(Conrad en cubierta)
De la personificación como figura retórica teníamos tendencia a desconfiar. Acaso la considerábamos sospechosa de infantilismo o, peor aún, pretenciosa marca de simbolismos forzados o inevitable prólogo de alegorías indigestas. O acaso nos molestaba, sencillamente, su ampuloso cultismo.
Las razones a argumentar en defensa de semejante recelo podrían ser muchas: las propias torpezas adolescentes (quién, que haya nacido aquí y se inflamara leyendo a Bécquer en su día, no compuso un poema personificado al mar, la tormenta, la lluvia); las torpezas ajenas de voluntariosos aprendices de escritor (algún que otro pedante alumno de talleres literarios); los aparatosos debuts literarios de ciertos alumnos… Quién sabe.
Pero a casi toda manía le llega su hora. A esta le aguardaba tras la cubierta de El espejo del mar, de Conrad, que no es sino una larga alegoría en cuya cuenta se eslabonan unas tras otras largas prosopopeyas relativas a las cualidades animales, humanas, míticas o sobrenaturales sean del propio mar (en abstracto o en concreto, como sucede con el Mediterráneo en el capítulo “La cuna del arte”), de los vientos que sobre él reinan (“Soberanos de este y oeste”), de los barcos que lo surcan (siempre hermosas aves "a punto de echar a volar"), los puertos que en sus costas se abren (“La garra de la tierra”), las pavorosas peripecias que acechan cada singladura (así las estremecedorras páginas de “Retrasados y desaparecidos”), o de los hombres, en fin, que lo combatieron durante la gloriosa Edad de Oro de la navegación a vela, antes de que el prosaico vapor viniera a estropearlo todo.
Un solo ejemplo: en “Iniciación” se narra una escena de rescate de un barco moribundo que, en cierto modo, viene a actuar a modo de contrapunto del desaforado sueño con el que se cerraba, en su momento, la Crónica personal del propio Conrad, que ahora escribe:
Aquel exquisito día de paz ahilada y bonancible y sol velado, murió mi amor romántico por lo que la imaginación de los hombres había proclamado la faceta más augusta de la Naturaleza. La cínica indiferencia del mar ante los méritos del sufrimiento y el valor humanos, puesta de manifiesto en aquel ridículo espectáculo teñido de pánico propiciado por la espantosa y extrema situación de nueve buenos y honrados marinos, me sublevó. Vi la doblez del talante más benigno del mar. Era así porque no podía ser de otro modo, pero la admirada veneración de los primeros tiempos había pasado a mejor vida. Me hice a la idea de sonreír con amargura ante su hechizante encanto y mirar con inquina y rabia sus furores. Durante un instante, antes de marcharnos, había contemplado fríamente la vida de mi elección. Se habían esfumado sus ilusiones, pero permanecía su fascinación. Por fin me había convertido en un marino. (p. 234)
Y si alguien no se fía o requiere autoridad mayor, basta con leerse el prólogo de Juan Benet que abre la edición en Reino de Redonda (a la que acompaña, para rematar, un delicioso apéndice fotográfico del que procecen ambas imágenes), donde lo califica de libro sin desperdicio donde el estilo corre "a rienda suelta" por cada página sin que haya en todo él una sola “de estilo menor” (p. 17). Aunque lo mejor, desde luego, es leerse el propio libro, disfrutar de la traducción de Javier Marías (quien afirma sentirlo “más propio que cualquiera de mis novelas, cuentos o artículos y además –huelga decirlo- infinitamente mejor que todos ellos, juntos o por separado y sin excepción”, p. 27) y, entre otras muchos placeres mayores, reconciliarse con la personificación.
Joseph Conrad, El espejo del mar. Recuerdos e impresiones. Prólogo de Juan Benet; Nota sobre el texto y nueva traducción de Javier Marías. Barcelona: Reino de Redonda, 2005 (3ª ed., 2008).

(Conrad en 1873, antes de hacerse por vez primera a la mar)

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