23 feb 2009

Melodías febriles


Estos días pasados de fiebre los acompañé de Tala, de Bernhard (ahora estoy con La calera), y las últimas páginas de ¡Absalón, Absalón!, de Faulkner, lecturas de por sí ya un tanto febriles. La primera, y más allá de su evidente carácter diatribesco (yo creo que Marías lleva razón, y que hay tanto de exageración en el austriaco que a la postre resulta, a su manera, cómico), es un fascinante ejercicio de compresión narrativa: a primera vista, una novela de doscientas páginas sin un solo punto y aparte podría parecer un tanto abrumadora, y de todo menos ágil; sin embargo, el soliloquio circular del narrador (no es tanto un monólogo interior cuanto el recuerdo –el relato– de un monólogo, como así lo indica la constante reiteración de la fórmula “pensaba”) consigue atrapar la atención e interés desde la primera línea hasta la última, envolviendo al lector en juego de avances y retrocesos, de repeticiones y sutiles progresiones que lo desplazan simultáneamente a lo largo de los diversos brazos de la trama (si de tal puede hablarse) que transcurre durante esa “cena artística” a la que asiste el narrador.

De la segunda apenas puedo decir nada que no roce la obviedad: el gigantesco puzle de voces, discursos y fragmentos armado por Faulkner es un espectáculo literario cuyo prodigio difícilmente puede remedarse en otros términos que no sean los propios de la novela. Además, y aun desconociendo las anteriores (y por supuesto el original inglés), me atrevo a decir que la traducción de Martínez Lage es excelente en la medida en que logra un texto vivísimo, palpitante, de una modernidad no sólo pretendida (así lo explica en su posfacio) sino, a mi modesto juicio, lograda a la perfección.

Y cavilaba yo estos días que, puestos a pensar en metonimias, lo que sucede con la narrativa del siglo XX es también, básicamente, una cuestión de fiebre. Como si, de algún modo, los ataques nerviosos que sufren los personajes de Dostoievski, o los delirios de grandeza que habitan los personajes de Melville, o los accesos de locura que retuercen el destino de algunos de Henry James (o de Poe, o de Conrad… se aceptan más ejemplos), llegado el momento hubieran rebasado los diques de la trama para contagiar y enfermar definitivamente al propio discurso narrativo, hasta entonces todavía dentro de los límites de un cierto clasicismo que la subordinación jamesiana, o la teatralidad melvilliana, o el desafuero conradiano o dostoievskiano o poeiano (?) sí amenazan pero sin llegar a poner del todo en tela de juicio. Esa enfermedad del decurso y el discurso se hará en cambio evidente en la cancerígena prosa proustiana (que sigue la lógica expansiva y abusiva del tumor), en la arrebatada escritura faulkneriana (la más febril, quizá, de todas), en la aparentemente aséptica narrativa kafkiana (cuya inocente calma supura no pocos tósigos y humores malignos) y, cómo no, en la insoportable pedantería joyceana (lo siento, pero no puedo –en todos los sentidos del término– con el maldito Ulises).

Unos y otros crean, a su modo, un arte nuevo, una música nueva que seguimos oyendo hoy al leer a Bernhard, al leer a Michon, al propio Marías (Tu rostro mañana I se subtitula, por cierto, Fiebre y lanza), por citar al albur de la memoria a corto plazo (pero se aceptan, insisto, más ejemplos); una música cuya geometría, cuya poesía, cada vez me parece, al menos de un tiempo a esta parte, el valor fundamental del texto narrativo, más allá del ingenio, interés o emoción de una historia, la habilidad de una cierta trama, la resonancia de determinados temas.

Cuando Miguel Barrero me entrevistó para Les Noticies, hace unos meses, incluyó en el cuestionario una hábil pregunta sobre la relación entre música y literatura que luego no se publicó por razones de espacio, pero en cuya respuesta comprendo ahora que ya intenté dar cuenta de algo de todo esto, cuando repliqué (lo bueno de un blog es que le permite a uno semejantes excesos de juventud y egolatría, que diría Baroja) lo siguiente: “la escritura de canciones comparte con el poema, aunque de modo más laxo, los condicionantes clásicos de la métrica, la rima, el ritmo… y la necesidad de la expresión urgente, concisa, en torno a un par de ideas o un leitmotiv que condensen el sentido y lo atrapen. Y, aunque en este aspecto tiene poca relación con el relato o la novela como formatos narrativos, sí lo tiene con la prosa como vehículo rítmico de una historia. A mí fascinan los escritores en los que creo percibir ese aliento rítmico, casi musical, en cuya prosa los temas parecen sucederse como las líneas de una vasta sinfonía (yo, que soy un absoluto ignorante en cuestiones de música clásica), o que parecen evocar, al menos, la esquemática pero tan mágica estructura de estrofa y estribillo, imponiendo al relato una tensión circular, reiterativa… La canción, como el poema o el relato, no es más que un dibujo trazado en el tiempo, un esbozo que sucede en el plano móvil de la duración, y ojalá yo fuera capaz de manipular esa dinámica de repetición, cambio y fin con la elegancia que admiro en las grandes canciones o las grandes novelas. En eso estamos”.

Sé de sobra que hay razones espurias, o al menos no específicamente estéticas, para este hipotético posicionamiento: por un lado, es responsable de haber dotado de tales privilegios al acontecimiento discursivo mi cada vez peor memoria lectora (hay libros leídos no hace siquiera un año cuya trama se me ha esfumado, literalmente, de la cabeza), a causa de cuya nula capacidad de retención la experiencia de leer un libro ha ido convirtiéndose, poco a poco, en un fenómeno que acontece y se agota en los propios límites del texto, más allá del cual (una vez cerrado y suplantado por otro) la obra desaparece, sin tiempo de cuajar en una experiencia autónoma y diferenciada del objeto (considerado casi en su pura fisicidad) de lectura. Por otro lado, también tiene parte de culpa el hecho de que ahora mismo esté empeñado en dos textos (la coletilla “en eso estamos” que cerraba mi réplica no era nada casual) en cuyos narradores se advierten síntomas inequívocos de una pareja febrilidad expresiva, sin que ello signifique, quede claro, que me considere ni por un momento a la altura de los preclaros e insignes enfermos que me han enseñado el camino.

Como siempre, yo sólo me dedico a tararear, y eso de oídas, las grandes canciones que se me han quedado pegadas.


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