos antes de morir, o que no lo encontremos.
Lo interesante del punto y aparte es que deja establecido ya, como telón contra el que se proyectarán las páginas que se siguen, una sutil dicotomía entre éxito y fracaso, entre hallazgo azaroso o pérdida irremediable de la oportunidad que el destino, entonces, sólo amaga sin tender con franqueza.
A continuación, el relato de la escena propiamente dicha arranca siguiendo la habitual dinámica narrativa de imperfectos y perfectos:
Hacía ya muchos años que, de Combray, cuanto no fuera el teatro y el drama de acostarme había dejado de existir para mí, cuando un día de invierno, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso tomar, contra mi costumbre, un poco de té.
El azar interviene ya en la caprichosa e irreflexiva aceptación de dicha propuesta:
Me negué al principio pero, no sé por qué, cambié de idea. Mandó a buscar uno de esos bollos cortos y rollizos llamados pequeñas magdalenas que parecen haber sido moldeados dentro de la valva acanalada de una vieira.
La célebre ingesta tiene lugar de inmediato, aunque el narrador, literalmente abrumado por su pesar, apenas repare en ella:
Y acto seguido, maquinalmente abrumado por aquella jornada sombría y la perspectiva de un triste día siguiente, me llevé a los labios una cucharilla de té donde había dejado empaparse un trozo de magdalena.
Es precisamente esa actitud indiferente, ajena, la que se ve conmovida hasta los cimientos por un súbito e inexplicable acontecimiento:
Pero en el instante mismo en que el trago mezclado con migas del bollo tocó mi paladar, me estremecí, atento a algo extraordinario que dentro de mí se producía. Un placer delicioso me había invadido, aislado, sin que tuviese la noción de su causa. De improviso se me habían vuelto indiferentes las vicisitudes de la vida, inofensivos sus desastres, ilusoria su brevedad […].
A la afirmación de este repentino éxtasis le sigue la interrogación, literal, acerca de su origen:
Había dejado de sentirme mediocre, contigente, mortal. ¿De dónde había podido venirme aquel gozo tan potente? Lo sentía unido al sabor del té y del bollo, pero lo superaba infinitamente, no debía de ser de igual naturaleza. ¿De dónde venía? ¿Qué significaba? ¿Dónde cogerlo?
La incapacidad para responder lo anterior se reviste de un valor dramático excepcional: temáticamente, porque a este primer éxito azaroso le seguirán hasta dos nuevos intentos fallidos que frustran no sólo la posibilidad de prolongar o renovar la experiencia, sino que incluso ponen en entredicho su acontecer; y, formalmente, por la decantación del relato al tiempo presente, fundamental en la construcción retórica de la incertidumbre:
Bebo un segundo sorbo donde no encuentro más que en el primero, un tercero que me aporta algo menos que el segundo. Es tiempo de parar, la virtud del brebaje parece disminuir.
Convencido de que “la verdad que busco no está en él, sino en mí”, el narrador detiene el experimento por medio de la congelación del devenir narrativo en una pausa cargada de presagios (tal como la que antecede, en un film de terror clásico, al advenimiento del mal), y reflexiona:
Dejo la taza y me vuelvo hacia mi espíritu. Es él quien debe hallar la verdad. Pero ¿cómo? Grave incertidumbre cada vez que el espíritu se siente superado por sí mismo, cuando él, el buscador, es juntamente el país oscuro donde debe buscar […].
Por una vez, el periodo proustiano se acorta, delatando una respiración ansiosa, angustiada, que se proyecta incluso al futuro verbal:
Trataré de hacerlo reaparecer. Retrocedo con el pensamiento al instante en que tomé la primera cucharada de té. Encuentro el mismo estado, pero no una claridad nueva. Pido a mi espíritu un esfuerzo más, que haga volver de nuevo la sensación que huye.
El esfuerzo ha adquirido ya a estas alturas la connotación de un verdadero combate, una pugna por el alumbramiento de dimensiones casi épicas: “siento mi espíritu extenuarse sin éxito”, afirma el narrador, antes de la “tentativa suprema”:
Luego […] lo pongo frente al sabor todavía reciente de ese primer sorbo siento estremecerse en mí algo que se desplaza, que querría elevarse, algo que se habría quedado sin ancla, a gran profundidad; no sé qué es, pero va subiendo despacio; noto la resistencia y percibo el rumor de las distancias que atraviesa.
La fisicidad (casi paritoria) del pasaje es evidente: el “recuerdo visual” asociado al sabor sufre una ascensión tan trabajosa desde el fondo de la conciencia que parece a punto de fracasar, o provoca al menos serias dudas al respecto:
Pero lucha demasiado lejos, con demasiada confusión: apenas si logro percibir el reflejo neutro donde se confunde el imperceptible torbellino de los colores agitados; mas no alcanzo a distinguir la forma […]. ¿Llegará hasta la superficie de mi lúcida conciencia aquel recuerdo […]? No sé. Ahora no siento nada, se ha detenido, tal vez ha vuelto a bajar, quién sabe si volverá a ascender alguna vez de su noche…
Si esto es un relato épico, tiene que haber un héroe; y si hay un héroe, éste debe sufrir la correspondiente fatiga de las arduas pruebas, y a lo largo de ellas sufrirá en consecuencia el vértigo terrible de la vacilación en el momento preciso en que más elevado debería mostrarse su espíritu:
Diez veces tengo que volver a empezar, a inclinarme hacia él. Y cada vez la cobardía que nos aparta de cualquier tarea difícil, de cualquier empresa importante, me indujo a dejarlo, a beber mi té pensando simplemente en los sinsabores de hoy, en mis anhelos de mañana que se dejan rumiar sin esfuerzo.
Pero, finalmente, el tesón se impone a la cobardía, el triunfo esquiva el fracaso, el borbotón estalla, las tensiones se disuelven:
Y de repente se me apareció el recuerdo. Aquel sabor era el del trocito de magdalena que me ofrecía los domingos por la mañana en Combray […] mi tía Léonie después de haberlo mojado en su infusión de té o de tila.
Sólo desde la confianza que ofrece esta victoria puede el narrador, ahora, ofrecernos una explicación casi aséptica, estática (o típicamente proustiana, la verdad) del proceso que hemos vivido como un conflicto dinámico y dramático:
Cuando nada subsiste de un pasado antiguo, tras la muerte de las criaturas, tras la destrucción de las cosas sólo el olor y el sabor, más frágiles pero más vívidos que nunca, más inmateriales, más persistentes y más fieles, perduran todavía mucho tiempo, como almas, recordando, aguardando, esperando sobre las ruinas de todo lo demás, soportando sin doblegarse, sobre su gotita casi impalpable, el edificio inmenso del recuerdo.
Ahora la pugna ha concluido con éxito, y el circuito vivificado de la memoria fluye abiertamente, como un caudal cuyos diques hubieran volado por los aires, inundando la conciencia con la fuerza expansiva y centrífuga de una explosión de muñecas rusas que acabarán por contener el mundo entero:
Así ahora las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann, y las ninfeas del Vivonne, y la buena gente del pueblo y sus pequeñas casitas y la iglesia y todo Combray y los campos de alrededor, todo eso que está tomando forma y solidez, ha salido, ciudad y jardines, de mi taza de té.
No me dirán que no apetece pedir música, y títulos de crédito.
1 comentario:
Con Nesquik, en vez de te, hubiera sido todo mucho más fácil. Lo dice un experto en magdalenas ;-)
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