
Hace ya tiempo que leí, y aquí comenté y luego remedé, el hermoso libro Je me souviens de George Perec, cuya hipnótica fórmula evocativa (me acuerdo, me acuerdo….) estuvo varios días rondándome la cabeza y me llevó incluso a entusiasmarme con la idea de convencer a ciertos familiares de que se sentaran a escribir sus propios “me acuerdo(s)”; la cosa no pasó de ahí, cierto, pero cuando hace un mes descubrí la reciente traducción castellana del I remember de Joe Brainard (Sexto Piso, 2009), en realidad la obra que inspiró directamente a Perec (como él mismo reconoce en una advertencia previa), era de justicia que me lo comprara, mientras que sólo fue azar, despiste, o fatiga fin de curso, el hecho de que su lectura íntegra se haya prolongado hasta esta misma mañana.
Hay sutiles diferencias entre ambos libros, que no ha lugar comentar aquí excepto una: que los I remember no incluyan, como sí Je me souviens, algunas páginas en blanco para que el lector proceda, al término de su lectura, a ejercitarse en el arte de la pincelada nostálgica. No importa: lo bueno de tener siempre un lápiz a mano, y de no ser especial maniático de la pulcritud, es que uno puede dedicarse a soliviantar margen tras margen sin mayor remordimiento.
No fueron pocos los “I remember” de Brainard que, por cauces a veces diáfanos o a veces más caprichosos, pulsaron alguna tecla oxidada de la memoria para ponerme delante de algún detalle, alguna escena, algún suceso al que sólo el transcurrir del tiempo (que no su esencial banalidad) ha podido dotar de ese extraño aire de encantamiento que ahora parecen poseer. Aquí los dejo no sin citar en primer lugar cada Brainard responsable, al que siguen entre pudorosos corchetes. Si alguien quiere unirse, ya sabe.
Hay sutiles diferencias entre ambos libros, que no ha lugar comentar aquí excepto una: que los I remember no incluyan, como sí Je me souviens, algunas páginas en blanco para que el lector proceda, al término de su lectura, a ejercitarse en el arte de la pincelada nostálgica. No importa: lo bueno de tener siempre un lápiz a mano, y de no ser especial maniático de la pulcritud, es que uno puede dedicarse a soliviantar margen tras margen sin mayor remordimiento.
No fueron pocos los “I remember” de Brainard que, por cauces a veces diáfanos o a veces más caprichosos, pulsaron alguna tecla oxidada de la memoria para ponerme delante de algún detalle, alguna escena, algún suceso al que sólo el transcurrir del tiempo (que no su esencial banalidad) ha podido dotar de ese extraño aire de encantamiento que ahora parecen poseer. Aquí los dejo no sin citar en primer lugar cada Brainard responsable, al que siguen entre pudorosos corchetes. Si alguien quiere unirse, ya sabe.
Me acuerdo de la primera vez que me mandaron una carta en uno de esos sobres donde decía “devolver a los cinco días a” y de que pensaba que a los cinco días tenía que devolver la carta.
[Yo me acuerdo de aquellas cartas que anunciaban a grandes letras “Ha ganado usted 1.000.000 de ptas.”, y de lo mucho que le costó a mi padre convencerme de que era mentira.]
Me acuerdo de lo bien que puede saber un vaso de agua después de un tazón de helado.
[Yo me acuerdo de lo bien que me sabía un vaso de agua después de una onza de chocolate. Y de la excitante sensación de beber agua muy fría después de comer un caramelo de eucalipto.]
Me acuerdo de la gente mayor cuando yo era muy joven. Sus casas olían raro.
[Yo me acuerdo de las mejillas de la gente mayor cuando me obligaban a darles dos besos.]
Me acuerdo de los sonidos de las retransmisiones de béisbol que llegaban desde la cochera los sábados por la tarde.
[Yo me acuerdo de mi padre pegado a la radio los domingos, el humo de su tabaco negro, los goles en el Sánchez Pizjuán (¿?) o donde fueran.]
Me acuerdo de intentar imaginar lo grande que era el mundo.
[Yo me acuerdo de pensar en el infinito sentado en el escalón del baño.]
Me acuerdo de pensar en lo que podía haber dicho pero no dije cuando la gente ya se ha ido.
[Yo me acuerdo constantemente de eso.]
Me acuerdo de una vez que enterré algunas cosas pensando que algún día alguien las encontraría y se llevaría una grata sorpresa; con todo, días después, las desenterré.
[Yo me acuerdo de enterrar estupendas bolas de arena húmeda bajo la arena seca, y de pensar en buscarlas (qué idiota) al día siguiente.]
Me acuerdo más de tener canicas que de jugar a las canicas.
[Me acuerdo de, de vuelta del colegio, hacer la ruta de todos los bares que había en el camino pidiendo chapas; y me acuerdo del olor inconfundible de esos bares.]
Me acuerdo de “los negros que van por ahí conduciendo un gran cadillac resplandeciente viven en casuchas destartaladas”.
[Yo me acuerdo de un mendigo que, según mi abuela, pedía todo el día a la puerta de una iglesia, y luego, al acabar la jornada, se iba de allí en taxi y fumando un puro.]
Me acuerdo de pensar lo horrible que sería ser responsable de un incendio donde hubiese muerto gente. O de un accidente de coche.
[Yo me acuerdo, especialmente cuando vivía mi abuela en casa, de volver muchas veces a entrar (cuando ya estaba en el pasillo, el ascensor, o incluso la calle) para comprobar que todas las colillas estuvieran bien apagadas y no fuera a provocar un incendio; y lo sigo haciendo.]
Me acuerdo de fantasear con vivir en un viejo autobús, o en un viejo vagón, y con cómo lo arreglaría.
[Me acuerdo de fantasear con vivir como un pequeño robinsón en una pequeña islita que hay en medio de una de las lagunas del Parque Isabel La Católica, y de que nadie me encontraría nunca.]
Me acuerdo de “me quiere… no me quiere”.
[Me acuerdo de que sumando las cifras de los tickets del autobús podías descubrir si te quería o no te quería. También me acuerdo de, en el autobús, gente que había forrado sus carpetas con esquelas (creo que estuvo de moda) y pensar, u oír decir, lo terrible que resultaría ver el nombre de un familiar en una de esas carpetas.]
Me acuerdo de seguir mi dirección en el remite de las cartas hasta incluir “la tierra” y “el universo”.
[Me acuerdo de jugar con Juanjo –camino de El Jardín– a un juego según el cual del accidente más insignificante, por ejemplo dejarse las llaves en casa, había que derivar una larga serie de consecuencias que condujeran indefectiblemente a la destrucción del universo.]
Me acuerdo de intentar no quedarme mirando a la gente que tenía audífono. (O intentar mirarlos con naturalidad.)
[Me acuerdo de intentar no asustarme, sin conseguirlo, de Machaca, el vecino de mi abuelo en León (un pueblo de), porque hablaba por un agujerito que tenía en la garganta.]
Me acuerdo de hacer trampas en el solitario.
[Me acuerdo de jugar entre varios al solitario.]
Me acuerdo de intentar imaginarme a mi abuelo desnudo. (¡Agg!)
[Todavía me acuerdo de los desnudos que encontré (una revista) en el armario de mi abuelo en León, del susto que me dio, y de lo que me costó entender qué estaba pasando en aquella foto, y de ser incapaz de imaginar a mis padres en tales circunstancias.]
Me acuerdo de las sombras de pies por debajo de la rendija de la puerta. Y de primeros planos de pomos girando.
[Me acuerdo de tener miedo de Frankenstein al otro lado de la puerta, y de haber escrito varios poemas sobre ese miedo.]
Me acuerdo de los portazos de las puertas mosquiteras. Y de “que van a entrar las moscas”.
[Me acuerdo de “cierra la puerta, que hay corriente”, y de haber escrito un cuento sobre eso.]
Me acuerdo de […] La mula Francis.
[Me acuerdo (cómo me gustaba) de la Jaca Paca.]
Me acuerdo de “hasta luego cocodrilo”, “nos vemos, caimán”.
[Me acuerdo de personas mayores diciendo, qué ridículas, “tío” o “guay” al hablar con nosotros.]
[Después de varios “me acuerdo” de Joe Brainard (p. 92) sobre ir a la peluquería, me acuerdo de ir yo, y de lo insoportable que me resultaban dos cosas: una, tener que entablar conversación con el peluquero; y dos, estar obligado a pasarme media hora o tres cuartos frente a mí mismo en el espejo, sin posibilidad de escapatoria; todavía lo odio.]
Me acuerdo de la ropa interior rosa cuando algo rojo despinta en la lavadora.
[Yo me acuerdo de un polo blanco, un calcetín rojo, y la catástrofe resultante; como también me acuerdo de que la ropa especial (aquella camiseta de manga larga) siempre menguaba.]
Me acuerdo de verlo todo rojo cuando cierras los ojos y miras al sol.
[Y, también, de guiñar alternativamente uno u otro ojo, muy rápido, para darme la sensación de que lo que tenía delante se movía.]
Me acuerdo de la sorpresa mayúscula cuando, a través de la ventana, lo primero que veía en el día era que estaba todo cubierto de nieve […].
[Nunca me acordaré de ese recuerdo imposible, pero sí de ver la playa nevada.]
[Después de varios “me acuerdo” de Brainard sobre fantasear, me acuerdo de diseñar casas imaginarias para dormirme; o, con el mismo objetivo, de girarme poniendo la cabeza donde los pies y los pies donde la cabeza.]
Me acuerdo de los coches de dos colores […].
[Me acuerdo de admirar, todas las mañanas camino del colegio, un Fiat Ritmo que siempre estaba aparcado en una de las calles del recorrido.]
Me acuerdo de cuando “ateo” era una palabra inquietante.
[Me acuerdo de tener visiones turbadoras y pecaminosas (iban a estropearlo todo) la noche anterior a mi primera comunión.]
Me acuerdo de que mi imagen de los gérmenes era muy parecida a la de los insectos normales, sólo que más pequeños, claro.
[Me acuerdo de, en medio de clase, rascarme la cabeza y ver caer sobre la libreta un pequeño bichito que se movía, y de quedarme pasmado (piojos).]
Me acuerdo de ir por la calle intentando no pisar las rayas.
[Ni me acuerdo de todos los juegos que tenía para ir caminando por la calle sin pisar las rayas, o sólo pisándolas, o trazando transversales en las baldosas, o pataleando un balón de continuo contra el borde…]
[No sé por qué me acordé, en la página 110 de los “me acuerdo” de Joe Brainard, de ir caminando e imaginando una película que fuera estrictamente en tiempo real, y que se viera obligada a contar todo lo que hacíamos a cada momento (incluido ir al baño, o caminar por la calle). Pero no creo que recordara esto (a lo mejor fue antes) una vez que mis padres y yo vimos una película francesa en la que durante los primeros quince minutos (seguro que exagero) un tipo sólo se dedicaba a caminar sin decir una sola palabra.]
Me acuerdo de los disgustos cuando ibas al drugstore a recoger un carrete revelado.
[Me acuerdo de, cuando mi madre trabajaba en una tienda de revelado, oír cómo hablaba con su compañero de la gente que traía a revelar fotos “íntimas” sin importarle que ellos las vieran (porque obligatoriamente tenían que verlas). Me acuerdo de la máquina de revelado, de las fotos calientes, de un enorme cartel publicitario protagonizado por una mujer asiática y un avión hinchable muy chulo que yo quería para mi habitación.]
[En la página 113 me acordé también de los paquetes de tizas rectangulares que había en el encerado, y a veces todavía hoy me acuerdo de estas tizas rectangulares (y del chasquido que hacían al romperlas por la mitad) cuando cojo las tizas cilíndricas que uso yo en el encerado.]
Me acuerdo de los mocasines sencillos (de los chicos populares) […].
[Me acuerdo de que Santi V. tenía unos Levi-Strauss etiqueta roja a los que les había descosido la etiqueta de su lugar original, a la altura del cinturón, para volver a coserla en el bolsillo trasero, de modo que fuera más visible; y me acuerdo de lo humillante que me resultaba tener unos Levi-Strauss etiqueta naranja (más baratos).]
[Yo también me acuerdo (p. 115) de hurgar en los cajones de la mesita de mi padre.]
Me acuerdo de, cuando hay alguien junto a ti en un baño público, lo largo que se te hace hasta que “empiezas”.
[ídem]
Me acuerdo de, todos los veranos, un nuevo par de sandalias rojas. Y yo odiaba las sandalias.
[Me acuerdo de odiar ponerme las sandalias de plástico cuando aún tienes arena reseca en los pies.]
Me acuerdo de las postales picantes.
[Me acuerdo de una que tenía oculta mi hermano de Samantha Fox.]
Me acuerdo de pensar en respirar, y de que entonces tu cabeza se esfuerza en respirar, y ves que es algo muy costoso y, en cierto modo, es todo muy inquietante.
[Ojalá no me acordara de eso.]
Me acuerdo de (con el dedo metido a modo de gancho en la boca): “señora, ¿le importaría poner su paraguas en otra parte?”.
[Ya no me acuerdo del nombre de aquel chaval del cole que hacía bromas de ese estilo a las señoras con paraguas].
Me acuerdo de los plumieres con una pequeña regla y un pequeño compás en un pequeño cajón.
[Me acuerdo de los estuches de tres cremalleras.]
Me acuerdo de […] firmar las escayolas de las piernas rotas.
[Me acuerdo de haber considerado, no sin cierta envidia, que a mí nunca me escayolaban (ni lo han hecho hasta hoy); y de lo sucias que se ponían al final las de los demás.]
Me acuerdo de un niño que podía beberse una coca-cola de un solo trago, seguido de un largo y sonoro eructo.
[Me acuerdo de Rubén y de Nacho haciendo competiciones sobre quién se bebería más rápido, y de un solo trago, un cachi de un litro de cerveza.]
Me acuerdo de la forma que tiene de plegársete sobre el dedo una mano de bebé, como si fuese para siempre.
[Yo no me podría haber acordado nunca de esto si no hubiera nacido E. hace ocho meses.]
[En la página 144 me acordé de cuántas veces la gente confunde (confundimos) “ascensor” y “autobús”.]
Me acuerdo de emprender grandes batidas de moscas, y de llevar una detallada cuenta del número de bajas.
[Me acuerdo de hacerlo con mi abuelo, en León, antes de cada comida.]
2 comentarios:
Juan Bonilla tiene un magnífico libro escrito siguiendo este mismo hilo. Se titula Je me souviens y está en Algaida (creo que es del 2004 más o menos).
Lo recomiendo encarecidamente, me parece muy brillante (como todo en Bonilla, por otra parte).
Había leído en alguna parte sobre su existencia, sí, aunque nunca me lo he topado. Gracias por el recordatorio, lo pongo en la lista de la compra.
Saludos
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