Hasta donde he leído (me faltarán unas cien páginas), Grandes esperanzas de Dickens es, sencillamente, la historia de un chasco fenomenal. Cuando lo dejé hace un rato, al bajarme del autobús, Pip se hallaba en el punto más triste de su trayectoria social y amorosa: obligado a asumir el envés de sus ilusorias expectations, de pronto se descubre el protegido de un presidiario (no pretenderé resumir la trama y lo que esto implica) y Estella, su gran amor, no sólo lo rechaza, sino que se dispone a casarse con su más odioso rival. Toma ya.
Como soy virginal en la trama (había logrado escapar de la novela y todas sus adaptaciones hasta la fecha) todavía no sé cómo acabará la cosa: si el melodrama deshará todos sus puntos y remontará el vuelo, o bien lo dejará ahí. No importa, de momento: las novelas nos enfrentan de continuo a esas “situaciones dadas” cuya ulterior resolución el lector aún ignora, pero no puede evitar juzgar. Y el juicio, en este, caso, es tan severo como triste.
Severo porque, por un lado, Pip se ha metido él solito en el lío (al fin y al cabo cada uno es responsable de sus propias esperanzas) y en su desarrollo ha actuado, además, de manera no poco abyecta (cada uno es responsable, desde luego, de los cadáveres que va dejando a ambos lados del camino, léase Joe o Biddy). Triste porque, por otro lado, no deja de resultarnos conmovedora esa figura del iluso que se da de bruces con la hosca realidad. Una mezcla de empatía y vergüenza ajena: nos repudiamos tanto como nos reconocemos.
En este sentido la televisión posmoderna ha alumbrado, por cierto, uno de los géneros televisivos de mayor patetismo: el del casting al que acuden, alimentados por la nefasta esperanza de alcanzar el éxito por el artículo catorce, hordas de imberbes veinteañeros, tristones treintañeros, y a veces ridículos cuarentones. No sé qué resulta más pesaroso: si los monstruosos egos de muchos de esos aspirantes a cantantes o bailarines, por lo general incapaces de la más mínima autocrítica, o si el fugaz y falaz halago que en ocasiones llegan a recibir por parte de los jurados encargados de sancionar su hipotético factor X. Dejémoslo.
“Esperanza, / araña negra del atardecer”, la llama Ángel González en un poema que no puede evitar concluir, pese a toda su lucidez, con una invitación/claudicación: “Mi corazón: / tu nido. / Muerde en él, esperanza”.
Cada uno es responsable (si no víctima) de sus propios sueños, sí. Triste y severa lección que nunca aprenderemos, supongo.
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