La última vez que estuve en Madrid recuerdo haber tomado unas notas (a saber dónde andarán) sobre mi intermintente relación con la ciudad. Dado que mañana nos vamos para allá, por unos pocos días, era casi inevitable que ese discurso inconexo y nunca ejecutado regresara a mi memoria y que ésta, en consecuencia, comenzara a hilarlo una vez más en forma de hipotético post que debería arrancar (vamos a ello) con un juicio comparativo que resumiera, a modo de tesis, todo lo que mi breve anecdotario al respecto pudiera luego ejemplificar: la idea de que Madrid, para mí, y como buen provinciano que soy, existe como existen esas personas con las que mantenemos trato asiduo pero inconstante, y con las que, en consecuencia, no pasamos de entablar una relación de afecto sin confianza, de estima distante, o de admiración exenta de los créditos y los réditos de la verdadera amistad; o bien como uno de esos libros en cuyo interior, por más que se lean y se relean, nunca llegamos a sentirnos del todo a gusto sino siempre algo incómodos, algo fuera de lugar. En suma: uno de esos escenarios humanos o intelectuales que se saben y se sienten radical o esencialmente ajenos por mucho que nos esforcemos en lo contrario; y que no es sino donde residen, protegidos de infranqueables barreras, los verdaderos mitos de cada cual.
Recuerdo bien la primera visita que hice a la ciudad: toda la familia, incluida mi abuela, que acababa de enviudar (y supongo que esa fue la razón de que nos acompañara entonces: es el único viaje que ha hecho en su vida con nosotros), nos fuimos en el Seat 131 de mi padre para instalamos, muchas horas después, en alguno de esos típicos hoteles de la Gran Vía. Para mi mente infantil todo aquello resultaba doblemente fascinante porque al acontecimiento siempre extraordinario de alojarnos en un hotel (con sus llaves, sus cuartos de baño, sus recodos y pasillos…) se unía, en aquella ocasión, la certeza de estar disfrutando por vez primera la experiencia efectiva de la “gran ciudad”, ese ente difuso de ruido, movimiento y espacio (bastaba con asomarse a la ventana) que hasta entonces no había rebasado los límites imaginarios del rectángulo del televisor. No sé muy bien qué hicimos aquellos días: visitaríamos el Prado, supongo, iríamos a El Escorial; pero mi mente se empeña en recordar, exclusivamente, la noche que fuimos al cine allí mismo, debajo del hotel, y vimos una película cuyas poderosas imágenes sólo años después reconocí (aunque por alguna estúpida superstición no he vuelto a verla) como las de Dersu Uzala, de Kurosawa. (Es curioso: mi hermano mantiene igual de vívido ese recuerdo, y de hecho en su salón cuelga hoy un grabado con el rostro del protagonista...).
La siguiente ocasión, salvando una obligada parada durante un viaje de estudios de octavo de EGB del que no guardo muesca alguna, fue también memorable, y tuvo lugar muchos (casi demasiados) años más tarde: el motivo fue el primer concierto en directo de los Tommy crimes, que telonearon (marzo de 1995, si no me equivoco) en la mítica sala Revólver, y ante unas mil personas, a Australian Blonde, por entonces muy de moda pues acababa de salir la película de Historias del Kronen (en cuya banda sonora incluyeron, entre otras, el “Chup Chup”, clásico radiofónico del momento). Entonces teníamos diecinueve años, acababámos de grabar con Paco Loco un EP para Subterfuge, y las calles de Malasaña se revelaron de inmediato como el escenario de un mágico futuro de rockandroll y bohemia que nunca llegó a concedérsenos en plenitud.
Durante los tres años siguientes volvimos a tocar en Madrid varias veces, en salas como El Maravillas, el Sirocco o el Moby Dick, solos o con otros grupos, con público o sin él. Y siempre sentíamos, creo yo, que esos conciertos eran la verdadera prueba de fuego o la verdadera alternativa que debíamos tomar una y otra vez si queríamos lograr algo verdaderamente importante. Pero las relaciones con Subterfuge se enfriaron pronto (yo creo que nunca les caíamos muy bien, y no se lo reprocho: de tan cortados que éramos debíamos resultar sosísimos, la verdad), y jamás volvimos a disfrutar de las mieles (si tales fueron) de aquel 1995; así que cada visita a la capital suponía, en el fondo, una dosis añadida de frustración o desencanto ante nuestra escasa repercusión en el panorama del indie nacional. Hasta que nos desvanecimos en la marea del tiempo, claro, y allí nos quedamos.
Madrid no desapareció, de todos modos, en los años siguientes. De hecho, la vez que más tiempo seguido he permanecido allí fue con R. durante nuestro primer año de becarios, cuando nos pasamos dos semanas de un hermosísimo diciembre estudiando en la Biblioteca Nacional, desayunando porras, paseando por Lavapiés con Charlie o Rebeca (por entonces ya instalados en la ciudad) o gastando dineros en la cuesta de Moyano. También volvimos varias veces para asistir a algún congreso, y entre tanto (¿fue en el 2000?) me enrolé en un trabajo veraniego que me obligó durante cinco años a pasarme (cada primeros de julio) tres días enseñando El Prado, Toledo o el Palacio Real a sucesivos grupos de estudiantes norteamericanos (vaya, unos guiris) ansiosos de flamenco y sangría. Entonces nos alojábamos en el Hotel París, en la Puerta del Sol, y mi colega David R. y yo solíamos pasar las horas muertas de caña en caña, de barra en barra hablando, entre otras cosas, de nuestra común fascinación por la ciudad.
Si bien es cierto que nunca me vi en la obligación, o siquiera la tesitura, de plantearme cumplir con el éxodo madrileño de tantos amigos y tantos conocidos que por aquellos años hicieron las maletas y se plantaron en la ciudad a vivir o malvivir, según el caso, no lo es menos que en muchas ocasiones fui destinatario (un destinatario secretamente envidioso) de sus relatos, anécdotas, crónicas y lances cuasi picarescos, hasta el punto de que la primera novela que logré rematar narraba, en falsa tercera persona, las cuitas de un joven provinciano que se embarcaba en la aventura de la gran ciudad con la excusa de estudiar cine; si bien el texto (tan deplorable en infinitos sentidos que nadie, ni siquiera yo mismo, debería leerlo jamás) evitaba explicitar el dato, recuerdo que durante las noches de su redacción disfrutaba, sobre todo, inventándome aquel Madrid imaginario, deambulando por sus calles silenciosas y húmedas de lluvia, haciendo que mis personajes saltaran de una casilla a otra de la torpe Rayuela (y la cursiva no es errata) que remedé a modo, básicamente, de venganza.
Porque sé que, pasado mañana, cuando me encuentre paseando de nuevo por sus calles, volveré a sentir una vez más la dolorosa punzada de las vidas paralelas (esas vidas que nadie salvo yo pudo vivir) y que habrían tenido lugar, por ejemplo, en Madrid, allí donde ya sé (pobre provinciano) que nunca querré instalarme, por más improbables vueltas que diera esta vida mía; aunque sólo sea para evitar el amargo regusto de desencanto que siempre dejan, a los postres, los mitos hechos trizas.
Dejémoslo en un fin de semana.
Recuerdo bien la primera visita que hice a la ciudad: toda la familia, incluida mi abuela, que acababa de enviudar (y supongo que esa fue la razón de que nos acompañara entonces: es el único viaje que ha hecho en su vida con nosotros), nos fuimos en el Seat 131 de mi padre para instalamos, muchas horas después, en alguno de esos típicos hoteles de la Gran Vía. Para mi mente infantil todo aquello resultaba doblemente fascinante porque al acontecimiento siempre extraordinario de alojarnos en un hotel (con sus llaves, sus cuartos de baño, sus recodos y pasillos…) se unía, en aquella ocasión, la certeza de estar disfrutando por vez primera la experiencia efectiva de la “gran ciudad”, ese ente difuso de ruido, movimiento y espacio (bastaba con asomarse a la ventana) que hasta entonces no había rebasado los límites imaginarios del rectángulo del televisor. No sé muy bien qué hicimos aquellos días: visitaríamos el Prado, supongo, iríamos a El Escorial; pero mi mente se empeña en recordar, exclusivamente, la noche que fuimos al cine allí mismo, debajo del hotel, y vimos una película cuyas poderosas imágenes sólo años después reconocí (aunque por alguna estúpida superstición no he vuelto a verla) como las de Dersu Uzala, de Kurosawa. (Es curioso: mi hermano mantiene igual de vívido ese recuerdo, y de hecho en su salón cuelga hoy un grabado con el rostro del protagonista...).
La siguiente ocasión, salvando una obligada parada durante un viaje de estudios de octavo de EGB del que no guardo muesca alguna, fue también memorable, y tuvo lugar muchos (casi demasiados) años más tarde: el motivo fue el primer concierto en directo de los Tommy crimes, que telonearon (marzo de 1995, si no me equivoco) en la mítica sala Revólver, y ante unas mil personas, a Australian Blonde, por entonces muy de moda pues acababa de salir la película de Historias del Kronen (en cuya banda sonora incluyeron, entre otras, el “Chup Chup”, clásico radiofónico del momento). Entonces teníamos diecinueve años, acababámos de grabar con Paco Loco un EP para Subterfuge, y las calles de Malasaña se revelaron de inmediato como el escenario de un mágico futuro de rockandroll y bohemia que nunca llegó a concedérsenos en plenitud.
Durante los tres años siguientes volvimos a tocar en Madrid varias veces, en salas como El Maravillas, el Sirocco o el Moby Dick, solos o con otros grupos, con público o sin él. Y siempre sentíamos, creo yo, que esos conciertos eran la verdadera prueba de fuego o la verdadera alternativa que debíamos tomar una y otra vez si queríamos lograr algo verdaderamente importante. Pero las relaciones con Subterfuge se enfriaron pronto (yo creo que nunca les caíamos muy bien, y no se lo reprocho: de tan cortados que éramos debíamos resultar sosísimos, la verdad), y jamás volvimos a disfrutar de las mieles (si tales fueron) de aquel 1995; así que cada visita a la capital suponía, en el fondo, una dosis añadida de frustración o desencanto ante nuestra escasa repercusión en el panorama del indie nacional. Hasta que nos desvanecimos en la marea del tiempo, claro, y allí nos quedamos.
Madrid no desapareció, de todos modos, en los años siguientes. De hecho, la vez que más tiempo seguido he permanecido allí fue con R. durante nuestro primer año de becarios, cuando nos pasamos dos semanas de un hermosísimo diciembre estudiando en la Biblioteca Nacional, desayunando porras, paseando por Lavapiés con Charlie o Rebeca (por entonces ya instalados en la ciudad) o gastando dineros en la cuesta de Moyano. También volvimos varias veces para asistir a algún congreso, y entre tanto (¿fue en el 2000?) me enrolé en un trabajo veraniego que me obligó durante cinco años a pasarme (cada primeros de julio) tres días enseñando El Prado, Toledo o el Palacio Real a sucesivos grupos de estudiantes norteamericanos (vaya, unos guiris) ansiosos de flamenco y sangría. Entonces nos alojábamos en el Hotel París, en la Puerta del Sol, y mi colega David R. y yo solíamos pasar las horas muertas de caña en caña, de barra en barra hablando, entre otras cosas, de nuestra común fascinación por la ciudad.
Si bien es cierto que nunca me vi en la obligación, o siquiera la tesitura, de plantearme cumplir con el éxodo madrileño de tantos amigos y tantos conocidos que por aquellos años hicieron las maletas y se plantaron en la ciudad a vivir o malvivir, según el caso, no lo es menos que en muchas ocasiones fui destinatario (un destinatario secretamente envidioso) de sus relatos, anécdotas, crónicas y lances cuasi picarescos, hasta el punto de que la primera novela que logré rematar narraba, en falsa tercera persona, las cuitas de un joven provinciano que se embarcaba en la aventura de la gran ciudad con la excusa de estudiar cine; si bien el texto (tan deplorable en infinitos sentidos que nadie, ni siquiera yo mismo, debería leerlo jamás) evitaba explicitar el dato, recuerdo que durante las noches de su redacción disfrutaba, sobre todo, inventándome aquel Madrid imaginario, deambulando por sus calles silenciosas y húmedas de lluvia, haciendo que mis personajes saltaran de una casilla a otra de la torpe Rayuela (y la cursiva no es errata) que remedé a modo, básicamente, de venganza.
Porque sé que, pasado mañana, cuando me encuentre paseando de nuevo por sus calles, volveré a sentir una vez más la dolorosa punzada de las vidas paralelas (esas vidas que nadie salvo yo pudo vivir) y que habrían tenido lugar, por ejemplo, en Madrid, allí donde ya sé (pobre provinciano) que nunca querré instalarme, por más improbables vueltas que diera esta vida mía; aunque sólo sea para evitar el amargo regusto de desencanto que siempre dejan, a los postres, los mitos hechos trizas.
Dejémoslo en un fin de semana.
1 comentario:
Yo viví unos cuatro o cinco meses en Madrid justo después de acabar la carrera, y creo que fui feliz allí dedicándome tan sólo a leer, escribir y emborracharme (esto sólo de vez en cuando) con algunos amigos. Ahora voy muy poco por allí -la última vez fue en 2006, por unas oposiciones-, pero creo que visitaré la ciudad a últimos de este mes. Y me encuentro con el mismo problema de siempre: me apetece ir a tantos sitios, ver tantas cosas, saludar a tanta gente, que la capital se me antoja inabarcable.
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