No me considero un bibliófilo empedernido, ni mucho menos, pero como a cualquier hijo de vecino para quien los libros posean, además de su evidente valor práctico (vaya: permitir la lectura de determinado texto), un ineludible valor sentimental (vaya: un valor intrínseco como objetos hermosos, nostálgicos o prometedores), las librerías de viejo, los mercadillos o los puestos de rastro han solido proporcionarme a lo largo de los años más de una buena alegría, cuando un volumen determinado (cuya posesión se deseaba hacía tiempo, o convenía para algún fin, o bien –que no es poco- provocaba una inmediata sonrisa de reconocimiento o complicidad) asomaba por entre las baldas o las pilas de libros pidiendo a gritos ser adquirido.
En mis tiempos mozos, cuando no tenía un duro, ese tipo de mostradores suponía, de hecho, el alimento principal de mi maltrecha biblioteca de estudiante. Luego descubrí, gracias primero a una beca y después a unas oposiciones, el delirante placer de la tarjeta de crédito, y dejé de frecuentarlos con tanto apetito. Pero todavía de vez en cuando procuro darme una vuelta por ellos; y, gracias al azar, casi siempre salgo feliz del intento.
Y así sucedió el otro día, en la cuesta de Moyano, cuando en mis manos apareció, como por arte de magia, la primera edición castellana de una de las novelas que más veces he leído desde la infancia; y no porque sea un gran clásico, una obra imprescindible o un texto de referencia sino porque, sencillamente, se trata de la novela preferida de mi padre y puede que, por mi parte, la más divertida que conozco (al prurito retórico le conviene el carácter maximal de esta aseveración). Estoy hablando de El destino se llama Clotilde, publicada en 1943 por el escritor italiano Giovanni Guareschi, de quien nada sé más que su fama se debe, principalmente, a la saga de Don Camilo, luego popularizada cinematográficamente.
En mis tiempos mozos, cuando no tenía un duro, ese tipo de mostradores suponía, de hecho, el alimento principal de mi maltrecha biblioteca de estudiante. Luego descubrí, gracias primero a una beca y después a unas oposiciones, el delirante placer de la tarjeta de crédito, y dejé de frecuentarlos con tanto apetito. Pero todavía de vez en cuando procuro darme una vuelta por ellos; y, gracias al azar, casi siempre salgo feliz del intento.
Y así sucedió el otro día, en la cuesta de Moyano, cuando en mis manos apareció, como por arte de magia, la primera edición castellana de una de las novelas que más veces he leído desde la infancia; y no porque sea un gran clásico, una obra imprescindible o un texto de referencia sino porque, sencillamente, se trata de la novela preferida de mi padre y puede que, por mi parte, la más divertida que conozco (al prurito retórico le conviene el carácter maximal de esta aseveración). Estoy hablando de El destino se llama Clotilde, publicada en 1943 por el escritor italiano Giovanni Guareschi, de quien nada sé más que su fama se debe, principalmente, a la saga de Don Camilo, luego popularizada cinematográficamente.
De Don Camilo mi padre siempre hablaba con nostalgia porque según él la había perdido al prestarla sabe dios a quién (hasta el punto de que estas navidades le hemos regalado, para acallarlo, la edición de Homo Legens), y de ahí que yo nunca la leyera (ni tengo de momento pensado pedírsela, la verdad). En cambio, El destino se llama Clotilde (en la edición de Círculo de Lectores, 1966) siempre se encontró en su puesto de la estantería del salón, y cada cierto tiempo uno u otro, fuera él o yo, la tomábamos para leerla del tirón y volver a recomendárnosla con fervor.

Tanto cariño le cogí que, cuando me mudé, no dudé en llevármela (en robarla, diría mejor) junto con otros libros suyos, cosa que él no ha dejado de recriminarme (supongo que con razón) desde entonces.
Todavía hace un par de años volví a leerla, y recuerdo que pensé cuánto me gustaría disponer de una edición moderna y accesible para recomendársela a mis alumnos. Estoy seguro de que su delicioso cóctel de novela de aventuras, de novela romántica, de folletón estrafalario y de burlesque casi BusterKeatoniano (así como sus no menos llamativas piruetas metanarrativas, que abundan) sería un éxito seguro. Hasta tanto a nadie que tenga una editorial se le ocurra reeditarla (me ofrezco a prologarla, anotarla, traducirla incluso si hiciera falta con ayuda de R. y un buen diccionario), tendré que conformarme con esta edición de 1944 a cargo de la Tipografía La Académica, de Barcelona, incluida en la colección “Al monigote de papel” (significativamente definida –menudos años eran- como “colección optimista”), y traducida, como la posterior reedición del Círculo de Lectores, por Claudio Matas Ros. Eso sí: ya no tengo excusa para no devolvérsela a mi padre, aunque igual me lo pienso todavía.
Todavía hace un par de años volví a leerla, y recuerdo que pensé cuánto me gustaría disponer de una edición moderna y accesible para recomendársela a mis alumnos. Estoy seguro de que su delicioso cóctel de novela de aventuras, de novela romántica, de folletón estrafalario y de burlesque casi BusterKeatoniano (así como sus no menos llamativas piruetas metanarrativas, que abundan) sería un éxito seguro. Hasta tanto a nadie que tenga una editorial se le ocurra reeditarla (me ofrezco a prologarla, anotarla, traducirla incluso si hiciera falta con ayuda de R. y un buen diccionario), tendré que conformarme con esta edición de 1944 a cargo de la Tipografía La Académica, de Barcelona, incluida en la colección “Al monigote de papel” (significativamente definida –menudos años eran- como “colección optimista”), y traducida, como la posterior reedición del Círculo de Lectores, por Claudio Matas Ros. Eso sí: ya no tengo excusa para no devolvérsela a mi padre, aunque igual me lo pienso todavía.

Epilogazo (que diría Guareschi)
Y, por si lo anterior no fuera suficiente razón para llevármela (seis míseros euros mediante), al abrirla me encontré la siguiente dedicatoria, firmada el 15 de abril de 1947 por un tal Carlos:

“Otras veces no se llama así. Palabra”: si hay algo más enigmático que los viejos libros eso son, sin duda, las vidas de quienes los poseyeron o (como es el caso) los regalaron y entonces dejaron su huella en ellos para que, sesenta y pico años después, nosotros nos estremezcamos una soleada mañana de abril al oír, una vez más, el inconfundible murmullo de las mareas del tiempo.
Yo ya he dejado también mi firma; para quien venga.
5 comentarios:
Ponme en la lista, mi llegada al mundo de Guareschi fue exactamente como la tuya, a través de la pasión por él de mi padre. Y el Destino... es uno de los libros más divertidos que he leído- docenas de veces- en mi vida.
Decirte por último que hace años conseguí una edición de los años 50 de las obras completas (en realidad son las publicadas en castellano) de Guareschi. Me costó un riñón, pero fue uno de los mejores regalos que he hecho a mi padre en mi vida.
Bienvenido al club, pues. Seguro que somos unos cuantos... en estos tiempos de frikismo galopante, deberíamos ir pensando en colegiarnos. Eso sí: el seudónimo de Septiembre Nort me lo pido yo.
Un saludo.
¡Socorro! No creo que baste un September North para salvarme, pero el hecho es que hace más de dos décadas que busco al destino y no le he podido encontrar. Mi madre, poseedora del ejemplar que leí en mi infancia, no sabe dónde pueda estar y nadie en mi mundo personal más que ella, mi hermano y yo le hemos leído alguna vez. Llegué incluso a pensar que era alucinación colectiva... ¿Dónde le puedo encontrar, en papel o electrónico?
Hola, Maurtok. bienvenido también al club de fans.
Puedes conseguir un ejemplar, me parece, a través de iberlibro: acabo de hacer la búsqueda y aparcen varios ejemplares (si no conoces este portal, es muy sencillo; encargas el libro, te lo envían por correo, lo pagas). La página es www.iberlibro.com. La búsqueda que acabo de hacer tienes este vínculo:
http://www.iberlibro.com/servlet/SearchResults?sortby=3&sts=t&tn=el+destino+se+llama+clotilde&x=0&y=0
Suerte!
Leyendo esta entrada de tu blog me ha parecido leerme a mí mismo. También heredé de mi padre uno de los dos ejemplares de la Clotilde que había en casa, y no dejo de leerla al menos una vez al año... aunque ahora he ido acumulando otros ejemplares de varias ediciones: la del Monigote, la de Círculo, otra de Plaza... En cuanto encuentro una Clotilde en una librería de lance, la rescato al momento...
Lo que no puedo entender de ninguna de las maneras es que no exista ninguna edición moderna, como tampoco que nadie se haya planteado llevar a Clotilde al cine o a la TV, con lo cinematográfica que es...
Y por cierto, Ismael, para cuando constituyamos el club, te advierto que yo ya utilizo en ocasiones el seudónimo September North (curiosamente igual que Maurtok lo escribe, no Septiembre Nort como en las traducciones castellanas) y tengo alguna cuenta de correo registrada con él...
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