20 abr 2009

combate

Si no peco de miopía, que todo es posible, la primera mención que hace Isak Dinesen de su marido en Memorias de África no adviene hasta la página 220, de un total de trescientas poco en mi bolsillesca edición. A veces un solo dato (como, por poner otro, que el relato original de Scott Fitgerald que da título–pero poco más- a la voluminosa película El curioso caso de Benjamin Button de Fincher ande por las veinte páginas escasas) sirve para dejar las cosas claras, marcar las distancias pertinentes, y pasar a otra cosa.

Sobre la adaptación cinematográfica de originales literarios se han escrito no pocas sandeces, obviedades y pedanterías (alguna incluso lleva mi firma). Para mí, no obstante, sigue suponiendo uno de esos fértiles territorios intelectuales en cuyos límites siempre acabo aprendiendo algo, aunque sólo se trate –de nuevo- de prescindibles sandeces o gruesas obviedades (las obviedades hay que andar aprendiéndolas siempre, son de fácil y peligroso olvido). Será que, amén de metonímico, adolezco de pensamiento contrastivo, y sólo acierto a extraer cierto jugo mental de aquellos escenarios donde, por obra y gracia del conflicto, cada término de la comparación acaba desvelando lo mejor y lo peor de sí mismo, como verdaderos soldados accidentales enfrentados al dilema de un combate a muerte. (Cuidado: la adaptación, como combate, para mí se detiene en el punto en que se alzan las espadas o se aprieta el primer gatillo. Nunca me ha interesado especialmente quién gana o pierde al final de la jornada, sino más bien qué chispas de luz arranca el acero de los escudos, qué heridas se abren al primer tajo, cuántos y cuáles flancos flojean al poco de entablarse la lid… buff).

En los dos casos curiosos que he citado, el de Dinesen o Fitzgerald, el aparato cinematográfico ha demostrado sobradamente su incomparable capacidad para orquestar un gigantesco espectáculo a partir de tan frágiles o inútiles –a tal fin- mimbres. Poco o ningún parecido guarda la estructura reiterativa de Memorias de África, lectura sin otra lógica que la acumulación anecdótica, con la arrebatada dramaturgia del film. Nada hay del cáustico humor fitzgeraldiano, de su impresionismo y su sorna, en el impenetrable ladrillo de Fincher. Tampoco nada que objetar, en ninguno de los cuatro casos. Cada cual juega su juego y lo hace, creo yo, con notable dignidad. Cada cual atiende a sus objetivos y fines, y supongo que los consigue. Un libro de memorias, un melodrama romántico, un cuento burlón, otro melodrama romántico. Pero qué hermoso espectáculo cuando, de dos en dos, toman posiciones y se introducen en el cuadrilátero.

Por cierto, cuánto me gustaría saber qué opina mi querido Amaba de la última de Fincher, a quien ambos, allá por un lejano verano vallisoletano, nos vimos en la curiosa obligación de defender (eran los tiempos de El club de la lucha) de la atonía crítica de nuestros colegas de máster. A ver si pica.

1 comentario:

Roberto Amaba dijo...

Oh, jabonosos y fincherianos recuerdos a lomos de magníficos asientos de sky. Ya sabes que sería capaz de defender Fight Club como el Citizen Kane del fin del milenio si el hambre me empujara a ello.

Pero no me pinches con Button porque por ahí todavía no sangro, no la he visto. Me quedé sin fuerzas tras Panic Room y Zodiac, las dos muy alabadas para pasmo de servidor, que no les vio el menor atractivo.

Sobre Button he leído poco, algunos de los que me fío -supongo que cabes ahí- coinciden en la condición ladrillística de la obra. Ya caerá, o no.

Y ahora te dejo, que en mi pueblo es fiesta, se comen hornazos y tal, aunque con la astenia crónica que llevo hace tiempo que no diferencio festivos de laborales o lo que sean esos días donde la gente normal se gana el jornal.

Un abrazo.