14 feb 2009

El secreto de los trenes




Una entrada sobre Los locos en el blog de Miguel Barrero (a quien robo sin más la foto) me ha removido dos o tres recuerdos que resumí allí, en El gatopardo, con un comentario rápido cuya versión ampliada diría así:

La primera vez que entré en un estudio de grabación yo tenía dieciocho años, una Epiphone SG y un pedal Ibanez de distorsión en préstamo. A mi lado caminaba Charlie, quien en aquel grupo de dos cumplía el papel de cantante sin micro y de bajista sin bajo (ah, las cuerdas graves de la guitarra española...); de hecho, la primera vez en su vida que tocó uno (un bajo, digo) fue allí, en las instalaciones del Molinón donde, por aquel entonces, se encontraba el Taller de Músicos.

Pero no quería hablar de aquellos adolescentes tardíos e imberbes que solían esconderse en una esquina del pub Zero para ver a Kactus Kack dejando huella -literal- en el techo de la sala, a unos Screamin´ Pijas interrumpidos porque su guitarrista tenía que largarse a coger el Alsa de Oviedo, o a un melancólico trío que se decían Australian Blonde y cantaban una bonita canción llamada “I want you” que a mí, para qué negarlo, me recordaba a U2. Quería hablar, más bien, del tipo melenudo y de aspecto desaseado que nos esperaba, aquel agosto de 1994 (creo que digo bien), a los mandos de la mesa de grabación: el mismísimo Paco Loco, el músico ya entonces mítico cuyas primeras producciones grungeras (lo siento, de aquella todavía hablábamos así) de esas u otras bandas ya habíamos oído y envidiado, y a quien, por supuesto, habíamos visto tocar en repetidas ocasiones (la más memorable de las cuales, sin duda, fue aquella noche en el mismo Zero, con Sangrientos, cuando, armado de un jack inalámbrico, en medio de una canción salió del bar, bajó escaleras, cruzó a saltos Pablo Iglesias, se apoyó un rato en la pared del patio del Codema –nuestro cole-, volvió a cruzar a saltos la calle ante la atónita mirada de más de un conductor, volvió a subir escaleras y entró en el bar para rematar el solo que no había dejado de tocar durante todo ese tiempo).

Para decirlo finamente, estábamos acongojados, y no tanto porque nos dispusiéramos a registrar por vez primera nuestros orgullosos singles cuanto porque sería él, Paco (luego siempre nos referimos a él de esta guisa, sin falta del loco apellido), el encargado de hacerlo. Del resultado no puedo decir nada que la nostalgia no empañe o falsee, del proceso sólo recuerdo lo bien que lo pasamos y lo mucho que aprendimos aquellas tres o cuatro mañanas (no serían más); hasta aquel horrible pedal Ibanez, en sus manos, parecía capaz de transportarnos del Molinón a Seattle, de suerte que cuando salimos de allí con la maqueta bien grabada en su casette analógica estábamos más orgullosos si cabe de nuestros singles, de cómo sonaban (ahora que tenían, por ejemplo, batería, aunque programada), y del extraordinario futuro que sin lugar a dudas nos aguardaba a la vuelta de la esquina; recuerdo que aquel día, cuando se la puse a mis padres, les dije textualmente: “fijaros, así suena el Xixón Sound”. Cosas de críos.

Meses más tarde, cuando para cumplir con el Taller de Músicos (la “beca” consistía en la grabación de la maqueta y la actuación posterior) tuvimos que dar nuestro primer concierto, ahora ya con baterista real, nos esperaba otro pequeño susto o sorpresa: que fuera Carlos Loco quien, en aquel pequeño teatro del Ateneo de la Calzada, estuviera encargado de la mesa de sonido. Y a vueltas, otra vez, con el nerviosismo de encontrarnos a punto de exhibir nuestro dudoso arte ante “uno de los grandes”.

Sin embargo, y eso es lo que descubrí balbuceando en el blog de Barrero, tan extraordinarios músicos eran capaces de hacerte sentir, si no a su altura (no creo que fuéramos nunca tan ilusos), sí al menos dignos de intentar nuestra propia jugada, merecedores de nuestra pequeña oportunidad, acreedores de un cierto derecho a existir, que no es poco sino, en verdad, todo lo más que se le puede pedir a la vida.

Demasiado a menudo he encontrado después, en órdenes vitales muy distintos, la clásica figura del perdonavidas que, desde su ganado o inmerecido encumbramiento, contempla los afanes de los primerizos con una evidente sonrisa de desdén, como si nunca él hubiera tenido que dar semejantes pasos o hubiera ascendido a su puesto de privilegio (y así es a veces, por ejemplo en la universidad) por infuso procedimiento, sin gasto ni coste ni denuedo alguno. Pero, por suerte, también me he encontrado (y sigo haciéndolo) nuevos maestros que, como Paco o Carlos en su día, me enseñaron los valores de la generosidad o el entusiasmo, así como el difícil arte de contagiarlos.

Apenas traté luego a Carlos Loco aunque sí a Paco, quien volvió a producirnos pocos meses más tarde nuestro orgulloso epé para Subterfuge (él tuvo la culpa, en buena medida, de que la maqueta llegara a oídos madrileños), y años más tarde nuestro humilde (eran otros tiempos) elepé para Astro, amén de otras cosas sueltas. Nunca más he vuelto a tener contacto con él, aunque mucho lo eché de menos cuando Marienbad entró a su vez, ya en este siglo, en el estudio donde parimos “Vidas paralelas”. Por cierto: como en una curiosa broma (o es más bien rima) del tiempo, la noticia de la muerte de Carlos nos llegó, precisamente, en vísperas exactas del primer concierto de Marienbad, otro primer concierto en el que, a pesar de los años, volví a sentir la misma inquietud y excitación de aquella tarde de 1994, cuando la figura desgarbada y animosa de Carlos nos apremiaba, por detrás de sus gafas, a probar sonido.

Como dejé dicho en mi apostilla a Barrero, siempre he sentido por ambos, estén donde estén, el cariño que se tiene por un abuelo (con perdón de avejentarlos impunemente) que te descubre el secreto de los trenes.





1 comentario:

Miguel Barrero dijo...

Lo de "así suena el Xixón Sound" me ha llegado al alma... La verdad es que me hubiera gustado vivir aquellos años.

[No sé si estás en Facebook, pero hace tiempo creé allí una página de fans de Los Locos, te lo digo por si quieres unirte]