
Al empezar a escribir sobre El corrector, la última de Menéndez Salmón, sé que debería evitar caer en la frivolidad (que él repudia, según leí) de detenerme en el juego de las tontas casualidades que a mí tanto me suelen atraer (por ejemplo que, en plena fiebre bernhardiana, me tope con sendas citas suyas –del austriaco, entiéndase- abriendo y cerrando novela; por ejemplo que el narrador acaricie el mapa de Yoknapatawpha de su edición de ¡Absalón, Absalón! tal como yo mismo hice ayer al terminarla; por ejemplo que en la novela Menéndez Salmón parezca jugar con los títulos de sus primeros libros –léase: Los filósofos del invierno, Frenopático– del mismo modo que yo hice con el título de alguno de sus últimos libros –leáse: Las yeguas de Lisboa, El agravio– en un cuento que, por cierto, sé que él tuvo la obligación de leer –pues fue jurado de un premio al que concurrí, sin ganar, con ese y otros relatos–, y que posiblemente hojeó del mismo manuscrito que yo recogí esta tarde diez minutos después de comprar El corrector, cuento que trata básicamente de las casualidades y en el que se afirma que “no nos resistimos a dar nombre, y por tanto carta de realidad, a estas elegantes fintas del tiempo”, como se lee en El corrector –p. 113– que “la gran enfermedad del hombre es buscar un sentido y una finalidad a cuanto sucede”; o, por ejemplo y por último, que el 11 de marzo de 2004, día en que se ambienta la mayor parte de la novela, yo mismo también me estuviera dedicando, como el protagonista, a la corrección de otro texto, aun cuando no se tratara de unas galeradas dostoievskianas ni mucho menos, sino de un banal y petulante trabajo académico, y que al igual que ese protagonista me viera obligado a emerger de ellas para abismarme en el horror televisivo de aquella jornada).
No, si me dispusiera a escribir algo sobre El corrector, creo que empezaría haciendo notar en qué medida latió en mi memoria, durante toda su lectura, la breve frase con la que Salmón remachó un email colectivo en el que nos anunciaba, hace meses, la aparición de esta obra, una frase que decía (cito de memoria, excúsese si yerro) “creo que es mi libro más personal”, una frase cuyo latido no pude evitar de cabo a rabo porque, y a diferencia de las últimas novelas suyas (La ofensa, Derrumbe, que son las únicas que he leído amén de los volúmenes de cuentos Los caballos azules y Gritar), ésta es, en efecto, nada más y nada menos que una simple novela de una simple persona. Y ahora me explico.
Si hay algo en La ofensa o en Derrumbe que ha subyugado a lectores y críticos eso es, creo yo, la poderosísima, casi gigantomáquica, mirada de Salmón, proyectada en ambos casos a través de sendos narradores que respiran sus respectivas historias mediante un aliento ronco, arrebatado, que evoca la furiosas bofetadas de un océano o las rabiosas, bíblicas amonestaciones de un profeta furibundo (dicho sea sin otro ánimo que el de hallar una sinestesia pertinente). La decantación, ahora, por un narrador personaje, implica en consecuencia un feliz desplazamiento desde esa óptica tutelar, cenital, de la omnisciencia, hacia un territorio tanto más sutil en el que se dialoga en primera del singular sobre el amor y el ocultamiento (es la historia de un matrimonio y sus secretos), la ilusión o las frustraciones (como también la historia de un escritor que se ha negado a serlo), los miedos y las convicciones (y por supuesto la historia de un espectador tan lúcido como desesperanzado del mundo que se abre ante sí al otro lado de la ventana, en el cristal del televisor, en la panadería del barrio); se trata, en definitiva, de un giro tanto estilístico cuanto, creo yo, emocional, que abre la espita del rencor pero también la de la ternura o, incluso, la de un cierto humor (yo al menos he sonreído leyéndolo -creo que por vez primera- en algún que otro fragmento; los dedicados a Otegui, por ejemplo), y nos devuelve al universo reconocible, por más que siempre insondable, del individuo, un solo individuo, un simple individuo.
Hay algo extraordinariamente sorprendente, para mí, en Salmón, algo que yo denominaría –ojo, con más admiración que reproche- su absoluta falta de pudor. Y me explico también. Allí donde, estoy seguro, cualquier otro escritor hubiera vacilado o, sin más, se hubiera censurado, él no duda en perseverar, indiferente a cualquier sonrisa de ironía o condescendencia que ese tesón pudiera producir. Y, así, dará las lecciones históricas o filosóficas que crea conveniente, se entretendrá cuanto crea necesario en aquellas consideraciones cuyo ulterior e indiscutible valor de verdad prevalezca por encima de cualquier reparo de orden meramente esteticista; dirá lo que quiere decir y lo dirá bien alto y bien claro, sin otro ánimo, me parece, que fatigar una sorprendente búsqueda de la sinceridad ajena a superficialismos, diletantismos, esteticismos, convencionalismos.
Aunque yo, desde luego, prefiero pensarla como una historia de amor, El corrector se está vendiendo como una novela sobre el 11-S (si no como la primera que se devana en hacerlo); y eso es algo que, a primera vista, podría ilustrar lo anterior: quién, si no alguien alimentado por una radical convicción en el sentido del deber literario, se habría atrevido con el entuerto de tratar de escribir algo convincente y, sobre todo, digno, a propósito de un acontecimiento ante el cual palidecen todos los discursos (quizá porque a su alrededor se tejieron y tejen todavía tantos discursos mendaces, pero también porque el horror eleva siempre en torno a sí una impenetrable mampara de vacío cuya superficie parece que las palabras arañarán en vano). Una sola decisión de ese estilo es, pienso, un acto de valentía.
Leía el otro día que Faulkner afirmó de El ruido y la furia que era “el mejor de sus fracasos”. Dudo que proyectos de semejante envergadura merezcan, realmente, la tiranía de un juicio sumario; o, en todo caso, cabe afirmar que su éxito adviene por el simple hecho de haber sido intentados, de haber concitado un esfuerzo que casi hace indiferentes sus resultados. Quizá todo lo anterior suene un tanto entusiasta, pero creo que es también deber de lector (y por supuesto de colegas, aun de tercera) saludar y agradecer a aquellos escritores que, dejando a un lado motivaciones secundarias o directamente espurias (de las que no es fácil sentirse siempre libre, todo hay que decirlo), se dedican a la literatura con verdadera fe y convicción en el oficio, y que, gusten más o menos, resulten más próximos o más remotos, o con los que disentamos en más o menos párrafos, sintagmas o comparaciones, siempre resultarán por ello acreedores del mayor respeto.
No, si me dispusiera a escribir algo sobre El corrector, creo que empezaría haciendo notar en qué medida latió en mi memoria, durante toda su lectura, la breve frase con la que Salmón remachó un email colectivo en el que nos anunciaba, hace meses, la aparición de esta obra, una frase que decía (cito de memoria, excúsese si yerro) “creo que es mi libro más personal”, una frase cuyo latido no pude evitar de cabo a rabo porque, y a diferencia de las últimas novelas suyas (La ofensa, Derrumbe, que son las únicas que he leído amén de los volúmenes de cuentos Los caballos azules y Gritar), ésta es, en efecto, nada más y nada menos que una simple novela de una simple persona. Y ahora me explico.
Si hay algo en La ofensa o en Derrumbe que ha subyugado a lectores y críticos eso es, creo yo, la poderosísima, casi gigantomáquica, mirada de Salmón, proyectada en ambos casos a través de sendos narradores que respiran sus respectivas historias mediante un aliento ronco, arrebatado, que evoca la furiosas bofetadas de un océano o las rabiosas, bíblicas amonestaciones de un profeta furibundo (dicho sea sin otro ánimo que el de hallar una sinestesia pertinente). La decantación, ahora, por un narrador personaje, implica en consecuencia un feliz desplazamiento desde esa óptica tutelar, cenital, de la omnisciencia, hacia un territorio tanto más sutil en el que se dialoga en primera del singular sobre el amor y el ocultamiento (es la historia de un matrimonio y sus secretos), la ilusión o las frustraciones (como también la historia de un escritor que se ha negado a serlo), los miedos y las convicciones (y por supuesto la historia de un espectador tan lúcido como desesperanzado del mundo que se abre ante sí al otro lado de la ventana, en el cristal del televisor, en la panadería del barrio); se trata, en definitiva, de un giro tanto estilístico cuanto, creo yo, emocional, que abre la espita del rencor pero también la de la ternura o, incluso, la de un cierto humor (yo al menos he sonreído leyéndolo -creo que por vez primera- en algún que otro fragmento; los dedicados a Otegui, por ejemplo), y nos devuelve al universo reconocible, por más que siempre insondable, del individuo, un solo individuo, un simple individuo.
Hay algo extraordinariamente sorprendente, para mí, en Salmón, algo que yo denominaría –ojo, con más admiración que reproche- su absoluta falta de pudor. Y me explico también. Allí donde, estoy seguro, cualquier otro escritor hubiera vacilado o, sin más, se hubiera censurado, él no duda en perseverar, indiferente a cualquier sonrisa de ironía o condescendencia que ese tesón pudiera producir. Y, así, dará las lecciones históricas o filosóficas que crea conveniente, se entretendrá cuanto crea necesario en aquellas consideraciones cuyo ulterior e indiscutible valor de verdad prevalezca por encima de cualquier reparo de orden meramente esteticista; dirá lo que quiere decir y lo dirá bien alto y bien claro, sin otro ánimo, me parece, que fatigar una sorprendente búsqueda de la sinceridad ajena a superficialismos, diletantismos, esteticismos, convencionalismos.
Aunque yo, desde luego, prefiero pensarla como una historia de amor, El corrector se está vendiendo como una novela sobre el 11-S (si no como la primera que se devana en hacerlo); y eso es algo que, a primera vista, podría ilustrar lo anterior: quién, si no alguien alimentado por una radical convicción en el sentido del deber literario, se habría atrevido con el entuerto de tratar de escribir algo convincente y, sobre todo, digno, a propósito de un acontecimiento ante el cual palidecen todos los discursos (quizá porque a su alrededor se tejieron y tejen todavía tantos discursos mendaces, pero también porque el horror eleva siempre en torno a sí una impenetrable mampara de vacío cuya superficie parece que las palabras arañarán en vano). Una sola decisión de ese estilo es, pienso, un acto de valentía.
Leía el otro día que Faulkner afirmó de El ruido y la furia que era “el mejor de sus fracasos”. Dudo que proyectos de semejante envergadura merezcan, realmente, la tiranía de un juicio sumario; o, en todo caso, cabe afirmar que su éxito adviene por el simple hecho de haber sido intentados, de haber concitado un esfuerzo que casi hace indiferentes sus resultados. Quizá todo lo anterior suene un tanto entusiasta, pero creo que es también deber de lector (y por supuesto de colegas, aun de tercera) saludar y agradecer a aquellos escritores que, dejando a un lado motivaciones secundarias o directamente espurias (de las que no es fácil sentirse siempre libre, todo hay que decirlo), se dedican a la literatura con verdadera fe y convicción en el oficio, y que, gusten más o menos, resulten más próximos o más remotos, o con los que disentamos en más o menos párrafos, sintagmas o comparaciones, siempre resultarán por ello acreedores del mayor respeto.
2 comentarios:
Acojonante la erudición mostrada para no decir nada como no sea mostrar lo eruditos que somos. Las críticas, queridos, han de ser cristalinas como el agua clara: el libro es bueno, es malo o es regular. y justificarlo of course.
Al final uno no sabe si "El Corredctor" te gustó o no te gustó o la música pasa por Pravia.
MR
Vaya, pues ya siento haber provocado tanto malestar. Tengo claro que jamás escribo para mostrar una erudición de la que soy bien consciente de carecer, por más que así pueda parecerlo (en cuyo caso mi fracaso comunicativo en este blog, que a veces me parece más el lamento de un quejica que otra cosa, resulta fenomenal).
Lo que no tengo tan claro es que deba sujetarme por razón de ningún tipo a un cierto modelo de crítica, como tampoco me apetece tragar así porque sí con supuestos “debes” (debe ser así, debe concluir asá) relativos al género (pero allá cada cual con sus tiranías), ni mucho menos si lo que a uno le apetece teclear en su blog merece tal nombre, o debe aspirar a ello, o ser juzgado en consecuencia, en la medida en que nadie se la ha pedido, nadie se la pagará, a ningún medio o grupo presta apoyo o servicio, y desde luego no fue concebido con otro fin que el de pasar un rato pensando en voz alta.
Si yo adolezco de erudición, a mí esto me suena a miopía, la verdad.
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