Es cierto: la tecnología doméstica, amén de muchos quebraderos de cabeza, nos ha ofrecido un cierto sucedáneo del viejo tópico de la metamorfosis, la reinvención, el renacimiento: pues si algo de todo eso ronronea en nuestra alma cuando compramos un ordenador nuevo (vicio en el que voy para experto), con mayor intensidad se manifiesta dicho fenómeno cuando se formatea ése que nos ha acompañado durante cientos de noches y días, ése en cuya pantalla alumbramos pequeñas felicidades y absurdas tristezas; ese que, cascarrabias, avejentado y ya achacoso, a punto ha estado de darnos el susto definitivo y largarse al otro barrio por culpa de la placa base o el ventilador.
El esmero con que, entonces, nos afanamos en particionar, instalar y ubicar archivos allí donde, hasta hace pocos días, reinaba el desorden más absoluto (esa entrópica tendencia al barullo que sufre toda forma de vida que se precie, por más que artificial), remeda, en efecto, una delicada utopía de, como en aquel viejo anuncio, la segunda oportunidad. Ahora no instalaremos software así como así, pensamos; clasificaremos siempre los documentos según esta nueva jerarquía que, nos parece, resultará perfecta; mantendremos el antivirus actualizado, el escritorio reluciente, la papelera vacía, la columna de favoritos bien reglada.
En fin: volveremos a nacer ante la pantalla, atrás y lejos ya esos tiempos de desidia, urgencia y malos hábitos que a punto estuvieron de llevarnos a la tumba. Seremos otros: puros, limpios, nuevos. No volveremos a pecar.
(Y al terminar puede que sonriamos, ligeramente estremecidos por ese cosquilleo de armonía cósmica que hemos logrado reavivar, una vez más, entre nosotros y el universo. Por poco tiempo.)
El esmero con que, entonces, nos afanamos en particionar, instalar y ubicar archivos allí donde, hasta hace pocos días, reinaba el desorden más absoluto (esa entrópica tendencia al barullo que sufre toda forma de vida que se precie, por más que artificial), remeda, en efecto, una delicada utopía de, como en aquel viejo anuncio, la segunda oportunidad. Ahora no instalaremos software así como así, pensamos; clasificaremos siempre los documentos según esta nueva jerarquía que, nos parece, resultará perfecta; mantendremos el antivirus actualizado, el escritorio reluciente, la papelera vacía, la columna de favoritos bien reglada.
En fin: volveremos a nacer ante la pantalla, atrás y lejos ya esos tiempos de desidia, urgencia y malos hábitos que a punto estuvieron de llevarnos a la tumba. Seremos otros: puros, limpios, nuevos. No volveremos a pecar.
(Y al terminar puede que sonriamos, ligeramente estremecidos por ese cosquilleo de armonía cósmica que hemos logrado reavivar, una vez más, entre nosotros y el universo. Por poco tiempo.)
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