La pregunta no puede ser más sencilla: ¿Es Gran Torino una buena película? Sí, sencilla a rabiar; pero llevo con ella un par de días (bueno, a intermitencias dictadas por una fugaz gastritis) y sigo sin dar con la respuesta.
Hay cierto tipo de mentalidades muy afines al juicio categórico en cuestiones, digamos, artísticas: los que buscan, incluso exigen a veces (como me ha pasado a mí en este blog) con maleducada displicencia, una respuesta tajante, como si el titubeo o la ambivalencia fueran pestes intelectuales de mejor destierro. Para tales mentalidades proclives al juicio sumario (el suyo es un tranquilizador mundo de culpables o inocentes), el debate en que yo podría enzarzarme ahora, a propósito de la última de Eastwood (no lo haré en realidad, estoy hecho polvo), no sólo sería baladí, sino incluso síntoma de una terrible enfermedad moral que rechazarían con aspavientos de asco o acusaciones de insoportable pedantería. Sin embargo, yo sigo topándome con él, sigo siendo incapaz -con obstinada frecuencia- de tales juicios, o a lo sumo encuentro en no pocas ocasiones argumentos simultáneos a favor o en contra de la obra en cuestión en cuya contradictoria marejada me quedo atrapado sin remedio.
Dos metonimias, para no cansar. A cualquier manual de técnica narrativa (esa seudodisciplina hermana menor de la narratología estructural que abunda en títulos tipo Cómo escribir una novela, Cómo construir un personaje, etc., y que a/para mi pesar me vi obligado a hojear en su día, cuando era profesor de talleres literarios) la "curva de evolución" del personaje protagonista de Gran Torino le resultaría, inmediata y definitivamente, culpable de flagrante inverosimilitud, tanto por su trepidancia cuanto por su magnitud (la curva dichosa se lo lleva de un extremo a otro de lo posible en apenas cuestión de minutos). O qué decir del esperpéntico e hiperbólico diseño de los personajes secundarios, con medalla de honor al elenco de familiares del viejo cascarrabias (hijos, nueras, nietos). Y de la trama/trampa final no digo nada, por si algo estropeo.
Pero, por otro lado, me parece innegable que Gran Torino es una de esas películas que se ve de un tirón, que provoca no pocas sonrisas, cuyo protagonista mueve a compasión y ternura sin falta de peripecias y anagnórisis, y que, en suma, se disfruta y que -mejor aún- perdura en el recuerdo, pese a los empeños y disparates del flujo gástrico, con el dulzón regusto que siempre dejan las fábulas bien narradas. Y eso, qué quieren que les diga, debería ser razón suficiente para merecer el podio, los laureles o la medalla, si es que en cuestiones tales (yo me niego, la verdad) tuvieran alguna importancia efectiva semejantes galardones.
2 comentarios:
Hola,
Pues yo creo que en gran parte de las películas de Eastwood (sobre todo en los últimos años) la respuesta suele ser la pregunta, dejarte pensando no ya en cuestiones técnicas, artísticas o de gusto, sino en esa especie de dilema moral que muchas veces resulta tan incómodo (Mystic River, Million dollar Baby).
A mí es lo que más me gusta de su cine, mejor (Million dollar...) o peor (Banderas de nuestros padres es lamentable técnicamente en muchas cosas) narrado siempre es agradable tener que revolverte con los títulos de crédito en lugar de resetear la neurona y si te he visto no me acuerdo.
Y Gran Torino, sí, es una buena película, puede que hasta una pequeña-gran película.
Un abrazo.
¿Ternura? ¿Atrición? ¿Redención de los excesos de bravucón de su filmografía (todo el tiempo es un gag de sí mismo haciendo de sí mismo)? Ay, pero nadie como él sabe decir "Moreno" o "Cara pomelo". Yo como tú, me balanceo en la ambivalencia ¿o no?
Besos,
Natalia
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