15 feb 2009

vueltas de tuerca




Está fuera de toda duda que el azar siempre se empeña en aparentar un cierto orden, una lógica, un propósito o designio. Todavía el otro día, en nuestra tertulia de coche, lo comentaba con Javier R. a propósito de mi “obligada” lectura de algunos relatos de Henry James después de que, por tres veces seguidas en apenas una semana (en una charla con el propio Javier, en un avance crítico de la última de Menéndez Salmón, en no sé qué más), me topara con diversas alusiones capaces de obligarme, al fin, a cumplir tan feliz rito de paso.

El viernes, de hecho, entré en Paradiso como una exhalación (tenía sólo cinco minutos) buscando más James, pero como no encontré lo que buscaba (ah, sí, eso era: “The jolly corner” traducido), me giré hacia la balda de literatura en lengua alemana en pos de otro nombre que también me andaba rondando la cabeza estos días, desde que me lo encontrara citado una vez más (y cuántas van ya) en el posfacio de Martínez-Lage a su traducción de ¡Absalón, Absalón!: me refiero a Bernhard, de quien primero supe a través de Javier Marías (otro invitado de la semana) y sus artículos a él dedicados por ejemplo en Literatura y fantasma.

Hasta hoy sólo he leído (y tengo), del austriaco, El sobrino de Wittgenstein, básicamente porque, por una vez, me apetecía seguir cierto orden, empezando por Trastorno, y hasta la fecha no he encontrado de ésta una edición a la venta. (El otro día, revisando un viejo blog colectivo, descubrí que una compañera de entonces ya estaba leyéndolo hace una década: segunda interferencia). Tampoco había Trastorno en Paradiso, pero no tuve tiempo de insistir en mis pesquisas porque, así como de canto, me topé allí mismo con La promesa, la novela de Dürrenmatt que inspiró El cebo, una película de Vadja que vimos hará un año (para descubrir que ya la conocía, por otra parte) después de soportar durante meses de ensayos la insistente recomendación de Scattini, fan declarado del film. Cuál no sería mi lógica sorpresa este verano cuando, fisgando el blog de mi colega Xandru Fernández, descubrí que estaba a punto de aparecer, precisamente, su traducción al castellano de la novela final de Dürrenmatt, que fue lo que acabé comprándome el viernes y leyendo con no poco placer ayer tarde.

Pero la cosa no acaba ahí, y alguno igual ya me ha pillado: en su artículo del EPS de hoy, Marías ha vuelto sobre… Bernhard, completando a su modo uno de esos artículos de Literatura y fantasma que antes mencionaba (en el que, allá por 1996, ya terminaba contando cómo había guardado sin leer Extinción, a modo de antídoto contra futuras nostalgias cuyo turno, al parecer, ya ha tocado). De hecho, las referencias sobre el supuesto sentido del humor bernhardiano que hoy hace Marías (cuya batallesca sombra se cernió a su vez sobre La falsa memoria días atrás) se corresponden exclusivamente (no podía haber sido de otro modo) a El sobrino de Wittgenstein.

Así las cosas, y algo abrumado ya por tanta cadena de azares y referencias cruzadas, no he tenido más remedio que sentarme en el sofá a releer la novelita (cuestión de tamaño, no de otra cosa) no sin cierta aprensión, no fuera a ser que en sus páginas me aguardaran nuevos envíos, nuevas vueltas de tuerca (je) a esta aparatosa espiral de casualidades que, por otra parte, sólo a un lector descuidado y perezoso como el que esto firma podría haberle acontecido.


No fue así. Sólo, y en todo caso, un divertido autorretrato:

Sólo en la mayor necesidad y cuando están amenazadas la vida y la existencia, y sólo hasta los cuarenta años, se tiene derecho a aceptar un premio que lleva consigo una suma de dinero o, en general, un premio o una distinción. Yo acepté mis premios sin estar en la mayor necesidad ni tener la vida y la existencia amenazadas, y con ello me hice abyecto y despreciable y, en el sentido más exacto de la palabra, repulsivo. (p. 96)

Y ahora me vuelvo a Faulkner, que en eso estaba.




* * *



Thomas Bernhard [1982], El sobrino de Wiigenstein. Barcelona, Anagrama, 1988. Traducción de Miguel Sáenz.

Javier Marías [1993], Literatura y fantasma. Barcelona, De Bolsillo, 2007. (págs. 319-324)

--, [2009]. “El sublime exagerador”. El País Semanal, 15 de febrero de 2009. (pág. 94)

Friedrich Dürrenmatt ]1957], La promesa. Barcelona, Navona, 2008. Traducción y prólogo de Xandru Fernández.




1 comentario:

Xandru Fernández dijo...

Para añadir un poco más de carnaza (o de "perico"), tengo que confesarte que el otro día, al leer tu post sobre la novela de Javier Marías, el primer nombre que se me vino a la cabeza fue el de Bernhard. Esa dichosa novela hizo que le perdiera el respeto (a Marías), debido en parte a que su aplaudido monólogo real me recuerda demasiado al del príncipe Saurau en "Trastorno".